Duncan

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La noche se presenta otra vez tranquila, la gente va y viene por la calle en dirección a sus hogares soportando el peso de un largo y duro día de trabajo sobre sus espaldas. El intenso pero seco frío consigue que todos lleven sus abrigos puestos y bien abrochados, y mientras una mano intenta conservar el calor dentro de uno de los bolsillos, la otra sostiene un paraguas cerrado, señal de que ha llovido y de que amenaza con hacerlo de nuevo. Es fácil y cómodo estarse quieto mientras la calle va perdiendo vida cuando estoy observando a través de la gran ventana de mi despacho mientras sostengo una taza de té bien caliente, y el calor que emana del fuego de la chimenea impide que lleve puesto algo más que una camisa. Tiempo y trabajo duro ha sido la mezcla que ha conseguido llevarme hasta esta posición, regento una de las más importantes y antiguas casas de antigüedades de toda Escocia. La luz hace tiempo que ha desaparecido y la ciudad se preparar para su merecido descanso, y yo, como cada noche, acabaré mi té y me iré a descansar. Todo me resulta demasiado monótono, tengo la sensación de que esta no es mi vida.

–¿Melancolía?

Su voz me trajo recuerdos antiguos, muy antiguos. Giro sobre mí sin tener en cuenta el alto riesgo de tirar el contenido de mi taza, no cae ni gota. Un abrigo con sombrero y zapatos caros se encuentra postrado inmóvil en la entrada de mi despacho, la puerta se cierra detrás de él con un golpe seco.

–Hay costumbres que no cambian, ¿verdad, Ducan?

Mi desconcierto va en aumento, aunque no lo exteriorizo.

–¿Quién es usted y cómo ha entrado aquí?

Mientras formulo la pregunta me dirijo a mi mesa y pulso el comunicador que me pone en contacto con mi secretaria.

– No te molestes, no hay nadie. Sólo estamos tú y yo, otra vez.

Esa voz, no consigo situarla, pero no es la primera vez que la escucho. Con dos largos y decididos pasos se acerca hasta la mesa sacando un sobre del interior del abrigo.

–Quien soy ahora no importa, quiero que encuentres esto.

Desvío la mirada hacia el sobre y lo abro. De él saco una hoja impresa con la fotografía de un objeto, un colgante con un medallón en forma de octógono y una piedra redonda engarzada en el centro, la piedra brilla de una forma extraña, supongo que será por la luz del flash al hacer la fotografía.

–¿Qué es …? –ha desaparecido.

Vuelvo a mirar la foto, ya he visto ese objeto antes, pero ¿dónde?

Mi vida pasa día a día sin ninguna sorpresa ni perspectiva de cambio. Lo único relevante de los últimos meses, por no decir años, ha sido la visita de aquel hombre que me encargó de una forma un tanto extraña la búsqueda de un colgante, un hombre que despertó en mí algunas sensaciones que hacía tiempo que no tenía. Todos los días invierto varios minutos en observar el sobre que situé en una de las esquinas de mi mesa intentado recordar por qué la voz de aquel extraño no me resulta del todo desconocida, y por qué recuerdo con tanta exactitud todos los grabados del colgante, e incluso recuerdo su peso, su frío tacto y el cautivador brillo de la gema engarzada. Cierro los ojos y mi mente se refresca y empiezan a aparecer recuerdos lejanos, recuerdos de una vida de riquezas y poder, una vida sin preocupaciones, sin temores, pero una vida vacía de emociones, una vida en la que el único reto es contestar a una pregunta: ¿qué me apetece hacer esta noche? En ese momento caigo en la cuenta de que mi vida ha transcurrido siempre a oscuras, lejos de la luz, más bien huyendo de ella. Me viene a la mente trozos de una vida que no parece ser la mía, pero que sin embargo me resulta muy familiar. Recuerdo una sala circular, enorme y fría, grandes asientos bordean sus lindes, todos iguales menos uno, justo al otro lado de dos grandes puertas, en lo alto de un pequeño y escalonado altar se alza majestuoso un hombre sentado en su magnífico “trono” flanqueado por dos réplicas más pequeñas. Separa los brazos señalando a ambos lados con las palmas hacia arriba. Un hombre y una mujer aparecen de la parte posterior, deteniéndose justo delante de los asientos. La mujer hace una reverencia como muestra de respeto a los asistentes. El hombre mira de un lado a otro de la sala como pasando lista a los asistentes, cuando acaba sonríe y habla.

–Bienvenidos a esta nueva reunión, la cuarta de nuestra era. Todos sabemos por qué estamos aquí. Los ataques contra nuestro pueblo se están multiplicando y cada vez son más efectivos. Las tierras de Duncan son las que más tiempo llevan soportando esta situación, por ese motivo y sin más preámbulo le cedo la palabra a mi primo –me señala con la mano y hace un gesto de asentimiento con la cabeza, seguidamente se sienta.

El eco del espeluznante sonido que emergió de mi garganta duró un par de segundos, me encuentro levantado, apoyado con las manos sobre mi mesa, algunas gotas de sudor caen sobre el escritorio, respiro profundamente, ahora soy capaz de situar esa voz.

–Hola, primo.

El temor y la sorpresa acampan por doquier en mi mente, mi respiración se acelera de forma rápida y gradual.

–Parece que has visto un fantasma –sus sarcásticas palabras no me hacen ninguna gracia, es más consigue encolerizarme–. Veo que has hecho bien tu trabajo, has encontrado el medallón.

–No he encontrado nada –pienso mientras una punzada hace que apriete mi mano derecha contra el pecho e intento encontrar el camino hasta mi sillón, me dejo caer sobre él como un peso muerto, mi respiración es rápida pero se mantiene, y mi pecho arde, me quema, la expresión de mi rostro es señal más que suficiente de que el dolor empieza a ser irresistible, aprieto mi mano aún más. Ese hombre, mi primo, se acerca decidido y con un gesto de sus brazos consigue inmovilizarme, aparta mis manos sin tocarme y cerrando el puño derecho y girando la mano hace que mi ropa se desgarre dejando al descubierto mi pecho. El calor hace que mi piel empiece a desgarrarse justo en el centro, en la base del esternón. Mi caja torácica se dilata y se contrae de una forma alarmante y una grieta ensangrentada empieza a surgir, levanto la mirada y ese hombre sigue tirando de mí sin tocarme, sus ojos, rojos como el atardecer no muestra compasión alguna, un alarido se escapa de mi garganta a la par que una explosión surge en mi pecho, ya no quema, el dolor ha desaparecido.

–Aquí estás, mi búsqueda al fin ha concluido

Le miro pero mis ojos encuentran otro objetivo, el medallón de la foto está ahora flotando en el ambiente, girando despacio y mostrando todo su esplendor, el brillo de la piedra central es cautivador. Con un movimiento rápido de su mano hace que el medallón se encuentre con ella como si de dos imanes se tratara, lo observa como si fuese un gran trofeo, la expresión de entusiasmo y alivio es evidente en su rostro. Bajo la mirada cayendo en la cuenta de que tengo el pecho abierto, ¿¡qué, no lo está!? Paso mis liberadas manos por él y no hay nada, ni una señal. Algo ha cambiado, mi respiración es normal, y los latidos de mi corazón son lentos y pesados, me levanto de mi asiento extrañado, ya no siento furia, ya no siento nada.

–No recuerdas lo que es esto, ¿verdad?, has vivido toda una eternidad portándolo y lo has olvidado por completo, has olvidado quién eres y cuáles son tus orígenes, pero no te preocupes, yo te haré recordar.

Con un rápido movimiento, sus dedos se clavan en mi sien, me paralizo.

–Bien primo, esta es tu historia.

Mis sentimientos se van cambiando a la misma velocidad que emergen mis recuerdos. Todos los que van apareciendo son de una época muy antigua. Veo a una mujer hermosa cuya sonrisa, al mirarme, ilumina todo su rostro y siento el amor que un hijo le procesa a su madre; ahora veo a una joven, se encuentra en un cementerio arrodillada frente a una lápida, sus sollozos desconsolados encogen mi corazón, me entristece, me mira, deja de llorar y su rostro cambia rápidamente mostrando una furia indomable, se levanta y empieza a dirigirse a mí mientras pronuncia unas palabras que destrozan mi corazón.

–Tú tienes la culpa, tú tendrías que estar en su lugar.

Mis recuerdos vuelven a cambiar, ahora estoy en una sala circular donde un hombre corpulento, alto y con un porte impresionante al que llamo “padre” me mira con ojos desafiantes e inyectados en crueldad.

–¡Eres una deshonra para nuestros congéneres, te has convertido en el eslabón débil de nuestra comunidad, y por la eternidad que llevo velando por nuestra seguridad juro que eliminaré cualquier amenaza que ponga en peligro nuestra supervivencia!

Se relaja, no mucho, y cambia el tono de su voz.

–Ahora bien, por el único motivo de que eres mi hijo y el heredero de mi impero te daré una última oportunidad, haz lo que tienes que hacer, haznos sentir orgullos –asiento con la cabeza–. Tu primo Fedrick te ayudará, y se asegurará de que cumplas.

Un hombre de porte arrogante y con señales de batallas y victorias en sus ojos dio un paso al frente, siento temor y sorpresa, su rostro es el del hombre que me está atormentando desde que entró en mi despacho. Otro recuerdo, esta vez es odio y cólera lo que invade mi corazón, aquel al que llamaba “padre” se encuentra tumbado en las escaleras que soportan el trono, se encuentra vencido.

–Conozco tu secreto, tío.

Miro rápidamente al hombre que le mantiene inmóvil con la punta de su espada, es Fedrick, está hablando.

–¿Ves primo? –hizo una pequeña pausa para mirarme– Yo tenía razón, él es el eslabón débil.

Levantó con la punta de la espada el medallón que tenía colgado del cuello, el medallón de la foto.

–Este medallón vuelve humano a su portador durante el día, como ahora –su espada se hunde en el corazón de mi padre… despierto, mi furia va en aumento, Fedrick se aleja dando pasos temblorosos hacia atrás, con un fuerte movimiento de mi mano empujo a mi primo hasta hacerlo desaparecer por la ventana. Recojo el medallón del suelo y lo miro con recelo, este objeto es una fuente inmensa de poder que nos vuelve humanos de día e invencibles de noche. No lo recuperarán. Ya sé quién soy.

Autor: Antonio Asencio

Nacionalidad: España

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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