Un frasquillo verde aguacate

(Postal memoriosa de una quincalla atemporal en la avenida Beethoven de Colinas de Bello Monte, Caracas)

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Otra vez la vieja grande con la mixtura de un acento eslavo y celta volvía su mirada indefinible más allá del aparador, escrutando con desconfianza a la mujer de la interrogación en el rostro que, apurada o con asombro, entraba al viejo bazar…

¿Vende abanicos? Fue la pregunta desenvuelta de la mujer, que de repente lucía sorprendida por la inusitada convicción de haber conseguido algo que no estaba buscando.

Con el cabello gris, revuelto, a medio recoger en un moño bajo y dos relámpagos azules que saltaban de los ojos, calibraba la respuesta, como meditando en lo insondable de su sala de té en una tarde otoñal checa o británica. Y muy cerca de ella, un perro enorme, atalaya hierático igual a su dueña, cerbero cachorro y enorme, con idénticos ojos azules, que desde un rincón sin mover la cola inspeccionaba a la mujer con desconfianza. ¡Era él quien tal vez tuviera la respuesta! Es posible que él también lo supiera, porque la de la mujer no era una pregunta ingenua, aunque ni ella misma supiera a qué sortilegio obedecía la intempestiva urgencia de entrar en aquella absurda quincalla demodé.

Claro, abanicos. Fue la respuesta indiferente y solemne de la vieja desde ese marcado acento que venía de algún lugar remoto en las antípodas de estos mares.

Y mientras resaltaba cada sílaba, la anciana se tomaba un espacioso lapso para medir y tantear, comprobando si aquel momento era de verdad e infinito. Inquiría silenciosa, como siempre y desde siempre. Como si hubiese estado esperando la vida entera por la entrada de aquella mujer en su vieja tienda-anticuario. Porque de antemano conocía demasiado bien cuál era la pregunta exacta que la mujer haría. Porque aquella pregunta común era otra cosa, una clave, o una llave, el santo y seña que abriría el cerrojo que da acceso al túnel escondido detrás de los anaqueles en los que, cual si tal cosa, se exhibía un frasquillo verde aguacate.

Sí. Una botellita verde rellena de un líquido color aguacate. Justo ahí, oteando entre baratijas embusteras, muñecas de trapos, espejos enmarcados en oro falso y trastos de latón repujados en óxido, flanqueada por otros frascos de igual condición, dejados por el desuso y el azar en medio de tapetes horribles, tejidos por alguna abuelita desocupada para el mobiliario de alguna sala kitsch. Allí estaba, como si fuese verosímil: una botella Clairol Balsam, viejísima, plastificando el líquido espeso embotellado hace muchas, muchas lunas. Una botellita verde aguacate sombría y casi furtiva, que sin querer dejaba lucir la vieja etiqueta desteñida en la que se des-dibujaba la caricatura de una mujer poco creíble, de cabellos de hojas verdes, rosadas y quién sabe qué otros colores, si es que los tuvo. Un frasquillo verde aguacate viscoso de plástico que con su viejo rótulo pálido, quería desafiar la asfaltada realidad gris de allá afuera al plantarle aquella silueta anacrónica de mujer incierta.

La vieja detrás del mostrador, mientras sostenía con una mano el bastón que se apoyaba en ella, con la otra traía de nuevo a la mujer a lo del abanico y lo extendía mecánica varias veces: abanico-caleidoscopio, de muchas telas, abanico-laberinto, de varios colores. Lo expandió allí muchas veces y eran varios a la vez. La vieja repetía perenne esa mueca psicópata para convertir en artificio los segundos que se reflejaban obcecados en los espejos de oropel, que se multiplicaban al roce de las miradas, congelando en ese simple ademán el intervalo eterno y necesario requerido por la vieja eslava para preguntar en el rostro-asombro de la mujer imposible, que no creía lo más mínimo en lo que veía. Y así, recuperándose del breve letargo, con la misma prisa que entró, la mujer se largó un poco atemorizada del viejo bazar. Sin saber por qué la prisa, por qué el miedo o por qué entró. Eso sí, salió volando abanico-caleidoscopio en mano, sintiendo la opresión de los espejos azules que la miraban desde la tienda.

Era extraño no haber hecho esta incursión antes, pensó la mujer. Después de todo, pasaba por esa calle a diario. En ese momento, encender un cigarrillo se convertía en la expresión aterrorizada de un soldado que con la cara crispada acaba de alcanzar la barricada aliada bajo un tumulto de balas enemigas. O por lo menos eso sintió ella. Desde el café de la otra esquina observaba con sigilo, a través del humo del cigarro, las vitrinas de la vieja tienda, adivinando la mirada escrutadora y eléctrica que recorriera azul su silueta. Los rápidos latidos de su corazón se defendían de la nicotina, mientras las miradas-espía desde algún rincón ubicuo y escondido del bazar-anticuario aún la precisaban. Se sentía lejos de aquello y a salvo. Pero, ¿a salvo de qué? ¿Por qué ese sentimiento de desasosiego al pensar y mirar a lo lejos la vieja tienda?

La mujer no lo sabía pero del otro lado de la acera, vieja y perro permanecían estáticos… Como si el reloj se hubiera detenido. Sólo la llegada de algún mirón, transeúnte sin nombre y pasos anónimos, hacía andar las agujas otra vez. Entonces la mirada inquisidora de hielo y fuego de la vieja eslava, el tic tac caleidoscópico, la rueca indetenible de las funestas hilanderas, movían a las horas psicodélicas que comenzaban un nuevo andar escurridizo. Era como si el paso de peatones curiosos y sin prisas que se detenían a preguntar alguna nadería lograra sustraer de aquellas mistéricas cavilaciones a la vieja y al perro. O puede que no…

Desde la marquesina derruida del negocio, el enrejado art decó carcomido, anaqueles y vitrinas congregaban mercancías de otras épocas que se habían quedado dormidas en los mostradores para hipnotizar a los incautos que, sin querer, miraban y pasaban. Y los ojos azules de ama y perro ahí, igualando abismos submarinos y pasadizos secretos. Oculto entre los cachivaches, un laberinto especular, la galería grotesca a otra dimensión en la que la quincalla-anticuario sólo era una excusa y además su antesala, el lobby mítico del túnel secreto que conduciría a otro plano.

La mujer ya no estaba en el café. No. Aunque su mirada seguía fija, ella ya no estaba. Veía a los transeúntes pasar y detenerse, pasar y entrar, pasar y seguir, pero nunca pasar y quedarse. Los veía pasar desde los anaqueles vetustos con el tiempo detenido junto a las botellas de Clairol Balsam, desde el dibujo del frasco. Des-dibujada en el frasquillo. Conteniendo el olor dulzón a aguacate balsámico. Delimitando la viscosidad pegajosa y la realidad. Sintiéndose mujer poco creíble de cabellos de hojas des-coloridas. Y los ojos eslavos y de perro escrutándola hasta el infinito desde el aparador.

Autora: María Eugenia Alonso

Nacionalidad: Venezolana

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Alféizar M - copia

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