Al otro lado de las líneas

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     Siempre es lo mismo. Después del último trabajo -a nosotros nos gusta más esta expresión- se impone el silencio hasta que las aguas vuelven a su cauce y otra comunicación nos informa del siguiente. Así pasan los días en este mundo de pesadilla donde obedecer y esperar es tan importante como la vida gris, la  rutina que te acoge y  te ampara.

    No sé en el caso de los otros, pero en el mío siempre fue fácil pasar de ese otro lado a éste donde existo como otro más de la familia, el barrio o la escalera. Aunque la primera vez es difícil volver al alquiler, la farmacia o el colmado como si nada hubiera sucedido, como si fuera otro el que consuma el hecho, lo cierto es que después te vas acostumbrando a esta vida paralela de huidas y letargos.

    Bajo la autoridad de sus voces sabemos que nada de lo otro importa excepto esta fe ciega que nos lleva al otro lado del delirio. Por más zonas que peinen, por más controles o refuerzos, por más que persigan lo imposible, nosotros aplicamos la estrategia como tantas veces: abandonar la escena momentáneamente dejando que el temor se extienda por este mundo hostil y refractario donde la verdad, finalmente, ha sido secuestrada.

   Es quizá por eso que existimos -aunque algunos no lo sepan y la mayoría nos odie y nos tema-, para salvarlos de esa tiranía que manipula y deforma sus conciencias. Y es por eso que en nuestros días de descanso -cese de hostilidades lo llamamos- repaso mentalmente hábitos e itinerarios de objetivos mientras compro el diario o entro en la farmacia -desde hace un tiempo las jaquecas se suceden y he de controlarme. Como hoy, por ejemplo, que he necesitado la ayuda de pastillas para alejar sus voces, para olvidar otro espectáculo dantesco de nuestra larga lucha.

    A menudo pienso en este poder de la verdad que nos  confiere estar al otro lado de las líneas como un brazo invisible que decide el curso de la vida. En esta guerra

…Encarnizada nosotros jugamos nuestras cartas con la certeza que existen valores más poderosos que el miedo o que la muerte. Y así, cuando las aguas vuelven a su cauce, me veo salir un día tras otro hacia el próximo reclamo publicitario que presentarán los titulares en un futuro no muy lejano. Confeccionando este cuaderno de notas donde escribo, sin que él lo sepa, su diario forzosamente concluso: la hora exacta  en que abandona o llega al piso, cómo viste, la distancia hasta el coche, si va acompañado o muestra signos de preocupación o extrañeza.

    Los más bobalicones dirán que este acechar propio de alimañas delata lo que somos, gente sin escrúpulos, pero nosotros replicamos que seguir la estrategia del mínimo daño no es de recibo cuando se está en guerra tan desigual como ésta. Sin esta resistencia, sin esta férrea disciplina que reafirma y protege nuestra mente de interferencias exteriores sería imposible no ver a este padre de familia, a este asalariado, a este ciudadano que se parece tanto y tanto a la  mayoría de nosotros.

    De nosotros y de mí que, a pesar de las voces, sabemos y sé que la última llamada no es fruto de mi imaginación enferma, sino el signo inequívoco de que la veda se ha abierto y que el diario hay que concluirlo rápida e inexorablemente. El diario que me informa que todo está listo para ir a su encuentro después de revisar el arma y cenar algo ligero.

    Como él que también estará a punto de cenar antes de coger el coche y salir con sus amigos ignorando que, desde hace tiempo, hay alguien que lo conoce como la palma de su mano: sus rasgos, sus hábitos, su mirada distraída y confiada cuando abre el coche o cierra tras sí la puerta de acceso a su vivienda. Que debería estar alerta, pero no lo está, después de los últimos acontecimientos que hablan por si  solos y advierten que cualquiera puede estar en peligro. Cualquiera, como él, que acaba de coger el ascensor y parar en planta baja, que enciende las luces del vestíbulo como cada noche, saliendo

…Precipitadamente, ignorando que cada uno de sus gestos forma parte de un ritual secreto: el color de sus blues y de su polo, sus bambas a juego, el aire tranquilo y relajado con que se acerca al coche y desconecta la alarma, inclinándose y escogiendo la llave que debería abrir la puerta y ponerlo en marcha, si no fuera porque hay alguien que se acerca por la espalda, algún desconocido que nunca lo mirará a los ojos y aprovechará el desconcierto para sacar su arma y acabar otro trabajo más en esta larga contienda que empezó hace ya tantos años y tantas muertes.

Autor: Moisés Galindo

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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