Redención

Ángel

Las gotas de agua golpean con fuerza mi rostro, señal inequívoca de la enorme furia de la tormenta que está acompañando toda esta locura. Todo mi cuerpo se estremece debido a las heridas producidas por la batalla aún inconclusa. Tiempo, necesito tiempo, debo recuperarme.

Mi cerebro ordena desesperadamente a todo mi cuerpo que se levante, pero el dolor y la potente lluvia son más fuertes y hacen que mi cuerpo quede perfectamente acoplado al suelo. Mi respiración se acelera, trago, por fin hago que mis brazos obedezcan y entre dolor y esfuerzo consigo que mi espalda se separe del molde de tierra en el que estaba atrapada, mis piernas se encogen y, ayudadas por el impulso aplicado con mis brazos apoyados en el suelo, consigo erguirme. Aprieto los puños seguido por el resto de los músculos del cuerpo. Abro los ojos y levanto la cabeza para cruzar la mirada con aquél que me ha derribado, con mi enemigo, con mi hermano. La lluvia adquiere más furia y el sonido de los truenos acompañan a la fugaz iluminación de los relámpagos, el cielo participa con sus constantes rugidos.

Ahí está, sonriente, confiado, blandiendo su espada, piensa que la batalla está ganada, y en cierto modo es así, ya que aún no he conseguido asestarle ningún golpe efectivo, se ha hecho más fuerte, más hábil, más rápido, mejor guerrero… aunque él como yo sabe que no ganará, nunca lo ha hecho y nunca deberá hacerlo. A su espalda no hay cielo sólo densas nubes negras y lluvia, lluvia que le cae incesantemente sobre su impoluta armadura y le confiere un aspecto elegante a la par que monstruoso. Una cruel sonrisa comienza a dibujarse en sus labios, su velocidad es abrumadora y su fuerza imparable. Por puro acto reflejo levanto mi espada con la intención de parar la embestida, dos surcos se empiezan a formar bajo mis pies. Detengo varios ataques con su espada, a la cintura, abajo, arriba… esta última iba dirigido a mi cuello y casi no consigo pararla, nuestras miradas se cruzan dejándome ver el potente odio que emana de sus ojos, mientras los pequeños empujones metálicos se suceden con la única intención de medir las fuerzas que aún nos pueda quedar. Se retira.

No puedo evitar clavar las rodillas en la tierra mojada, la espada empieza a pesarme y la respiración se hace más profunda. Vuelvo a alzar la mirada, pero esta vez no puedo ocultar la decepción y la derrota reflejada en mi rostro. Ahí viene otra vez.

No me quedan fuerzas, lo único que puedo hacer es quedarme inmóvil viendo cómo cuatro de los pecados capitales que invaden el corazón de mi hermano desde tiempos ancestrales guían su espada para concluir lo que empezó hace milenios. Sus ojos no dejan lugar a dudas, el inmenso odio provocado por la cruel combinación de avaricia, ira, envidia y la poderosa soberbia ha corrompido su ser y eliminado todo rasgo de la bondad y condescendencia que antes procesaba. Se acerca con rapidez mientras su espada describe un semicírculo que concluye justo encima de su hombro derecho y que convierte el golpe en mortal, puesto que la empuña con sus dos manos. La ira invade con tanta fuerza su corazón que la única vía de escape que encuentra es el espeluznante alarido que sale por su boca, no me queda otra que cerrar los ojos y abrazar mi final, estoy vencido, he fallado. Una serie de enormes relámpagos ilumina la escena mientras el crepitar del cielo pone un ensordecedor sonido a esta tragedia.

Algo ha pasado, el golpe no se ha asestado, aún sigo vivo. Con temor y curiosidad abro los ojos sin poder contener mi asombro al ver el tenue reflejo rojo que envuelve la hoja de la enorme espada que se encuentra a escasos centímetros de mi rostro y que ha detenido la fulminante envestida. Por puro reflejo dirijo la mirada hacia aquel que empuña tan siniestra pero providencial arma. Reconozco esa armadura, pero… ¡no puede ser! Mi asombro va en aumento y mi corazón vuelve a latir con fuerza, las energías parecen regresar a mi cuerpo con cada bocanada de aire mientras mi mente intenta asimilar lo que está ocurriendo: aquel que me ha salvado, aquel que ha impedido mi inevitable destino y por consiguiente el fin del mundo tal y como lo conocemos es precisamente aquel que lleva casi toda su existencia intentando conseguirlo. Mis ojos cambian de objetivo clavándose en la personificación de la frustración mientras su temor crece al contemplar que Luzbel ha detenido su brutal golpe con una mano y casi sin esfuerzo aparente. Con energía y aplomo consigo erguirme y plantar cara mientras una pequeña sonrisa maliciosa se dibuja en mi rostro. Una nueva esperanza vuelve a invadir mi corazón al contemplar una escena que ya no creía volver a ver nunca: mi caído hermano vuelve a luchar del lado de la bondad y la justicia, idea refrescante pero que no me tranquiliza del todo ya que deja varias cuestiones sin responder, ¿por qué ese cambio de actitud en Luzbel? y ¿quién de mis hermanos es el portador de tan imparable furia?

La lluvia cae con furia mientras mis dos hermanos intentan demostrarse quién es el más fuerte, me he convertido en un mero espectador. El sonido del tintineo de las gotas de agua se repite interminablemente al golpear sobre mi yelmo acompañando de una forman tenebrosa cada golpe y parada que se asestan el uno al otro. El combate está igualado. El agua proveniente del cielo cae sobre mi rostro refrescando mi piel y no permitiéndome olvidar cada una de las heridas infringidas por la hoja empuñada por la cólera que invade a mi hermano. La batalla se vuelve más cruel y la demostración de fuerzas va en aumento. Quiero intervenir, debo intervenir, pero para ello tengo que recuperarme del todo, debo asestar un golpe tan fuerte y certero que consiga acabar con esta debacle, de lo contrario lo único que haré es destruir mi propia existencia. Un alarido de dolor envuelto en cólera resurge del tremendo golpe asestado por Luzbel que hace que su contrincante caiga como plomo al suelo. Desde mi posición puedo ver cómo su yelmo ha dejado de formar parte de su protectora armadura y con un par de sonoros botes termina cayendo al pequeño río que se ha formado debido a la incansable lluvia. Luzbel se acerca al caído con aires de triunfo, lo hace despacio a sabiendas de que no podrá levantarse después de semejante embestida. Se detiene, inclina la cabeza intentando dar sentido a lo que está viendo, su abatido rival consigue ponerse en pie. Su espada muestra el gran esfuerzo que está haciendo por mantenerse en una posición digna para el combate, ya no tiene el yelmo lo cual permite que su melena rubia caiga sobre los brillantes hombros de la armadura, está mojada. Le reconozco, es Uriel. Luzbel retrocede un par de pasos, como si intentara huir de él, levanta su espada a modo de protección. Uriel, envuelto en un tremendo alarido despliega la enorme envergadura de sus dos blancas e impolutas alas, y con un golpe de ellas consigue tomar la suficiente altura para utilizar la fuerza de la gravedad como aliada y asestar el golpe de gracia. Llevado por un acto reflejo y por el tremendo amor que siento hacia la vida, me interpongo entre él y su víctima consiguiendo detener el golpe con mis últimas fuerzas. Uriel, sorprendido, alza la vista para contemplar con asombro y temor como la lluvia deja de caer sobre nosotros eclipsada con las enormes e imponentes alas negras de Luzbel, sus ojos, rojo fuego, no dejan lugar a dudas, el golpe es mortal. Uriel ha caído. La lluvia ha cesado. Luzbel, erguido, clava su mirada en mí, ahora entiendo sus actos.

Venganza, todo se reduce a eso. Antaño yo le vencí, fue expulsado del reino y exiliado a un mundo de tinieblas. Ahora ha vuelto para vengarse de aquel que le relegó a tan desolador destino. Por un instante pensé que había cambiado y buscaba el perdón de nuestro Padre, nada más lejos de la realidad. Sus pies se hunden en el fango con cada paso que le acerca a mí. Sus ojos rojos cobran fuerza, y de su espada emana un leve resplandor rojo que me dice sus intenciones: va a atacarme y no tengo fuerzas para responder, acabará conmigo, cumplirá su tan ansiada venganza. Desde mi posición, de rodillas y sentado sobre mis pies, Luzbel se muestra implacable, su rostro no muestra emoción alguna, se queda ahí, de pié, mirándome. El panorama es desalentador, todos mis hermanos yacen a mí alrededor sobre el frío y húmedo fango, derrotados, vencidos, y yo, Miguel, seré el próximo en caer. El tiempo parece ralentizarse mientras Luzbel alza la enorme hoja sobre su cabeza preparando el golpe que acabará conmigo. Alzo la vista y le miro directamente a los ojos intentando encontrar un atisbo del ser que era, intentando encontrar al hermano que un día fue. Vuelve a llover. Con un impresionante alarido descarga toda su fuerza que conduce su espada hacia el cumplimiento de mi inevitable destino, bajo la cabeza y cierro los ojos esperando el fin. Un fuerte sonido hace que desvíe mi atención, ¿¡ha fallado!? Sigo la hoja de la espada incrustada en la tierra hasta cruzar mis ojos con los suyos, su furia va en aumento a la par que el brillo de sus ojos. Sólo dos palabras a modo de pregunta salieron de su garganta.

–¿¡Dónde está!? –en respuesta a mi expresión de desconcierto concretó un poco más.

–¿Dónde está tu fuerza, tu seguridad? –hizo una pequeña pausa– ¿Dónde está el poder que consiguió derrotarme hace siglos? ¡Tanto vivir entre humanos te ha hecho débil!

Mis ojos, que no pudieron ocultar la sorpresa producida por sus palabras, observaron cómo Luzbel retrocedía, sus ojos dejaron de brillar volviendo a su estado natural, envainó su espada mientras pronunciaba unas palabras olvidadas y que tomaron de nuevo fuerza en mi corazón:

–¡Quién como yo!

El sarcasmo era evidente con cada sílaba que salía de su boca. Con un único y potente golpe de sus alas se elevó por encima de las bajas nubes, desapareció. Derrotado me dejé caer hacia atrás, a pesar de la armadura mi espalda notó la frialdad del suelo, la lluvia cae ahora leve. Volverá, y tendré que estar preparado para enfrentarme a él. Debo resucitar a mis hermanos, incluido Uriel, debemos estar unidos para derrotarle definitivamente.

Autor: Antonio Asencio Parralo

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: www.edicionesalfeizar.com

foto_AntonioAsencioParralo

Anuncios
Redención

3 comentarios en “Redención

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s