Cuando el corazón arde en invierno

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La mañana del once de diciembre Daniel despertó con la típica sensación adolescente de que su vida no tenía sentido, con esa pregunta fugaz que en algún momento de nuestras vidas nos cruza por la mente, con esa conmoción dentro de nosotros que alguna vez tuvimos y luego se maduró, como un juez inocente que quiere lo justo y desprecia los abusos. Sin embargo, Daniel había tenido suerte. Si bien su hogar no era perfecto, tenía dos padres que lo amaban. Era hijo único y sus padres hacían un buen trabajo.

Daniel se levantó, hizo su cama, puso sus libros a un lado (porque la noche anterior se había desvelado resolviendo ejercicios de aritmética), entró al baño, remojó su cara y sus cabellos en el lavabo, se cepilló los dientes, reguló la temperatura de la ducha a su gusto y se metió bajo el agua.

Algunos minutos después, su madre tocaba a la puerta de su habitación:

—¿Hijo? Está listo el desayuno, cariño —dijo ella con el tono habitual.

—Vooooy! —respondió, saliendo de la ducha.

Daniel metió sus libros en el morral, se vistió con ropa de invierno, se peinó y exclamó para sus adentros: “¡Ahora sí, el día empezó!”

Cuando bajaba las escaleras para dirigirse a la cocina, sonó su celular:

—¿Sí…? Mmm. Ok… sí… ¡Qué alivio! Ok, A las cinco. ¡Qué suerte no hay clases!

El colegio había resuelto suspender las actividades debido a problemas con la calefacción, pues sería una tortura dar inicio a las clases con las bajas temperaturas de la zona. Daniel no comentó nada de esto a su madre; llegó al comedor, se sentó a la mesa y ella, sonriente, le sirvió un plato con pan integral, queso y mermelada de fresa.

—¿Vas tarde? —preguntó ella, notando que su hijo comía con rapidez.

—Ehh, Sí.

—Pero si es temprano todavía. No te preocupes, llegaras a tiempo. Come tranquilo, mi amor.

—Sí, lo que pasa es que quiero aclarar unas dudas sobre lo que estuve estudiando anoche con un compañero de clases.

—Mmm… bueno…

—Nos vemos, má —con una sonrisa y extendiendo su mano hacia ella.

—¿Ya no comerás más? —dijo ella, mostrándose un poco frustrada.

—No. Estoy listo —y le dio un beso en la mejilla a su madre.

—Toma. Este es el dinero para los materiales del proyecto que ciencias, y esto es para ti. ¡Ten cuidado!

—Si, má. Adiós —dijo dándose la vuelta y cerrando la puerta.

Daniel fue hasta la parada de autobuses. Esperó uno que lo llevara a casa de su mejor amigo, porque había decidido pasar la mañana jugando videojuegos.

Pasados cinco minutos su autobús llegó, pero luego de subirse miró hacia la ventana y… todo cambió.

Daniel vio a una muchacha que él conocía, ella estaba en algunas de sus clases, pero nunca le había hablado. Llevaba pantalones negros y una chaqueta blanca, una bufanda y un gorro de lana, también de color negro. Su piel parecía de porcelana, tenía los ojos más centellantes que jamás había podido ver, de un azul triste que emanaba intriga y ternura a la vez. Sus cabellos eran largos, lacios y de un oscuro azabache que perturbaba a Daniel. Ella se veía apurada y corría hacia el autobús que estaba detrás del que Daniel acababa de abordar. A penas se había sentado en el asiento de la ventanilla cuando la vio; y por algún motivo le pareció que esos segundos se habían alargado, casi como si el tiempo fuera una tela delgada que se desplegaba frente a sus ojos con tanto deleite que era imposible moverse. Aquella joven lo tenía cautivado, se bajó y decidió dirigirse al mismo autobús con la mayor rapidez que sus pies le permitieran.

Corrió preguntándose a sí mismo por qué lo hacía, pero él no buscaba la respuesta, al menos no realmente. Lo único que quería era entrar de inmediato al autobús, y así lo hizo.

Apenas entró comenzó a buscarla con ojos dudosos pero ansiosos, en una especie de éxtasis taciturno. Al fin la volvió a ver. Ella estaba sentada al lado del asiento que da a la ventana. Daniel sintió una fuerza que lo arrastraba hacia allá, era como si todo su cuerpo se hubiera adormecido (¿o tal vez era solo su cerebro?) mientras sus músculos comenzaban a obrar casi como si tuvieran vida propia.

La chica lo miró con tanta indiferencia que Daniel sintió una estaca de hielo clavándosele en el rostro y criogenizándole el gesto abobado que le sostenía la cara. Ella se acomodó de manera que él pudiese entrar y sentarse. Daniel tragó saliva para recuperarse rápidamente y mientras veía reflejo de la joven en el vidrio de la ventanilla decía para sí: “¿Qué culpa tiene ella de no sentir esto que yo siento? Quizás… si tan solo le hablara para que supiera mi nombre… ¡Que estúpido! Como si ya no lo supiera… ¿Será que lo sabe? ¿Sabrá que estoy en sus clases? No lo sé, ¡Dios!” Finalmente, decidió hablarle. La miró con ojos espantados y le dijo:

—Hola, ¿qué tal? —Daniel inmediatamente odió su propia voz, casi caricaturizada y chillona.

No hubo ninguna respuesta, los ojos de la joven estaban mirando directo al horizonte con la cabeza meneándosele al compás de la música que sonaba en su iPod. Daniel respiró profundo y sintió que el aire se le endurecía en la garganta como una niebla espesa que le impedía seguir respirando. Tosió adrede y se le quedó mirando, notó que del gorro se salían dos cablecitos de audífonos. “¡Qué idiota! Está escuchando música. ¿Le toco el hombro…? No, soy un extraño para ella…”

La joven se levantó, lo miró con una sonrisa y tocó el timbre pidiendo su próxima parada. Daniel permaneció inmóvil por unos instantes, conteniendo la respiración como si le faltara el oxigeno. Ella por fin se había fijado que él estaba a su lado y sonrió. Aquella sonrisa se le había tatuado en los parpados, se levantó lentamente y se dijo determinante: “¡Este es el momento! Le hablaré, le diré que… ¿Qué le diré? Le diré que me llamo Daniel. Sí, que estoy en su clase de arte… tal vez podría pedirle que me preste unos apuntes…”

El corazón de Daniel estaba decidido, quería conquistarla desde que la vio por primera vez en clases y ahora el momento había llegado, era el momento que él estaba esperando. Por sus venas corría electricidad, era como si su coraje por fin se le hubiera condensado en las manos y caminaba erguido directo hacia ella con pasos resueltos. Entonces bajó del autobús y contuvo las palabras que iban a salir de su boca, porque en aquel momento los labios de su amada se posaban en otros labios…

Autor: Carlos A. Romero

Nacionalidad: Venezuela

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

AUG

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