La nostalgia eligió un bolero

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Tras picar al timbre, la pareja escuchó cómo se acercaban unos pasos presurosos dentro de la casa.

            –¡Ya voy! –exclamó una voz desde el interior mientras giraba la llave en la cerradura. Al abrir la puerta, Silvia extendió los brazos en cruz y se abalanzó sobre su hija para abrazarla, cuidando de no mancharla de harina. Después, saludó a su yerno con un par de besos en las mejillas.

            –¿Habéis tenido buen viaje? –preguntó mientras avanzaba delante de ellos por el pasillo, ayudándoles a llevar el equipaje hasta la habitación.

            –Sí, mamá. Muy bueno.

            Al llegar a la estancia, Silvia depositó la pequeña maleta sobre una butaca.

            –Bueno, os espero en la cocina, que estoy haciendo la masa de los buñuelos.

            –Vale, mamá. Por cierto, ¿dónde está papá?

            –Haciendo unas compras de última hora, pero tenéis al abuelo en el patio. Id a saludarle –respondió antes de dejarlos solos.

            Después de acomodar la ropa salieron al jardín, donde encontraron a José escuchando canciones antiguas en un viejo gramófono. Sara, desconectó el aparato y saludó cariñosamente al anciano, tomando Samuel asiento junto a él una vez que la nieta se fue a hacer compañía a la madre.

            –¿Qué tal el trabajo, muchacho?

            –Bien, muy bien. ¿Y usted? ¿No se aburre en el pueblo?

            –¿Aburrirme? No, no… mientras este aparato siga funcionando –señaló el tocadiscos–, no hay posibilidad de aburrimiento.

            –Lo que estaba oyendo cuando hemos llegado… ¿eran tangos?

            –Así es… tangos que me hacen recordar la argentina que conocí en los años cincuenta, cuando emigré a Buenos Aires –respondió melancólico.

            –Tuvo que ser muy duro para usted, dejar aquí a toda la familia.

            –Sí, bueno… teníamos otra mentalidad, muy distinta a la de ahora. Entonces, huíamos del hambre y de la miseria. Y todos éramos personas que no habíamos viajado más allá de los límites de nuestra provincia. Yo, sin ir más lejos, conocía en aquellos tiempos Oviedo de casualidad, y Gijón, que fue el puerto del que zarpamos, lo vi por primera vez cuando embarqué para partir al continente americano.

            –Tendría muchos temores, supongo.

            –No, más bien mucha incertidumbre. Cuando llegué a Buenos Aires, pues… al principio, no tienes tiempo para pensar. Yo me instalé en la casa de una hermana de mi madre, que fue quien me envió la carta de recomendación para trabajar allí.

            –¿Estuvo mucho tiempo en casa de su tía?

            –Seis meses, que fue el tiempo que necesité para ahorrar algún dinero e independizarme –contestó con la mirada perdida en el infinito. Después de unos segundos en silencio, Samuel continuó la conversación:

            –¿Y los tangos?

            –¿Cómo? Ah, sí… los tangos… son preciosos, ¿no te parece?

            –Sí, pero, ¿sabe bailar el tango?

            –¡Claro que sí! Todos los fines de semana nos reuníamos un grupo de españoles en un local de la capital. Allí hablábamos de nuestros problemas, de nuestras ilusiones… y para olvidar nuestras penas, bebíamos ron y bailábamos con las muchachas que se congregaban en el establecimiento.

            –¿Españolas?

            –¿Cómo?

            –Sí, si eran mujeres españolas o argentinas.

            –Había de todo, pero en su mayoría argentinas. Y allí conocí… –el hombre se quedó callado, pensativo, con la mirada ausente.

            –Allí conoció a Aurora, ¿verdad, José?

            –No, no –sonrió con picardía– conocí a Elsa.

            –¿Elsa? ¿Y quién era esa señora, si no es indiscreción?

            –¡Chhist! Baja la voz –ordenó el anciano girándose en la silla para comprobar que no habían oído al joven en el interior–. Elsa, era una mujer de escándalo, bellísima… Había nacido en Rosario, pero sus padres se mudaron a la capital por motivos de trabajo. Y ella fue quien me enseñó a bailar el tango.

            –¿Eran novios?

            –No sé como llamarlo. Ella me fascinaba, me hacía olvidar con su risa y comentarios agudos la melancolía que arrastraba conmigo… cuando bailábamos, ¡que por cierto, ganamos varios concursos de tango!, era como si nos transportáramos a otro lugar, lejos de allí –suspiró el hombre emocionado por el recuerdo de la mujer–. Ella fue la parte dulce de mi aventura americana, la razón que me ayudó a mantener la ilusión y que impidió que me viniera abajo, como así les sucedió a algunos compatriotas, que se dieron a la bebida.

            –Pero, ¿y qué ocurrió? Porque usted conoció a su mujer en Argentina –preguntó Samuel lleno de curiosidad.

            –Pues ocurrió, que un día conocí a Aurora, la que fue mi mujer. Me la presentó mi tía, porque era la hija de unos amigos suyos, también emigrantes españoles, concretamente de Galicia.

            Durante unos instantes, los dos hombres permanecieron mudos, escuchando los ruidos provenientes del interior de la casa.

            –¿También bailaba el tango su mujer? –rompió Samuel el silencio reinante.

            –No, no. Ella prefería los boleros. Decía que el tango era un baile muy vulgar.

            –Pero… ¿Y usted no echaba en falta el tango? –preguntó el joven con ironía, incorporándose en la butaca.

            El anciano, fijó sus ojos vidriosos en los de Samuel y respondió:

            –Echo en falta el tango todos los días de mi vida.

            –Pero… Entonces, ¿y por qué…?

            Sin esperar a que terminara la pregunta, José contestó:

            – Porque el tango, hubiera supuesto la ruptura definitiva con mis raíces, mientras que el bolero, supuso mi pasaporte de vuelta a España después de unos años.

            En ese instante, Silvia salió de la casa secándose las manos con un paño de cocina y con el delantal lleno de harina.

            –Bueno, en diez minutos comemos… ¡Papá! –exclamó al ver los ojos acuosos del anciano–. Pero, ¿te has visto los ojos? No te muevas, que voy en busca del colirio.

            –No, no hace falta, hija. Estoy bien, de verdad. Pon un poco de música, por favor.

            La mujer, revisó un surtido de discos que había junto al tocadiscos.

            –¿Te pongo uno de tangos?

            El anciano permaneció callado, sin pronunciar palabra. Entonces, Samuel respondió por él sin perder de vista su mirada:

            –No, Silvia. Mejor uno de boleros.

Autor: César Suárez

Nacionalidad: España

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en : edicionesalfeizar.com

César Suárez

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