Cena con invitados

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Es lo que tienen en común todos los trabajos: que de tanto en tanto se impone hacer un receso. Muchos -qué le vamos a hacer- se han de conformar con acercarse al baño. Otros, con más tiempo, pueden hasta fumarse un cigarrillo, o sacarse un café de la máquina; o las dos cosas a la vez. Ya no te digo si te dejan comerte un bocata, aunque sea en un rincón del taller. Incluso los hay tan afortunados que bajan a hacerse unas cañas, o hasta unos pinchos o unos callos. Uno se relaja, cambia de ritmo. Se habla de la familia, del partido de fútbol o de las vacaciones. Incluso se comenta el propio trabajo, se intercambian impresiones, se planea. Luego, vuelta al tajo, con más ganas.

A Eliseo y a mí nos van los fogones. Somos -sin duda- unos privilegiados. Porque dime: ¿a cuántos conoces tú que puedan prepararse un platillo en estos interludios laborales? No te hablo de cualquier cosilla, no: a menudo trabajamos en horarios intempestivos, y no me extrañaría que algún día nos pillaran armando una cena a base de ensalada de aguacates y gambas a la plancha, o una dorada, o incluso una fabada. Hasta una espaldita al horno nos hicimos en una ocasión, que yo recuerde. Todo depende del tiempo y de lo que haya en la cocina. Y en esas andamos hoy.

El servicio libra esta noche. Nosotros, que somos unos profesionales, nos hemos refregado escrupulosamente las manos hasta los codos en la pila, y vamos de descubierta por armarios y nevera. De plato fondo nos estamos componiendo un guiso de merluza a la gallega, pero Eliseo se pone de mal humor cuando no halla nada interesante para un primero. Te estás volviendo un sibarita, me río mientras sigo explorando.

Él me mira disgustado y, ceñudo, vuelve sus ojos al comedor, donde han quedado nuestros anfitriones, amarrados cada uno en su silla ante la regia mesa. De una espantada parte para allá.

Justo cuando ya enfrenta a la llorosa señora de la casa, resuelto a sacarle cuentas por lo escuálido de la despensa, se me aparece una buena lata de ventresca en aceite de oliva virgen, en un rincón de la alacena.

-Eliseo -le grito-, vente para acá que ya tenemos el entrante.

Las lágrimas ruedan aún con más fuerza por las mejillas de la mujer cuando Eliseo se vuelve para la cocina y lo ve alejarse por el único ojo que le queda sano. El otro –qué le vamos a hacer- le resultó cegado del puñetazo con el que la relajé en su mismo lecho, al punto en que, nada más despertarla de un cachetazo, incomprensiblemente rompió a chillar. Desde entonces sólo ha sollozado en silencio. Por si acaso, también a ella le hemos velado la boca con un buen pedazo de cinta adhesiva, sobre el que resbala un viscoso reguero de mocos y aún resta algo de sangre reseca, de la nariz.

Lo de la nariz no fue a conciencia, ya he dicho que somos unos profesionales. Para que el marido se percatara de la situación bastó con añadir al bofetón un par de coscorrones en la calva, por los que ya casi no sangra. Pero la señora se puso nerviosa al verse atada en camisón a la silla y, al ir a ponerle la mordaza, hube de repetir el puñetazo para que se dejara hacer.

La impericia de la vieja fue tal que giró la cabeza, por lo que en lugar de atinarle en el mismo ojo de antes, acabé rompiéndole el tabique nasal. Sin querer, por supuesto. Usted perdone, señora. Pero de no haberse movido no hubiera pasado esto, la recrimino.

El frigorífico es norteamericano, enorme y con dos puertas. De esos que tanto nos gustarían pero que sólo los hay en las casas de la gente bien. Del compartimento de la verdura tomo un par de sabrosos tomates, grandes. Los lamino y van a reposar en una fuente que he regado con aceite de la misma lata. Los salo. A Eliseo se le pasa el enfado cuando comprueba la contundencia de la carne de pescado en conserva. Va tajando finísimas lonchas con las que cubre las rodajas de tomate y las rocía con un pelín de vinagre de Módena; y, encima, otro chorrito de aceite. Pruebo el guisado, lo rectifico de sal y, ¡voilá!, ya está la cena.

Nuestros anfitriones observan con creciente pavor cómo extendemos la mantelería y vamos disponiendo la mesa, ante ellos. Loza fina, de la buena. Copas de cristal que tintinean agudas, al entrechocarse. Y cubertería de plata. Aunque en la bodega hay buen vino, hoy nos daremos un capricho, y elegimos un brut nature gran reserva de a doscientos euros la botella, al menos.

La ensalada de tomate y ventresca ha resultado deliciosa y la merluza promete ser exquisita. Dispensen que no les ofrezcamos, me disculpo ante el matrimonio inmovilizado al otro extremo de la mesa; pero compréndanlo, cada cual ha de representar el papel que le toca.

-Y el de ustedes -añade Eliseo con voz gutural- es ir haciendo buena memoria de dónde esconden el dinero y las joyas, mientras que nosotros cenamos.

Lo ha dicho en tanto escruta con aprobación la columna de microscópicas burbujas que ascienden desde el fondo de su copa. Luego la deposita sobre el mantel y empuña la puntiaguda y reluciente pala del pescado.

-Absolutamente todo el dinero y todas las joyas -recalca alzando sus ojos gélidos hacia nuestras víctimas de hoy-. Y sin cometer errores –advierte-; que cuando les destapemos la boca no tengamos siquiera que preguntarles.

Y marido y mujer están a un pelo de descoyuntarse el cuello cuando asienten, aterrorizados.

Autor: Martín Garrido.

Nacionalidad España.

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez.

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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