La última vez

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La última vez que me pegó, tardé mucho más tiempo del habitual en recobrar el sentido. Lo usual en mí, al concluir una de sus brutales palizas, era dejarme arrastrar por un débil desvanecimiento, placer egoísta que me regalaba momentos de dulce amargura; efímeros instantes en los que la agonía de mi propio abandono me acogía suavemente entre sus brumas, sabedora de que, esos preciosos intervalos de conmoción, otorgaban una tregua indolora a mi pobre cuerpo maltratado. Lapsos silenciosos en ausencia de mí misma, parcial abandono de ésta vida ingrata a la que me he visto avocada sin saber muy bien por qué razón.

La última vez que me pegó, la sangre caliente desfiló por mi rostro con profusión, tiñendo, todo aquello que mis ojos anegados de lágrimas atinaban a enfocar, de una borrascosa penumbra escarlata. Besé el suelo que amparó mi cuerpo derrotado con los mismos labios que mi maltratador se empeñaba en destrozar como único remedio para enmudecer el tormento de mis quejidos.

Cuando desperté de mi último desmayo, mis huesos crujían lastimados, mi pálida piel se había tornado púrpura cardenalicia y mis heridas latían, abiertas y sangrantes, pero ya no existía el dolor, se había evaporado entre las sombras de la feliz existencia que una vez soñé.

Mártir de un amor con la fecha de caducidad grabada en mis moretones,  mi ilusión cedió mortecino paso a la vergüenza, al miedo, al pavor que asaltó a golpes mi indefenso y azorado corazón, ocupando, sin permiso, la inmensidad de mi insignificante y afligido ser. Cuando desperté, lo hice con la conciencia de que mi marido, aquel hombre que ante Dios y ante la humanidad juró amarme y protegerme para siempre, había dejado definitivamente de quererme. No ama un maltratador, no cabe el amor en el yermo hueco donde debería latir el corazón de quien convierte el miedo en su descanso y su paz.

Llegué demasiado tarde a tan veraz conclusión, lo sé, es cierto. Y se que debería haber sido consciente de todo ello mucho tiempo atrás, justo en el momento en el que él me dio la primera bofetada, pero aquel aciago día en el que mi futuro se emborronó con la tinta humedecida que brotaba de mis ojos, pudieron más mi desconcierto y sus lágrimas. Perdí la primera de las batallas contra el amor, rendí mi orgullo ante su desesperado llanto, ante sus balbucientes súplicas por un perdón inmerecido. Vendí mi fe ante un cúmulo de palabras vanas, falsas promesas de redención, alegatos sin sentido en los que justificaba su feroz reacción achacando toda culpa al estrés, a los inacabables problemas de su agitada vida. Mis ojos danzaron temerosos al son de las gotas de sangre que chorreó mi boca sobre sus manos suplicantes… y le creí. Y le perdoné. Y no hice nada. Su llanto conmovió mi alma confundida y disimulé el primer golpe bajo una espesa capa de maquillaje. Me convertí, para desgracia de mis venideros días, en silenciosa cómplice de su locura, en inocente destinataria de su inexplicable sinrazón.

A aquella primera bofetada le siguieron muchas más y su frecuencia se incrementó en proporción a  los fracasos de su día a día.

 Él, refugió su infelicidad en el alcohol.

Yo me refugiaba en el rincón más oscuro de la habitación para rezar a un Dios aquejado de sordera ante  el lamento de mi súplica desesperada.

Y las bofetadas se convirtieron en golpes. Y los golpes se transformaron en empujones y caídas. Y las caídas dieron paso a brutales patadas. Pagué, con el dolor que bañaba cada músculo de mi cuerpo, su cobardía, su falta de humanidad, sus miedos y su ira. Deshonrada, humillada y herida, aún, mi marido, conseguía cambiar las tornas de mi sensatez para transformarme en la única culpable de aquella delirante situación a la que yo, “irremediablemente”, le forzaba. Y callaba, convencida de ser justa merecedora de todo lo que me ocurría.

En mi vagar por la tristeza y la desolación, alejé de mi lado a todos los que intentaron ayudarme, protegerme del peligro que conmigo convivía; siempre avergonzada y vencida, cansada hasta la saciedad por tener que inventar constantes disculpas acerca de la torpeza que acostumbraba a teñir de desconsuelo mi piel; excusando mis cardenales con ficciones increíbles sobre absurdos e inexistentes tropiezos; rechazando la mano, abierta y cálida, que insistían en tender a ésta naufraga, a esta mujer que malgastó sus escasas fuerzas en mantenerse agarrada a los violentos puños del hombre al que amó más que a sí misma.

La última vez que me pegó, se eclipsó, diluido entre el fango de mis temores, el joven hermoso y gentil que un día colmó mis sueños adolescentes con vehementes promesas de amor eterno. Se envenenaron sus besos con las yagas de mis labios rotos, se esfumó su corazón ante el morado de mis ojos y apareció el desconocido, enfermo de alma y espíritu, que noche a noche regresaba a aquel hogar, imperio del desaliento y del temor, para descargar su desventura provocando el terror en la devota infeliz incapaz de alejarse de su mortal abrazo.

Rendidas las fuerzas, tras la última vez, abandoné para siempre mi cuerpo, que al cabo del último aliento, desangró sus miserias tendido sobre la alfombra roja que oscureció el asfalto convertido en postrero lecho.

Mi pobre cuerpo malquerido, maltratado, malogrado.

Mi pobre cuerpo fallecido.

La última vez que me pegó, aquel que decía amarme, me robó el futuro.

Me robó la vida.

Autora: María J. Martínez

Nacionalidad: Española

Ilustración: A. Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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