Cuando despertamos del sueño

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Apenas la luz tenue de la veladora que estaba posada sobre la cabecera de su cama iluminaba el cuarto. Ella dormía otra vez, como lo había hecho tantas veces antes, acurrucada en mi pecho. Mi mano izquierda hacía a un lado su melena obscura para desnudarle la frente y poder besarla una y otra vez, mientras ella, completamente dormida, dibujaba en sus labios una sonrisa inconsciente llena de ternura y complicidad. Esa noche, todo era tan igual como las otras noches en que estuvimos juntos desde que nos conocimos… pero al mismo tiempo, era todo distinto y jamás volvería a ser igual.

Esa noche, aún con todo el amor que ambos llegamos a sentir… nos despedíamos el uno del otro. No quiso, no pudo entender razones ni tenerme paciencia, un poco de paciencia nada más. Durante la despedida, lo que su boca repetía con demente insistencia pretendiendo una frialdad que se veía terrible mente  fingida y fuera de lugar en aquella mujer que tiene la nobleza de un ángel, sus ojos y su corazón me lo estaban desmintiendo a gritos. Ella me quiso mucho, lo sé, pero yo la amé sin reservas.

Ella es la mujer que jamás en mi vida esperé, lo confieso. Si alguien me hubiera descrito a la mujer que inspira este relato, sencillamente habría calificado de charlatán al mensajero. No obstante, la sabiduría de Dios siempre se impone a nuestros deseos y por ello decidió cruzarla en mi camino un día de septiembre y el destino quiso que de su mano conociera el significado del verdadero amor, el más puro, el más limpio, el que no espera nada a cambio y lo da todo.

La veía a mi lado aquella noche, dormida y me resistía a creer que se trataba de una despedida. Tenía el anhelo, la esperanza de dormir y despertar con ella a mi lado y recobrar la certeza de que no se había tratado aquella separación sino de una pesadilla amarga nada más, pero por otro lado no quería dormir… cada segundo contaba si de admirarla y susurrarle “Te amo” mientras le besaba la frente se trataba. Sería la última vez, después de todo.

La pálida luz de la veladora iluminaba la faz de mi amada y yo recordaba aquellas caminatas nocturnas de mi infancia, hasta el parque en el que se encontraba la estatua de aquel poeta cuya obra “La Amada inmóvil” fue el primer libro que leí y cuyo concepto de amor se me quedó tatuado en la memoria y en el alma. “Tuve un amor, un solo amor, un gran amor…” solía decir Nervo sobre Ana Cecilia Luisa Dailliez, la francesa que le arrebató el corazón y no podía yo, sino desear la posibilidad de conocer algún día un amor así. Laico por convicción, jamás me he arrodillado frente a ninguna imagen y sin embargo, disfrutaba las conversaciones imaginarias sentado al pie de la estatua de aquel poeta universal que fue Amado Nervo, encontrando consuelo en sus palabras escritas. Y ahora ella, la mujer que dormía entre mis brazos, era el amor por el que yo había esperado siempre ¿Por qué entonces el destino se empeñaba en arrebatármela? ¿Por qué nos separaba algo tan absurdo? ¿Por qué era un mundo que parecía diseñado para el triunfo de la mezquindad sobre el amor?

…la melancolía y la tristeza me estaban jugando la peor pasada en aquellos momentos en que más fuerte necesitaba sentirme. Como cascada, se me vinieron a la mente todos los recuerdos que juntos habíamos vivido durante los últimos meses: la primera comida que compartimos, su risa estridente, sus ojos cafés tan llenos de enigma y su sonrisa, la forma en la que arruga la barbilla, su voz… comencé a recordar el sabor de su piel y la sensación que sus besos me causaban en el cuerpo, comencé a extrañarla ahí mismo a pesar de que la tenía a unos centímetros de distancia. La había idealizado sin conocerla, la había dibujado una y otra vez en mi memoria sin tener la certeza si quiera de su existencia, ella era la mujer de mi vida y no tuve mayor propósito desde que la conocí, que hacerla feliz. Esa despedida significaba que para siempre, a partir de esa noche sobraría su lugar en mi lecho pero que me haría falta la mitad del alma.

Antes de salir de su casa, me tomé un par de minutos para sentarme en la esquina de su cama. La observé con un remolino de sentimientos encontrados en  mi pecho. Quería despertarla, quería hablar una vez más con ella y convencerla de que no se sacrificara como pretendía… pero opté por besarle la frente una última vez y salir en medio de la madrugada, bajo el cielo limpio y estrellado, con lágrimas amargas resbalando por mi mejilla pero también con la determinación de forjar cuanto antes, un mundo donde ella, los nuestros y yo, pudiéramos tener quizá, otra oportunidad para ser felices.

Nombre: Ulises Alan Rodríguez

Nacionalidad: México

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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