Los santos no venden pañuelos

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El pasillo de la iglesia era enorme, se oían los susurros  de unas viejitas que cubrían sus cabelleras con velos negros para no irrespetar “El Santo Sacramento”, un lugar donde las plegarias son primero y no se permite el más mínimo ruido para no causar irreverencia.

A mi corta edad quise emprender una aventura imaginable, “mi propio negocio”. Le pedí a mi madre que me proporcionara la mercadería: Dos docenas de pañuelos, y en compañía de otro amigo nos dimos a la tarea de hacer nuestro propio negocio. “La venta de pañuelos” para damas y caballeros.

Salimos del mercado, cualquier transeúnte era un potencial cliente; nuestras voces chillonas de chavalitos no eran del interés de la gente; veíamos hacia arriba que ellos seguían para escapar de nuestra pobre frase: “Señor cómpreme un pañuelo”

Pasamos algunas cuadras sin obtener ni un peso y mi amigo dijo:

-Busquemos la bendición de un Santo -y cruzando la calle caímos al atrio de la Iglesia. Pensé por un momento que sería una pérdida de tiempo y a las once de la mañana comienzan a enrollarse las tripas si sólo has desayunado café con una rebanada de pan simple.

–Apúrate, entremos a la Iglesia -dijo mi amigo-, la verdad es que ayer me porte mal con mi mamá y me da miedo que me regañe el sacerdote; por si acaso mi papá le ha puesto las quejas.

-Olvídate de eso y entremos -y dándole un jalón con mi brazo izquierdo cruzamos la puerta de la entrada a la iglesia.

Algunos promesantes estaban de rodillas, al parecer casi todos eran vendedores, también algunos enfermos con sus muletas. El lugar con tanta gente aun así era reverente; Dios guarde que hiciéramos bulla nos dejarían las orejas como de burro, todavía recuerdo los coscorrones que daba en catecismo el padre Miguel, un italiano más chele que los Palsileños, hablaba muy divertido el español.

-“í te portaras bien –decía- hablarie con el niñito Dios para que tie envie un obsequio para in Navidad” -Pero…no quiero salirme del tema, pues todavía no he vendido ni un pañuelo.

Con tanta gente rezando no nos quedaba ningún santo, recorrimos el salón casi de puntillas, como elevándose del suelo si no fuera por esos pesados zapatos burros en los pies diría que volaríamos.

Mi amigo del otro lado se encontró un santo disponible. San José carpintero, lo vi arrodillarse y hacer su plegaria, yo ya me estaba cansando de buscar… hasta que al fin encontré uno; una inmensa imagen color negro de pies a cabeza. Por un momento me asusto pero lo recordé, era el santo de mi abuela, ella era muy católica y devota del pequeño San Martín de Porres, la imagen que ella veneraba era pequeña, bueno por un instante perdí el miedo y me fui acostumbrando a la imagen que tenía en frente

Para rezar una plegaria nos habían enseñado que teníamos que poner al menos un chelín o comprar una veladora. Quedé viendo de reojo la urna con un agujero algo así como una gran alcancía, me hice el disimulado por no tener la moneda, mucho menos la veladora. Si el propósito era vender al menos un pañuelo, quizás mi santo comprendería la situación y recité mi plegaria:

“Ayúdame con la venta de pañuelos para regresarle la moneda y de paso comprarme algo para el hambre” sentí que los ojos del santo no paraban de verme con esa mirada fría y sin parpadeo, volvió mi miedo. Me levanté rápidamente, hice la Santa cruz y salí corriendo. Al final del pasillo encontré a mi amigo que se veía bastante entusiasmado, salimos a conquistar nuestro Mundo Pequeño.

Recorrimos varias cuadras y con la misma frase, “Cómpreme un pañuelo”. La indiferencia de la gente era notable. Al ver que el asunto del rezo no funcionó nos dimos cuenta que faltaron las monedas para que los santos contestarán las plegarias “Un chelín equivalente a un refresco, un chelín una veladora por un rezo”.

Regresamos a nuestra casa cabizbajos como soldados derrotados de la guerra.

-Mamá, no vendimos ni un pañuelo -ella sonrió, murmuró con gran entusiasmo.

-La próxima les irá mejor… acá les tengo unas enchiladas de frijoles y refresco.

De pronto todo cambio para nosotros, nos habíamos olvidado del asunto de la venta de pañuelos, hoy me doy cuenta la diferencia de emprender una aventura y recordarla con entusiasmo.

Autor: Eddy Flores Pineda

Nacionalidad: Nicaragua

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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