Cuando despertamos del sueño

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Apenas la luz tenue de la veladora que estaba posada sobre la cabecera de su cama iluminaba el cuarto. Ella dormía otra vez, como lo había hecho tantas veces antes, acurrucada en mi pecho. Mi mano izquierda hacía a un lado su melena obscura para desnudarle la frente y poder besarla una y otra vez, mientras ella, completamente dormida, dibujaba en sus labios una sonrisa inconsciente llena de ternura y complicidad. Esa noche, todo era tan igual como las otras noches en que estuvimos juntos desde que nos conocimos… pero al mismo tiempo, era todo distinto y jamás volvería a ser igual.

Esa noche, aún con todo el amor que ambos llegamos a sentir… nos despedíamos el uno del otro. No quiso, no pudo entender razones ni tenerme paciencia, un poco de paciencia nada más. Durante la despedida, lo que su boca repetía con demente insistencia pretendiendo una frialdad que se veía terrible mente  fingida y fuera de lugar en aquella mujer que tiene la nobleza de un ángel, sus ojos y su corazón me lo estaban desmintiendo a gritos. Ella me quiso mucho, lo sé, pero yo la amé sin reservas.

Ella es la mujer que jamás en mi vida esperé, lo confieso. Si alguien me hubiera descrito a la mujer que inspira este relato, sencillamente habría calificado de charlatán al mensajero. No obstante, la sabiduría de Dios siempre se impone a nuestros deseos y por ello decidió cruzarla en mi camino un día de septiembre y el destino quiso que de su mano conociera el significado del verdadero amor, el más puro, el más limpio, el que no espera nada a cambio y lo da todo.

La veía a mi lado aquella noche, dormida y me resistía a creer que se trataba de una despedida. Tenía el anhelo, la esperanza de dormir y despertar con ella a mi lado y recobrar la certeza de que no se había tratado aquella separación sino de una pesadilla amarga nada más, pero por otro lado no quería dormir… cada segundo contaba si de admirarla y susurrarle “Te amo” mientras le besaba la frente se trataba. Sería la última vez, después de todo.

La pálida luz de la veladora iluminaba la faz de mi amada y yo recordaba aquellas caminatas nocturnas de mi infancia, hasta el parque en el que se encontraba la estatua de aquel poeta cuya obra “La Amada inmóvil” fue el primer libro que leí y cuyo concepto de amor se me quedó tatuado en la memoria y en el alma. “Tuve un amor, un solo amor, un gran amor…” solía decir Nervo sobre Ana Cecilia Luisa Dailliez, la francesa que le arrebató el corazón y no podía yo, sino desear la posibilidad de conocer algún día un amor así. Laico por convicción, jamás me he arrodillado frente a ninguna imagen y sin embargo, disfrutaba las conversaciones imaginarias sentado al pie de la estatua de aquel poeta universal que fue Amado Nervo, encontrando consuelo en sus palabras escritas. Y ahora ella, la mujer que dormía entre mis brazos, era el amor por el que yo había esperado siempre ¿Por qué entonces el destino se empeñaba en arrebatármela? ¿Por qué nos separaba algo tan absurdo? ¿Por qué era un mundo que parecía diseñado para el triunfo de la mezquindad sobre el amor?

…la melancolía y la tristeza me estaban jugando la peor pasada en aquellos momentos en que más fuerte necesitaba sentirme. Como cascada, se me vinieron a la mente todos los recuerdos que juntos habíamos vivido durante los últimos meses: la primera comida que compartimos, su risa estridente, sus ojos cafés tan llenos de enigma y su sonrisa, la forma en la que arruga la barbilla, su voz… comencé a recordar el sabor de su piel y la sensación que sus besos me causaban en el cuerpo, comencé a extrañarla ahí mismo a pesar de que la tenía a unos centímetros de distancia. La había idealizado sin conocerla, la había dibujado una y otra vez en mi memoria sin tener la certeza si quiera de su existencia, ella era la mujer de mi vida y no tuve mayor propósito desde que la conocí, que hacerla feliz. Esa despedida significaba que para siempre, a partir de esa noche sobraría su lugar en mi lecho pero que me haría falta la mitad del alma.

Antes de salir de su casa, me tomé un par de minutos para sentarme en la esquina de su cama. La observé con un remolino de sentimientos encontrados en  mi pecho. Quería despertarla, quería hablar una vez más con ella y convencerla de que no se sacrificara como pretendía… pero opté por besarle la frente una última vez y salir en medio de la madrugada, bajo el cielo limpio y estrellado, con lágrimas amargas resbalando por mi mejilla pero también con la determinación de forjar cuanto antes, un mundo donde ella, los nuestros y yo, pudiéramos tener quizá, otra oportunidad para ser felices.

Nombre: Ulises Alan Rodríguez

Nacionalidad: México

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Cuando despertamos del sueño

Solsticio templario

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Jacinto, catedrático de Hª Medieval en una universidad extremeña, ha agotado casi todos sus argumentos para que Azucena abandone la pretensión de doctorarse con una tesis acerca de los Templarios. Le previene de la habilidad de un proyecto que o bien puede discurrir por cauces oficiales, suficientemente trillados por la historiografía, o bien profundizar en archivos esotéricos en cuyo caso se expone a la chanza de los miembros del tribunal.

Azucena, a pesar de las evidencias provenientes de otros campos del saber, la Ciencia mira hacia otro lado cuando ciertos postulados amenazan con socavar los contenidos religiosos o morales, firmemente asentados en la tradición cultural.

Jacinto se quita las gafas, impregna de vaho los cristales y dirige una mirada miope a su alumna mientras frota los cristales con un pañuelo.

La muchacha, recién licenciada, muestra la bien alineada blancura de sus dientes en una sonrisa pilla que rivaliza con la expresión de sus grandes y oscuros ojos.

-¿Acaso te crees que los investigadores omitimos la cuestión relativa de dónde procedieron las inmensas riquezas que, en un relativamente corto período de tiempo, trasformaron en auténticos magnates de la sociedad medieval a aquellos sencillos monjes-guerreros de Tierra Santa?

El despacho del profesor se ha impregnado del olor balsámico que la brisa del atardecer transporta desde los cercanos eucaliptos, mitigando el calor de la víspera de San Juan.

-¡Claro! no hay otra convincente explicación que la que nos proporcionan los textos esotéricos, esto es, los Templarios descubrieron en Jerusalén algo que inquietó, algo que atemorizó sobremanera a la iglesia…

-Azucena, sin abandonar la sonrisa, extiende su brazo hacia Jacinto invitándole a que concluya la revelación que acaba de dejar en suspenso.

-Habían hallado la tumba de Cristo, es decir, no había resucitado, -el profesor hizo una pausa- recuerda el texto de San Pablo : Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.

La Iglesia les colmó de honores y riquezas a cambio de su silencio.

-Sí, querido profesor, elaboraré y defenderé con tu ayuda mi tesis doctoral sobre los Templarios. La decisión es firme.

El catedrático se dirige a la ventana e inspira el aroma del verdor que preside el campus universitario. Conoce lo suficiente a Azucena como para temer su impulsividad y, a su vez, confiar en su inteligencia

-De acuerdo, te dirigiré la tesis. Más aún, si todavía imaginas la posibilidad de que la lanza, enterrada junto al templario desconocido, sobrevuela esa iglesia de Olivenza a partir de las doce de la noche del veinticuatro de junio, en coincidencia con el solsticio de verano, como asegura el alquimista medieval von Eschenbach en este fragmento del Parzival -gita un pergamino amarillento ante el rostro de Azucena-, te acompañaré a esa iglesia.

No quiero perderme semejante prodigio aunque me cueste la cátedra -apostilla con amarga ironía.

La chica, que no ha apagado su sonrisa ni un solo instante, le arrebata de las manos el documento con un mohín afectuoso en su semblante y, a continuación, le señala unos fragmentos que traduce del texto latino: El alma de fe henchida, a los ojos prestará profundidad debida. No ose el necio con su burla contemplar la buenaventura.

-¡Jacinto, cuando quieras! -agita en la mano dos llaves de diferentes tamaños.

-He logrado que me las prestaran hasta las doce y media de la noche, a condición de que se las restituya a esa hora a una persona amiga mía y emparentada con el sacristán. Cuando le he expuesto mi interés por fotografiar el interior de la iglesia, sirviéndome de la especial tonalidad que procura la noche de un solsticio de verano, para mis trabajos de la universidad, ha adoptado una expresión idéntica a la que hubiese configurado si le llego a confiar que voy ha viajar por la galaxia a bordo de un ovni. Afortunadamente -bebe un trago de agua de un botellín que ha extraído de su bolso-, no me ha preguntado nada.

El coche de gran cilindrada, conducido por Jacinto, devora kilómetros en las llanuras recalentadas por el sol cuyo ocaso enciende las nubes con matiz púrpura por encima de las hileras de encinas que, a ambos lados de la carretera, se suceden a gran velocidad. Azucena ha encendido la radio desde la que una emisora pre-programada está ofreciendo la sinfonía nº 9 de Mahler. Poco familiarizada con la música clásica está tentada de pulsar otra tecla pero desiste al recordar la melomanía de Jacinto por los autores clásicos.

El viaje está a punto de finalizar. El trayecto de unos escasos cien kilómetros los han cubierto en una hora.

-¿Estás convencida de que a medianoche va a surgir de esa tumba la lanza del templario, como asevera Wolfram Von Eschenbach?

La respuesta firme y escueta de la alumna

-¡Sí, yo sí!-configuran el único diálogo que han mantenido a lo largo del trayecto.

Han aparcado el automóvil en Olivenza. Son las veintidós horas y quince minutos. Es martes y en los restaurantes, algunos llenos de gente cenando y otros, ya no sirven cenas. La incierta deambulación les ha conducido hasta una callejuela en la que el dueño de un bar bosteza repetidamente con la soledad de un programa de televisión sobre piragüismo. Examina con desconfianza a la pareja que le pregunta si pueden cenar.

-A estas horas solamente les puedo servir ensalada mixta y tortilla francesa -responde, cansino.

Conscientes del recelo del dueño, que ha cambiado el canal deportivo por otro que desarrolla una trama policíaca, Jacinto y Azucena intercambian opiniones y comentarios, en voz suficientemente audible por el tabernero, acerca de aspectos intranscendentes de la universidad. Al poco rato, el propietario del local deja de mirarles de reojo y centra su atención en la película.

Acaban de cenar. El tomate estaba demasiado duro y la tortilla con exceso de aceite. Pagan y abandonan el bar. Aún restan cuarenta y cinco minutos para la medianoche. Pasean bajo la noche estrellada por el Paseo Grande lleno de gente mirando las muñecas de trapo que estaban a punto de ser quemadas a media noche. En la lejanía les ofrece el majestuoso espectáculo de unos fuegos artificiales pero también el innecesario estruendo de unos cohetes con los que, en algún lugar, festejan la noche sanjuanera.

A las doce menos cinco, mientras Jacinto simula fotografiar a su compañera en el atrio del templo, Azucena abre la puerta de la iglesia de Stª María del Castillo valiéndose de las dos llaves. Se han acercado a la losa de mármol de la sepultura templaría.

-Azucena, ¿confías, como profetizó Von Eschenbach, en que algo vaya a salir de esta tumba esta noche?

A pesar de la obstinación del catedrático, Azucena le obsequia, una vez más, con su sonrisa más candorosa.

-Jacinto, estoy convencida, plenamente persuadida, de que algo prodigioso ha de suceder a no tardar.

Cuando la torre comienza a desgranar las pesadas campanadas, Azucena se ha transfigurado. Con la boca muy abierta, sus ojos fulgurosos se hunden en la tumba. Echa su cuerpo hacia atrás al tiempo que cubre la cara con los dos brazos. Al instante, comienza a girar el cuerpo como si acompañara con la visión algo que se moviera en círculo alrededor de ella.

Jacinto exterioriza su sorpresa, confusión y temor con una progresiva lividez cadavérica en su rostro.

-¿Qué te ocurre?, ¿qué es lo que estás viendo…? -acierta a balbucear con trémula voz.

La chica, que prosigue con sus giros corporales hacia un lado y otro del interior del templo, articula con dificultad,

-la lanza…., la lanza…, está escrito…., grabado…, Ego, Longinus…, imperii romani… –cierra el puño ante sí como si aferrara algún objeto-, miles, hac lancea…

-¡Sigue, continúa…, no te detengas! -Jacinto toma notas con excitación en un bloc-

-Iudeorum regem necavit… !date prisa. Fotografíalo…!,-le urge Azucena.

-Fotografiar… ¿qué? ¿Dónde? ¡Yo no veo nada…! -Aún y todo, dispara la cámara fotográfica del móvil en todas las direcciones posibles.

Al punto, Azucena permanece inmóvil un breve instante y, a continuación, se derrumba en uno de los bancos de madera. Jacinto, empapado de sudor le acaricia las mejillas y el cabello.

Apenas han transcurrido un par de minutos, cuando la muchacha abre los ojos, se despereza y recorre con la mirada el interior de la iglesia.

-¡Qué extraña esta sensación de bienestar, Jacinto!. ¡Qué paz interior! Y ¿la tumba? Ahí está…, intacta. No ha ocurrido nada extraño, ¿no es así, profesor?

Jacinto, recuperándose todavía del intenso sobrecogimiento, efectúa una larga pausa para restablecer el ritmo respiratorio. A continuación le relata detalladamente todo lo ocurrido desde que comenzaron a sonar las campanadas de la medianoche. Le advierte que todo ha ocurrido en no más de cinco minutos.

-¿Recuerdas siquiera el texto inscrito, según tu vacilante expresión, en la lanza del templario?

-No sé de qué me hablas..

Yo, Longino, soldado del Imperio Romano, maté con esta lanza al Rey de los Judíos.

-Si no te viera como…impresionado, aseguraría que estás bromeando. ¿Por qué me embarga esta dicha? -se abraza a su compañero.

-Pocos datos objetivos de la experiencia que has vivido vas a poder aportar en la defensa de tu tesis. Por cierto, tampoco recordarás tu exigencia de que fotografiara…qué sé yo qué…

-Mira -Jacinto le muestra su móvil-, no hay más fotos que las de las paredes y el techo de la iglesia. ¡Anda!, vamos a entregar las llaves.

Autora: Mª Carmen Píriz García

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Solsticio templario

Al otro lado de las líneas

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     Siempre es lo mismo. Después del último trabajo -a nosotros nos gusta más esta expresión- se impone el silencio hasta que las aguas vuelven a su cauce y otra comunicación nos informa del siguiente. Así pasan los días en este mundo de pesadilla donde obedecer y esperar es tan importante como la vida gris, la  rutina que te acoge y  te ampara.

    No sé en el caso de los otros, pero en el mío siempre fue fácil pasar de ese otro lado a éste donde existo como otro más de la familia, el barrio o la escalera. Aunque la primera vez es difícil volver al alquiler, la farmacia o el colmado como si nada hubiera sucedido, como si fuera otro el que consuma el hecho, lo cierto es que después te vas acostumbrando a esta vida paralela de huidas y letargos.

    Bajo la autoridad de sus voces sabemos que nada de lo otro importa excepto esta fe ciega que nos lleva al otro lado del delirio. Por más zonas que peinen, por más controles o refuerzos, por más que persigan lo imposible, nosotros aplicamos la estrategia como tantas veces: abandonar la escena momentáneamente dejando que el temor se extienda por este mundo hostil y refractario donde la verdad, finalmente, ha sido secuestrada.

   Es quizá por eso que existimos -aunque algunos no lo sepan y la mayoría nos odie y nos tema-, para salvarlos de esa tiranía que manipula y deforma sus conciencias. Y es por eso que en nuestros días de descanso -cese de hostilidades lo llamamos- repaso mentalmente hábitos e itinerarios de objetivos mientras compro el diario o entro en la farmacia -desde hace un tiempo las jaquecas se suceden y he de controlarme. Como hoy, por ejemplo, que he necesitado la ayuda de pastillas para alejar sus voces, para olvidar otro espectáculo dantesco de nuestra larga lucha.

    A menudo pienso en este poder de la verdad que nos  confiere estar al otro lado de las líneas como un brazo invisible que decide el curso de la vida. En esta guerra

…Encarnizada nosotros jugamos nuestras cartas con la certeza que existen valores más poderosos que el miedo o que la muerte. Y así, cuando las aguas vuelven a su cauce, me veo salir un día tras otro hacia el próximo reclamo publicitario que presentarán los titulares en un futuro no muy lejano. Confeccionando este cuaderno de notas donde escribo, sin que él lo sepa, su diario forzosamente concluso: la hora exacta  en que abandona o llega al piso, cómo viste, la distancia hasta el coche, si va acompañado o muestra signos de preocupación o extrañeza.

    Los más bobalicones dirán que este acechar propio de alimañas delata lo que somos, gente sin escrúpulos, pero nosotros replicamos que seguir la estrategia del mínimo daño no es de recibo cuando se está en guerra tan desigual como ésta. Sin esta resistencia, sin esta férrea disciplina que reafirma y protege nuestra mente de interferencias exteriores sería imposible no ver a este padre de familia, a este asalariado, a este ciudadano que se parece tanto y tanto a la  mayoría de nosotros.

    De nosotros y de mí que, a pesar de las voces, sabemos y sé que la última llamada no es fruto de mi imaginación enferma, sino el signo inequívoco de que la veda se ha abierto y que el diario hay que concluirlo rápida e inexorablemente. El diario que me informa que todo está listo para ir a su encuentro después de revisar el arma y cenar algo ligero.

    Como él que también estará a punto de cenar antes de coger el coche y salir con sus amigos ignorando que, desde hace tiempo, hay alguien que lo conoce como la palma de su mano: sus rasgos, sus hábitos, su mirada distraída y confiada cuando abre el coche o cierra tras sí la puerta de acceso a su vivienda. Que debería estar alerta, pero no lo está, después de los últimos acontecimientos que hablan por si  solos y advierten que cualquiera puede estar en peligro. Cualquiera, como él, que acaba de coger el ascensor y parar en planta baja, que enciende las luces del vestíbulo como cada noche, saliendo

…Precipitadamente, ignorando que cada uno de sus gestos forma parte de un ritual secreto: el color de sus blues y de su polo, sus bambas a juego, el aire tranquilo y relajado con que se acerca al coche y desconecta la alarma, inclinándose y escogiendo la llave que debería abrir la puerta y ponerlo en marcha, si no fuera porque hay alguien que se acerca por la espalda, algún desconocido que nunca lo mirará a los ojos y aprovechará el desconcierto para sacar su arma y acabar otro trabajo más en esta larga contienda que empezó hace ya tantos años y tantas muertes.

Autor: Moisés Galindo

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Al otro lado de las líneas

Redención

Ángel

Las gotas de agua golpean con fuerza mi rostro, señal inequívoca de la enorme furia de la tormenta que está acompañando toda esta locura. Todo mi cuerpo se estremece debido a las heridas producidas por la batalla aún inconclusa. Tiempo, necesito tiempo, debo recuperarme.

Mi cerebro ordena desesperadamente a todo mi cuerpo que se levante, pero el dolor y la potente lluvia son más fuertes y hacen que mi cuerpo quede perfectamente acoplado al suelo. Mi respiración se acelera, trago, por fin hago que mis brazos obedezcan y entre dolor y esfuerzo consigo que mi espalda se separe del molde de tierra en el que estaba atrapada, mis piernas se encogen y, ayudadas por el impulso aplicado con mis brazos apoyados en el suelo, consigo erguirme. Aprieto los puños seguido por el resto de los músculos del cuerpo. Abro los ojos y levanto la cabeza para cruzar la mirada con aquél que me ha derribado, con mi enemigo, con mi hermano. La lluvia adquiere más furia y el sonido de los truenos acompañan a la fugaz iluminación de los relámpagos, el cielo participa con sus constantes rugidos.

Ahí está, sonriente, confiado, blandiendo su espada, piensa que la batalla está ganada, y en cierto modo es así, ya que aún no he conseguido asestarle ningún golpe efectivo, se ha hecho más fuerte, más hábil, más rápido, mejor guerrero… aunque él como yo sabe que no ganará, nunca lo ha hecho y nunca deberá hacerlo. A su espalda no hay cielo sólo densas nubes negras y lluvia, lluvia que le cae incesantemente sobre su impoluta armadura y le confiere un aspecto elegante a la par que monstruoso. Una cruel sonrisa comienza a dibujarse en sus labios, su velocidad es abrumadora y su fuerza imparable. Por puro acto reflejo levanto mi espada con la intención de parar la embestida, dos surcos se empiezan a formar bajo mis pies. Detengo varios ataques con su espada, a la cintura, abajo, arriba… esta última iba dirigido a mi cuello y casi no consigo pararla, nuestras miradas se cruzan dejándome ver el potente odio que emana de sus ojos, mientras los pequeños empujones metálicos se suceden con la única intención de medir las fuerzas que aún nos pueda quedar. Se retira.

No puedo evitar clavar las rodillas en la tierra mojada, la espada empieza a pesarme y la respiración se hace más profunda. Vuelvo a alzar la mirada, pero esta vez no puedo ocultar la decepción y la derrota reflejada en mi rostro. Ahí viene otra vez.

No me quedan fuerzas, lo único que puedo hacer es quedarme inmóvil viendo cómo cuatro de los pecados capitales que invaden el corazón de mi hermano desde tiempos ancestrales guían su espada para concluir lo que empezó hace milenios. Sus ojos no dejan lugar a dudas, el inmenso odio provocado por la cruel combinación de avaricia, ira, envidia y la poderosa soberbia ha corrompido su ser y eliminado todo rasgo de la bondad y condescendencia que antes procesaba. Se acerca con rapidez mientras su espada describe un semicírculo que concluye justo encima de su hombro derecho y que convierte el golpe en mortal, puesto que la empuña con sus dos manos. La ira invade con tanta fuerza su corazón que la única vía de escape que encuentra es el espeluznante alarido que sale por su boca, no me queda otra que cerrar los ojos y abrazar mi final, estoy vencido, he fallado. Una serie de enormes relámpagos ilumina la escena mientras el crepitar del cielo pone un ensordecedor sonido a esta tragedia.

Algo ha pasado, el golpe no se ha asestado, aún sigo vivo. Con temor y curiosidad abro los ojos sin poder contener mi asombro al ver el tenue reflejo rojo que envuelve la hoja de la enorme espada que se encuentra a escasos centímetros de mi rostro y que ha detenido la fulminante envestida. Por puro reflejo dirijo la mirada hacia aquel que empuña tan siniestra pero providencial arma. Reconozco esa armadura, pero… ¡no puede ser! Mi asombro va en aumento y mi corazón vuelve a latir con fuerza, las energías parecen regresar a mi cuerpo con cada bocanada de aire mientras mi mente intenta asimilar lo que está ocurriendo: aquel que me ha salvado, aquel que ha impedido mi inevitable destino y por consiguiente el fin del mundo tal y como lo conocemos es precisamente aquel que lleva casi toda su existencia intentando conseguirlo. Mis ojos cambian de objetivo clavándose en la personificación de la frustración mientras su temor crece al contemplar que Luzbel ha detenido su brutal golpe con una mano y casi sin esfuerzo aparente. Con energía y aplomo consigo erguirme y plantar cara mientras una pequeña sonrisa maliciosa se dibuja en mi rostro. Una nueva esperanza vuelve a invadir mi corazón al contemplar una escena que ya no creía volver a ver nunca: mi caído hermano vuelve a luchar del lado de la bondad y la justicia, idea refrescante pero que no me tranquiliza del todo ya que deja varias cuestiones sin responder, ¿por qué ese cambio de actitud en Luzbel? y ¿quién de mis hermanos es el portador de tan imparable furia?

La lluvia cae con furia mientras mis dos hermanos intentan demostrarse quién es el más fuerte, me he convertido en un mero espectador. El sonido del tintineo de las gotas de agua se repite interminablemente al golpear sobre mi yelmo acompañando de una forman tenebrosa cada golpe y parada que se asestan el uno al otro. El combate está igualado. El agua proveniente del cielo cae sobre mi rostro refrescando mi piel y no permitiéndome olvidar cada una de las heridas infringidas por la hoja empuñada por la cólera que invade a mi hermano. La batalla se vuelve más cruel y la demostración de fuerzas va en aumento. Quiero intervenir, debo intervenir, pero para ello tengo que recuperarme del todo, debo asestar un golpe tan fuerte y certero que consiga acabar con esta debacle, de lo contrario lo único que haré es destruir mi propia existencia. Un alarido de dolor envuelto en cólera resurge del tremendo golpe asestado por Luzbel que hace que su contrincante caiga como plomo al suelo. Desde mi posición puedo ver cómo su yelmo ha dejado de formar parte de su protectora armadura y con un par de sonoros botes termina cayendo al pequeño río que se ha formado debido a la incansable lluvia. Luzbel se acerca al caído con aires de triunfo, lo hace despacio a sabiendas de que no podrá levantarse después de semejante embestida. Se detiene, inclina la cabeza intentando dar sentido a lo que está viendo, su abatido rival consigue ponerse en pie. Su espada muestra el gran esfuerzo que está haciendo por mantenerse en una posición digna para el combate, ya no tiene el yelmo lo cual permite que su melena rubia caiga sobre los brillantes hombros de la armadura, está mojada. Le reconozco, es Uriel. Luzbel retrocede un par de pasos, como si intentara huir de él, levanta su espada a modo de protección. Uriel, envuelto en un tremendo alarido despliega la enorme envergadura de sus dos blancas e impolutas alas, y con un golpe de ellas consigue tomar la suficiente altura para utilizar la fuerza de la gravedad como aliada y asestar el golpe de gracia. Llevado por un acto reflejo y por el tremendo amor que siento hacia la vida, me interpongo entre él y su víctima consiguiendo detener el golpe con mis últimas fuerzas. Uriel, sorprendido, alza la vista para contemplar con asombro y temor como la lluvia deja de caer sobre nosotros eclipsada con las enormes e imponentes alas negras de Luzbel, sus ojos, rojo fuego, no dejan lugar a dudas, el golpe es mortal. Uriel ha caído. La lluvia ha cesado. Luzbel, erguido, clava su mirada en mí, ahora entiendo sus actos.

Venganza, todo se reduce a eso. Antaño yo le vencí, fue expulsado del reino y exiliado a un mundo de tinieblas. Ahora ha vuelto para vengarse de aquel que le relegó a tan desolador destino. Por un instante pensé que había cambiado y buscaba el perdón de nuestro Padre, nada más lejos de la realidad. Sus pies se hunden en el fango con cada paso que le acerca a mí. Sus ojos rojos cobran fuerza, y de su espada emana un leve resplandor rojo que me dice sus intenciones: va a atacarme y no tengo fuerzas para responder, acabará conmigo, cumplirá su tan ansiada venganza. Desde mi posición, de rodillas y sentado sobre mis pies, Luzbel se muestra implacable, su rostro no muestra emoción alguna, se queda ahí, de pié, mirándome. El panorama es desalentador, todos mis hermanos yacen a mí alrededor sobre el frío y húmedo fango, derrotados, vencidos, y yo, Miguel, seré el próximo en caer. El tiempo parece ralentizarse mientras Luzbel alza la enorme hoja sobre su cabeza preparando el golpe que acabará conmigo. Alzo la vista y le miro directamente a los ojos intentando encontrar un atisbo del ser que era, intentando encontrar al hermano que un día fue. Vuelve a llover. Con un impresionante alarido descarga toda su fuerza que conduce su espada hacia el cumplimiento de mi inevitable destino, bajo la cabeza y cierro los ojos esperando el fin. Un fuerte sonido hace que desvíe mi atención, ¿¡ha fallado!? Sigo la hoja de la espada incrustada en la tierra hasta cruzar mis ojos con los suyos, su furia va en aumento a la par que el brillo de sus ojos. Sólo dos palabras a modo de pregunta salieron de su garganta.

–¿¡Dónde está!? –en respuesta a mi expresión de desconcierto concretó un poco más.

–¿Dónde está tu fuerza, tu seguridad? –hizo una pequeña pausa– ¿Dónde está el poder que consiguió derrotarme hace siglos? ¡Tanto vivir entre humanos te ha hecho débil!

Mis ojos, que no pudieron ocultar la sorpresa producida por sus palabras, observaron cómo Luzbel retrocedía, sus ojos dejaron de brillar volviendo a su estado natural, envainó su espada mientras pronunciaba unas palabras olvidadas y que tomaron de nuevo fuerza en mi corazón:

–¡Quién como yo!

El sarcasmo era evidente con cada sílaba que salía de su boca. Con un único y potente golpe de sus alas se elevó por encima de las bajas nubes, desapareció. Derrotado me dejé caer hacia atrás, a pesar de la armadura mi espalda notó la frialdad del suelo, la lluvia cae ahora leve. Volverá, y tendré que estar preparado para enfrentarme a él. Debo resucitar a mis hermanos, incluido Uriel, debemos estar unidos para derrotarle definitivamente.

Autor: Antonio Asencio Parralo

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: www.edicionesalfeizar.com

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Redención

Pensamientos

Pensamientos

    Anna se encontraba temblando bajo la lluvia inclemente en esa noche fría y terrible, recostada sobre la pared del infinito muro. La luna llena alumbraba su camino de barro y de agua que sobre sus hombros corrían como ríos de hormigas que venían de sus cabellos, las hojas y ramas del árbol desde donde luego de estar escondida por muchas horas, huyendo de su pasado, de su miserable vida, de su miserable destino, tuvo que rodearse para ocultar su decisiva fuga. Y pensaba en su destino, ese del que nunca estuvo segura y del que esa noche decidió escapar.

   El muro era muy alto y Anna no sabía cómo traspasar. A lo lejos se escuchaban fuertes los gritos desesperados del ogro dueño de su destino, quien con un lamento que se escuchaba en la comarca, dejaba escuchar el dolor que sentía por la perdida de la mujer. Anna por un momento olvidó su pasado, su pasado de trabajos, de satisfacciones físicas y pesadas que tenía que dar al ogro, ese que un día se la llevó, que la compró por unas monedas de plata como judas, ese por el que fue obligada a amar aún en la plenitud de su niñez. Pero Anna ya no era una niña, ya en su cuerpo las marcas de un amor efímero, imposible, soñado, dejaban entrever su cuerpo voluptuoso y con líneas finas. Tenía la boca más hermosa del mundo, la más hermosa, y en sus ojos dos estrellas vivían prisioneras, así como ella lo es, así como tal vez dejaría de serlo.

    Los gritos del ogro cada vez estaban más cerca, cada vez los sentía en sus oídos, por lo que Anna prefirió continuar su camino aún con los pies heridos de tanta espina encontrada, de tanta piedra atormentando su paso, de tanto pasado que la ataba. Ana no tendría tal vez otra oportunidad de salir sola a buscar fresas para su amo. Esta vez,  tal vez y hasta su muerte estaría encadenada, a una vida sin destinos, a ser el sueño perverso de un ogro cruel.

    Anna recostó su cuerpo en la pared de esos muros y quedó en silencio. La lluvia ahora muy suave caía como rocío en su rostro y las estrellas casi salían de sus ojos. Respiró hondo y quedó en silencio. Sintió a su lado el terror. Sintió que el ogro estaría respirando en su mejilla. Como lo hacía siempre, como lo hacía en las noches. Cerró los ojos y trató de no pensar. Se quedó quieta, esperando, respirando lento. Solo un golpe, el que la llevaría de regreso a ese horrible lugar. Del que no habría mas escape.

   Anna no tuvo tiempo de pensar, de sentir o de despertar. En su letargo no sintió cómo fue tomada por la cintura y empujada a través de los pesados muros cómo un mago en un acto de ilusión traspasando las paredes. No tuvo oportunidad de ver la entrada falsa entre esos muros, que cubierta de espesas hojas sobre madreselvas y enredaderas, daba a una puerta vegetal al interior de esas paredes. Nadie lo sabía, nadie se atrevía a pasar por ese camino tan extraño, tan lleno de fabulas y cuentos fantásticos, de hadas, duendes y demonios. Pero Anna esa noche no recordó esas historias. Solo quería escapar.

     El monje dudó por un momento sobre lo que había tomado con sus pesadas manos, no era el cerdo escapado en la mañana el que en un solo y maquinado golpe traería de nuevo dentro del monasterio. No pudo dibujar con sus manos que se trataba de una mujer y menos pudo adivinar que se trataba de ella, de la misma que una tarde cautivó sus ojos, la misma que lo hizo encerrarse por semanas en su claustro, pagando la pena de pensamientos lujuriosos, esa fuerza diabólica y maligna que condena a los hombres a la peor de las torturas, la misma que se metió en su alma esta tarde cuando fue a casa del ogro a contratar sus servicios para mover unas pesadas piedras del muro del Monasterio de San Ludovico. Tal vez no sabía que sin querer ayudó a escapar a Anna de las manos de un destino incierto. Leandro no sabía que esa noche conocería también su destino.

   Anna de nuevo volvía al piso, al piso mojado y lleno de hojas secas bañadas en barro. De nuevo su rostro se manchaba, y las estrellas se apagaban. Anna no quería abrir los ojos; el pesado cuerpo sobre ella la enmudecía y la llenaba de terror. Cuántas veces sería ahora castigada, cuántas veces el ogro terrible golpearía su cuerpo con ese cuero irrompible de las pieles de las cabras. Y cuántas veces, de nuevo, con ese pesado cuerpo encima tendría que dejarse besar horas y horas. Y su mente se desvaneció entre el frío y sus ideas. No escuchaba, no quería escuchar.

   -¡Así que tenemos un ladrón por acá! ¡Un ladrón que no tiene miedo de las historias de los demonios que habitan este camino! Pues te he atrapado y desde ahora estarás condenado. A menos que decidas correr y escapar de mi furia y de mi venganza. ¡Vamos, vete, mira que aún no es la hora de comerme a mis víctimas!

   Leandro hizo alarde de su cuerpo enorme para decir esto a los oídos de Anna, prisionera debajo de él. Pero no hubo un solo gemido, no hubo siquiera un suspiro. Leandro pensó que ese cuerpo podría estar muerto y eso le hizo voltearle sin dejar de apretarle. No hubo tiempo que contar. Leandro no sabía que el tiempo se había detenido para él, que el tiempo era su amigo. Una a una las gotas de lluvia como gotas de rosas lanzadas al viento dejaban al descubierto el rostro de Anna. Una a una. Como suplicantes del hambre de la belleza. Una a una. La mejilla, los ojos cerrados, la boca de ángel. La frente… Leandro se culpó a sí mismo por tentar su suerte. Se llenó de terror al ver de nuevo la culpa que un día lo miró con ojos de miseria y de suplica. Leandro volvía a ver el rostro de esa mujer que un día lo hizo olvidar el mundo, que un día lo hizo olvidar su alma. Pensó que se trataba de un sueño, de una horrible pesadilla, y hasta vino a su mente la idea del demonio riéndose de él. Tal vez por contar historias, o tal vez por nombrarle.

   -¿Estará muerta? Sí, tiene que estarlo, porque si ella no lo está, yo mismo pudiera morir acá, ahora.…. ¡El demonio es más cruel de lo que pensaba!

   Anna no sintió un aliento agrio en su mejilla, tampoco sintió la respiración cansada del viejo ogro en su pecho. Solo el peso de él sobre ella. Solo sintió las gotas de lluvia en su rostro, una a una. Y la fuerza de una mirada que desnudaba su mente a la noche extraña. Tenía frío, pero éste ya no la quemaba.. Había una extraña paz, y el frío aire solo acariciaba su rostro invitándola a dormir, .a reposar, no le importaba ya el pesado cuerpo del ogro sobre ella, esta vez no era tan pesado como siempre, mas bien, tenía cierto calor extraño que no quería comprender y decidió, antes de despertar de ese insólito momento, respirar de nuevo. No quería olvidar el olor a rosas, a clemencia, nunca emanado en el cuerpo de un ogro, sobre todo de ese ogro. Pero era el momento, porque la eternidad es la tortura y la maldición que todos tenemos por sufrir, y ella, no podía escapar a la eternidad, ¿quién era ella para poder escapar? Se resignó a su destino y rodaron lágrimas. Y comenzó a abrir sus ojos lentamente, despacio. !Y miró al ogro! Encima de ella. Tan acostumbrada a su cuerpo que casi ni lo sentía. Era el ogro y ahora tenía el rostro de un ángel, perverso ángel verdugo, y hasta se parecía al rostro de ese monje que esa tarde pasó por su establo, ese que le hizo olvidar un par de segundos toda su desdicha, ese que hizo que temblaran sus manos y sus pechos, ese que se bebió su espíritu en la tarde cuando la miró. Ella sabía que era el ogro, que ese juego perverso de su imaginación le había cambiado el rostro a su amo, y aunque parecía despertar en el cielo, en cualquier momento cambiaria su rostro de nuevo para ser el del diablo. Aún así, Anna sonrío, y en su boca se dibujó el firmamento…..que horrible ogro, que hermoso ogro…nunca le había mirado de esa manera.

   Leandro murió como lo había predicho. Su alma fue elevada al cielo bañada en gloria y devuelta a su cuerpo. Leandro no podía moverse. Había sucumbido al embrujo de una bruja más poderosa que la misma hechicera del bosque. Estaba paralizado. Temblaba, y una gota de sus ojos se unió a las del cielo en su rostro. Y se fue acercando a esa boca. A ese vacío intemporal, evidente, a esa hermosa invitación a la muerte mas cercana, a su destino. Y se dejó llevar, y se dejó encantar, y ya preso, sin un solo gramo de culpa por traicionar a su alma, entendió que el demonio era su redención. ¿Cómo se puede llamar a un ser que te hace olvidar por un momento que existes? ¿Que te enmudece? ¿Que te hace sordo?, y Leandro, en ese momento, desencarnado, sin voluntad, sin poder decidir, sin poder entender, se dejó llevar. Sabría que dentro de pocos momentos la muerte vendría por él, solo tenía que besar, y besó.

    El cielo amenzaba ese insulto con una tormenta. Y el agua furiosa se derramó sobre Anna y Leandro, unidos sin saber, sin entender, y no podían con esa fuerza, algo los unía, algo que salía de los ojos , algo los hacía olvidar el pretexto de la vida, y la fuerza que los unía también los destruía. Anna se sintió culpable, tal vez por no adivinar que bajo la fuerza del ogro que la atormentó por muchos años se encerraba el alma hermosa de un ser que la poseía sin tormentos, que la hacía volar por los aires. Leandro nunca pudo sospechar que el demonio encerraba el poder del dominio total y esa noche, haciendo de su mente la trampa mas infame, lo encerraba en su mundo y dominio, y su cuerpo sucumbía a su pasión. Tomaba más el cuerpo de Anna para si como su propio cuerpo, para que no escapara, para que no se desvaneciera en el aire como pensaba. Y las hojas hablaban con cada gota que caía y susurraban a la luna que iluminara sus cuerpos, para decirle al mundo que ahí estaban, para delatar la pasión de la entrega. Para vengarse de ellos. Y la fuerza del trueno no era escuchada, no había escape. Leandro besó cada parte de ese demonio, se entregó por completo, ya en pocos momentos el infierno vendría por él, pero antes debía terminar su muerte, para atormentarlo en su memoria por siempre, por los siglos de los siglos. Tal vez el demonio no era tan malvado, porque le hizo vivir la eternidad del amor. Ahora estaba completa la intención del destino. Y él solo seria de nuevo otro mortal en el infierno. Anna ya no estaba cansada, ya no tenía frío, y el agua del bosque y sus piernas desnudas recibieron con placer la fuerza del ogro engañado. Sabía que su muerte estaba cerca. El aliento del ogro ya no era ácido. Su boca lo comprobaba una y otra vez. ¿Qué encerraba ese secreto, por qué nunca lo supo? Aturdida, sin sentido, dejó que su cuerpo se entregaba a espasmos como la fiebre, y su vientre sacudía la maravillosa muerte que estaba sintiendo. Y una y otra y otra vez hasta que vino el silencio y se dejó llevar, silenciosa, calmada, vacía.

   Extraño, muy extraño, pero a lo lejos escuchaba el grito furioso de un ogro, tal vez enfurecido por perder a su esclava….no era ella, porque su amo la había encontrado…no era ella… ¡No podía ser!

    Leandro despertó aun con el sabor del demonio en su boca. No era repugnante como sabía que lo era, no era como el amargo de la cicuta como decían los libros. Pero sabía que era el sabor del demonio, porque aun estaba el fuego en él. En su aliento.

   Hacia frío, y la tormenta había pasado. Tal vez al amanecer la muerte por fin vendría por él. Pero faltaba mucho para el amanecer. ¿Por qué esperar?

   Anna también se entregó a la súplica de la espera. Y no le importaba que el ogro al despertar la tomara como un conejo en sus brazos y la llevara de nuevo al establo. Solo vio a su lado su cuerpo desnudo, nunca lo había visto, nunca lo había sentido. !Así, tan vulnerable, tan fácil de ser atacado!

    Leandro levantó su cara del sueño húmedo que tenía la tierra. Y miró a su lado. Y vio las ventanas del monasterio, todas iluminadas por luces de velas que ocultaban el rostro de las manos que las asían. Y una puerta se abrió. La puerta principal del monasterio. La que nunca en su vida había visto abrir. La que según la leyenda era la puerta al cielo o el infierno. El tenía la seguridad de lo que le esperaba. Y decidió terminar con su destino. En el fondo oscuridad y la evidente invitación de entrar. Tomó a Anna en sus brazos y lentamente se fue a la puerta. A cada paso que daba cobraba mas fuerza, y su mente se iluminó. Tenía en sus brazos al demonio mismo y él lo llevaría de vuelta a su lugar. Caminó sereno, seguro, en paz, desnudo al igual que ella. Poco a poco caminó y caminó…. Y entró.

   Una a una las velas que se asomaban tímidas en las ventanas del monasterio se fueron apagando, una a una. Y la puerta, la del monasterio, la que nunca se abría, lentamente se cerró.

Autor: Jacobo Vinci.

Nacionalidad: Venezolana.

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Jacobo

Pensamientos

Los Reyes Magos

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-Melchor, Gaspar y Baltasar van a venir -dijo mamá y corrimos a buscar nuestro zapato para colocarlo en la ventana del rancho.

   Ese año me había portado más que bien y creía merecer la visita de los Reyes Magos.

   Mi alpargata estaba algo rota en el lateral derecho y quise remendarla pero solo hallé hilo blanco y una oxidada aguja. Finalmente pensé que no se notaría mucho en el azul desteñido por el uso y el lavado.

  -Reyes, tráiganme una pelota redonda y blanca porque la armada con arpillera está sucia y deformada y el Jacinto no quiere jugar conmigo. Prefiere la de Ramón que le ha regalado el padrino el mes pasado. Yo no tengo padrino y mi papá se fue a trabajar hace mucho tiempo a Buenos Aires y no volvió. Mamá lloró un tiempo y luego se fue a trabajar en lo del viejo Tomás y desde entonces las cosas mejoraron para mí y mi hermanita.

   Las últimas palabras de la extensa carta que escribí salieron feas porque me puse nervioso y lloré un ratito. Mamá siempre dijo que debemos ser fuertes por ello pasé el dorso de la mano sobre mis ojos y traté de colocar el calzado en la ventana que por cierto no tenía marco y por lo tanto sería difícil que la  alpargata quedase como debería para albergar el tan ansiado balón.

   Traspiré mucho. Ese verano el sol se hacía sentir más que nunca en la colonia. Finalmente  até con un alambre,  hice un ganchito y colgué en uno de los orificios que tenía la ventana de lata mis alpargatas azules. Miré mi obra de arte y satisfecho esperé y esperé. Cada tanto mis ojos recorrían como un centinela la zona para comprobar alguna presencia extraña pero nada ocurrió.

   Todos los días nos acostábamos a las ocho de la noche porque había que madrugar al día siguiente. Mamá partía rumbo al trabajo a las seis, no sin antes recomendarme las tareas de la casa y el cuidado de Rosa, y regresaba al atardecer molida de la cabeza a los pies. Me daba pena pero qué podía hacer yo con mis ocho años apenas cumplidos que no sea lavar, limpiar y cuidar de mi hermanita para alivianarle un poco. Mamá era hermosa y cuando se ponía el vestido rojo parecía una princesa de los cuentos de hada, mi princesa. Me prometí a mí mismo cuidarla y protegerla cuando sea grande.

   Ni bien puse mi cabeza sobre la raída almohada me quedé completamente dormido por el cansancio y la emoción de la espera.

   Cuando desperté,  corrí a la ventana y a pesar de que no era blanca ni de cuero,  amé con el alma a mi primera pelota de plástico amarilla.

Autora: Alicia Farina

Nacionalidad: Argentina

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Los Reyes Magos

La pequeña Silesia

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—Hola —dijo Anke a la niña que salía de su casa.

—Hola. ¿Quién eres tú? —respondió ella.

— ¿Qué has dicho? No entiendo nada ¿Quién eres? Ésta es mi casa —dijo Anke.

—No entiendo nada de lo que dices, lo siento, adiós. Tengo que ir a la escuela —respondió Marysia y salió corriendo.

Anke se quedó paralizada. Una niña que no había visto nunca acababa de salir de su casa y, además, hablaba un extraño idioma del que no había conseguido entender nada.

Tras unos minutos pensó en entrar, pero antes decidió mirar por la ventana de cristales de la cocina que daba a un pequeño callejón.

Había una mujer que no conocía recogiendo la mesa tras la comida. ¿Qué estaba pasando? Se preguntó mientras veía cómo un hombre con barba se acercaba hasta ella para despedirse.

Anke decidió volver a la otra calle para ver al hombre salir. Era muy alto con el pelo negro y rizado. Al instante apareció un camión militar con una estrella roja en la puerta. El hombre subió al vehículo y desaparecieron calle abajo.

Anke quedó bastante asustada. Aquel hombre no era su padre ni la mujer de la cocina, su madre. Entonces decidió acercarse hasta la casa de su amiga Frieda. Estaba a una manzana de la suya.

Cuando llegó llamó al timbre. Al poco una mujer abrió la puerta.

—Hola niña, ¿qué quieres?

Al escuchar estas palabras, Anke se quedó más paralizada todavía. Aquella mujer no era la madre de Frieda, además no entendía nada de lo que decía, así que se dio media vuelta y salió corriendo sin decir palabra. Tenía que volver con su abuelo.

Impresionada y sollozando, hizo el camino de vuelta al bosque donde había estado viviendo el último año, pues cuando empezaron a pasar aviones y las bombas caían en los pueblos cercanos, su abuelo Fillips la cogió y se la llevó a la cabaña que tenía perdida entre los árboles, a unos kilómetros del pueblo. Allí nadie daría con ellos.

Pero ya había pasado más de un año y nada sabía sobre la guerra. Su abuelo no la dejaba salir de los alrededores. Pero un día ella decidió dar largas caminatas intentando acercarse al pueblo. Para poder volver marcaba el camino con piedras y regresaba al día siguiente. Pasadas dos semanas, consiguió llegar hasta las primeras casas de las afueras, pero ahora volvía asustada y compungida por lo que acababa de ver.

Cuando se encontró en el pequeño páramo en el que se situaba la cabaña, fue directamente hacia su abuelo que estaba sentado junto a la chimenea.

Al verlo se abrazó a él llorando.

—¿Qué te pasa, pequeña? Te has encontrado con algún alce o un rebeco y te has asustado. Vamos, no hacen nada. Es lo que llevamos comiendo desde que estamos aquí.

—No es eso… —respondió conteniendo el llanto— He estado en el pueblo.

—¿En el pueblo? ¡Te dije que no salieras del bosque! ¿Te ha visto alguien?

—Sí… he estado en casa…

—¡Dios mío!

—No hay nadie del pueblo. Ni los padres de Frieda. En mi casa vive otra niña y otros padres, y no se entiende lo que hablan, ¿qué está pasando? Dijiste que mamá y papá volverían un día de Berlín. No entiendo nada.

—No debías haber ido al pueblo. Te lo dije, ¿verdad? —dijo el abuelo mirándola fijamente a los ojos, sintiendo que no tenía más remedio que contarle la verdad—. Ya tienes diez años… —continuó— debes saberlo.

—¿Qué debo saber?

—La guerra ha terminado.

—Eso es bueno, ¿no?

—Por una parte sí, ya no nos gobiernan los nazis y Hitler espero que haya muerto. Pero por otra parte no, porque ahora son los rusos los que mandan. El pueblo, el bosque, todo lo que ves… ya no es Alemania, ahora todo pertenece a Polonia. Todo el pueblo fue deportado por el ejército rojo. No queda nadie. Ahora sólo hay polacos traídos por ellos. Por eso no los entiendes, hablan polaco.

—¿Y mis padres?

—Tu padre murió en Leningrado, lo siento mucho —dijo abrazándola—. No te lo dije antes para que no sufrieras, de tu madre no sé nada. Hace seis meses fui al pueblo. Sólo quedaban unos pocos alemanes, me dijeron que los rusos se los llevaron en camiones deportados o a un campo de concentración. Estamos solos y en otro país, aunque sea nuestra tierra. Si nos coge el ejército rojo acabaremos en un campo de concentración también.

Anke quedó impresionada, pero las palabras de su abuelo quedaron grabadas en su mente.

Pasó varios días sin hablar, escuchando una y otra vez, como si dispusiera de una grabadora interna, lo que le había dicho su abuelo. Intentaba asimilarlo pero, aun así, no podía comprenderlo.

A la semana siguiente volvió de nuevo al pueblo. En dos o tres horas llegó hasta la puerta de su casa. Era mediodía y esperaba ver a la niña con la que había estado antes. Miró por la ventana de la cocina. La madre preparaba la mesa y la niña le ayudaba. Acababa de llegar del colegio. De pronto sus miradas se cruzaron, Anke se agachó pero Marysia salió a su encuentro.

—Hola. ¿Quieres comer? —le dijo pensando que tendría hambre, pero Anke no entendió sus palabras.

—Lo siento, no te entiendo… pero esta era mi casa —le dijo señalando la puerta. Después señaló la casa y se señaló ella varias veces seguidas, entonces Marysia comprendió lo que le estaba diciendo. La cogió de la mano y, con mucho mimo, la metió dentro.

En la entrada estaba el mismo espejo en el que Anke se miraba todas las mañana antes de salir. La cocina tenía los mismos muebles, sólo la mesa y las sillas eran diferentes. La madre al verla entrar le preguntó a su hija quién era.

—No lo sé… No entiendo lo que dice, pero ya ha venido dos veces y… mira por la ventana.

— ¿Tienes hambre? Puede que lleve tiempo sin comer —dijo ofreciéndole unos pierogi de col que acababa de hacer.

—No sé… pero creo que ésta era su casa.

—¿Qué? ¿Es una alemana? Sácala ahora mismo de aquí. Si los rusos se enteran de que tenemos a una alemana, nos fusilarán a todos. ¡Que se vaya ahora mismo!

—Pero mamá… es una niña, ¿qué puede hacerle a los rusos? No es Hitler.

—¡Que se vaya!

—¿Y si esta era su casa? ¿La echamos de su casa? Pobrecita…

En plena discusión llegó el padre del trabajo. Saludó a su mujer y a su hija y al ver a la niña, preguntó quién era. Las dos quedaron en silencio.

—Marysia, ¿es una amiga tuya del colegio? —Al ver que no respondían, continuó—. No importa si se queda a comer. No estamos tan mal, podemos poner otro plato a la mesa. ¿Quieres quedarte a comer?

—No sé lo que me están diciendo, pero tengo mucho miedo —dijo Anke.

—¿Qué está pasando? —dijo el padre—. Eso es alemán. Aprendí algo durante la ocupación. Ha dicho que tiene miedo. No temas, no vamos a hacerte daño— le dijo en su idioma.

Anke, al escuchar esas palabras, salió corriendo y no se detuvo hasta llegar al bosque.

Pasó varios días sin moverse de los alrededores de la cabaña, pero una mañana que había salido a recoger bayas escuchó sonidos que no había escuchado nunca desde que estaban allí. Parecía el motor de un vehículo. Después escuchó voces también lejanas. Se asustó mucho y recordó las palabras de su abuelo: «si nos cogen los rusos nos deportarán o algo peor». Entonces decidió alcanzar el árbol al que solía subirse de cuando en cuando para aislarse de todo y recordar cuando vivía con sus padres y todo era normal.

Fue moviéndose con cuidado de no ser vista hasta que llegó junto a un enorme abeto rojo de más de treinta metros de alto. Allí se sentía segura. Subió hasta el lugar en el que la confluencia de varias ramas le permitía quedarse cómodamente sentada. Desde allí podía ver a bastante distancia, incluso atisbaba la cabaña a lo lejos.

Cuando se hubo acomodado, miró hacia donde se escuchaban los ruidos. Varios soldados rusos estaban rastreando los alrededores de la cabaña. Al poco se llevaban a su abuelo con las manos atadas a la espalda.

Después vio cómo uno de ellos prendía fuego a la que había sido su casa. El humo ascendía por entre los árboles. Rápidamente quedó reducida a cenizas. Tras esto dos soldados echaron tierra encima con sus palas y el lugar en el que había pasado los últimos meses desapareció. Le dio un enorme escalofrío. Ahora estaba sola y sin hogar. Pensó en su casa, en la niña que le hablaba en polaco. Recordó su habitación donde jugaba con la pequeña casita de muñecas que le trajo su padre de Berlín. Entonces comenzó a llorar y toda la cara se le llenó de lágrimas. De nuevo el silencio del bosque, el sonido de las ramas, el gorjeo de los pájaros.

Cuando vio que los soldados se habían ido, corrió hacía el lugar donde estaba la cabaña. Todo estaba quemado y destruido. Sin saber qué hacer, se quedó mirando el montón de madera quemada y ceniza gris que habían dejado los rusos.

Apenas eran las diez de la mañana y el frío le llegaba hasta los huesos. Se había dejado su viejo abrigo verde sobre la cama y ahora era un montón más de ceniza sobre el suelo del bosque. Tenía que volver al pueblo o esa noche moriría de frío.

Recordó que la niña polaca llegaba del colegio a la hora de comer, así que pensó en dirigirse con cuidado hacia el pueblo y esperar su llegada.

Cuando llegó fue directa al callejón donde daba la ventana de la cocina. Se asomó con cuidado, pero no vio a nadie. Esperó y miró de nuevo. Al poco, un vehículo paró ante la puerta. Era el pequeño camión que traía a los trabajadores del cuartel que estaban construyendo los rusos. El padre de Marysia bajó y entró en la casa.

Anke vio por la ventana cómo entraba en la cocina y saludaba a la mujer. Entonces fue cuando la vio a ella y se acercó a la ventana. Con la mano le dijo que diera la vuelta y entrara en la casa, pero ella no se movió. Sin embargo, pronto el padre apareció por la acera y se acercó hasta ella.

—Ven. Entra en la casa. Tienes que comer algo —le dijo en alemán.

Anke lo siguió hasta la entrada.

Marysia bajaba en ese momento de su habitación en el piso de arriba.

—Hola. Qué alegría verte otra vez —le dijo sin que Anke entendiera nada.

Al escucharlos hablar, la madre también se acercó desde la cocina.

—Esta niña necesita ayuda —les dijo en polaco—. Esta mañana ha llegado una patrulla con un detenido. Era un hombre mayor, muerto de miedo. Lo he visto bajar del camión. Se lo han llevado al campo de concentración de Auschwitz donde están reuniendo a todos los alemanes. He oído que saben que una niña alemana vivía con él en el bosque. Han encontrado sus ropas en una cabaña. Creo que es ella —dijo señalando a Anke—. Si la encuentran, acabará también allí. Ahora la están buscando. Tienen orden de detener a todo alemán que quede por aquí.

—Al final nos fusilarán a todos —dijo la madre.

—¡Mamá! Esta era su casa.

—Tenemos que hacer algo rápido, los rusos están registrándolo todo. —dijo el padre—. Acabo de ver varios camiones de soldados unas calles más arriba. No tardarán en llegar aquí. El pueblo es muy pequeño.

—Está bien —dijo la madre—. Marysia, subid arriba, que se quite esas ropas, que se lave un poco y que se vista con ropa tuya, sois de la misma edad. Y bajad a comer. ¡Rápido!

Marysia la cogió de la mano y la llevó a su habitación. Por señas le dijo todo lo que tenía que hacer. En pocos minutos los cuatro se encontraban en la cocina tomando el delicioso Zurek que la madre había preparado dentro de unas hogazas de pan que esa misma mañana había cocido en el horno de leña del patio.

Cuando estaban terminando, escucharon ruido de camiones acercarse.

El padre cogió a Marysia y le dio instrucciones precisas. Después le explicó a Anke, en el poco alemán que sabía, lo que tenía que hacer cuando el soldado ruso entrara en la habitación.

Las dos niñas se subieron al dormitorio y los padres comenzaron a quitar la mesa como cualquier otro día.

Pasados unos minutos, alguien comenzó a dar golpes en la puerta. El padre dejó lo que estaba haciendo y fue a abrir.

—Se presenta el soldado Varskov del ejército rojo. Estamos buscando a una niña alemana. De unos diez o doce años.

—¿Una niña alemana? ¿No los habían deportado a todos?

—Sí, pero todavía queda esa niña. ¿La han visto?

—No.

—De todos modos tengo orden de revisar la casa —dijo pasando sin más.

Miró en la cocina, saludó a la madre y continuó por toda la planta baja. Después preguntó por el piso de arriba.

—Son los dormitorios. Mis hijas están en su habitación.

El soldado subió hasta el dormitorio, abrió la puerta y entró.

El suelo de la habitación estaba lleno de libros, cuadernos, unos pocos juguetes y ropas. Ambas estaban sentadas en el suelo, tirándose cosas y riendo sin parar. Marysia cogía ropas y se las lanzaba a Anke que se las devolvía haciendo tales gestos con la cara que Marysia se reía a carcajadas.

Cuando entró el soldado, Anke le tiró una muñeca, entonces Marysia se levantó y lo cogió de la mano.

—¿Quieres jugar con nosotras? Vale. Tú eres el príncipe Paluszki y nosotras éramos las princesas que estábamos esperando a que llegara el hada Gorek, que traía… ¡pescado para comer!

—Lo siento, niñas, pero estoy muy ocupado —dijo el soldado dando media vuelta y saliendo de la habitación.

Abajo esperaba el padre en la entrada.

—Qué revoltosas son sus hijas, je, je. Querían que jugara con ellas. Bueno, adiós. Tengo que seguir buscando —dijo mientras abandonaba la casa.

El padre cerró la puerta y subió al dormitorio.

—Lo habéis hecho muy bien. Ha salido corriendo. —dijo al entrar.

—Papá, se va a quedar con nosotros ¿verdad? ¿No dejarás que se la lleven a ese campo de concentración, no?

—Claro que no. A partir de ahora tienes una hermana. Una hermana muda. No puede hablar en alemán, ¿comprendes?

—Claro, pero díselo a ella.

El padre las llevó abajo al salón y estuvo un rato hablando con la madre en la cocina. Después las llamaron a las dos.

—A partir de ahora sois hermanas —dijo en alemán—. Te llamarás Annya, Annya Golaszewska, como nosotros, que no se te olvide. Y eres muda, porque nadie puede escucharte hablar.

—Gracias, gracias por ayudarme.

—No tienes que agradecer nada. Estás en tu casa, pero ahora tienes otros padres… y una preciosa hermana —dijo abrazando a las dos.

Autor: Pablo Guillamón

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Pablo Guillamon

La pequeña Silesia