Pensamientos

Pensamientos

    Anna se encontraba temblando bajo la lluvia inclemente en esa noche fría y terrible, recostada sobre la pared del infinito muro. La luna llena alumbraba su camino de barro y de agua que sobre sus hombros corrían como ríos de hormigas que venían de sus cabellos, las hojas y ramas del árbol desde donde luego de estar escondida por muchas horas, huyendo de su pasado, de su miserable vida, de su miserable destino, tuvo que rodearse para ocultar su decisiva fuga. Y pensaba en su destino, ese del que nunca estuvo segura y del que esa noche decidió escapar.

   El muro era muy alto y Anna no sabía cómo traspasar. A lo lejos se escuchaban fuertes los gritos desesperados del ogro dueño de su destino, quien con un lamento que se escuchaba en la comarca, dejaba escuchar el dolor que sentía por la perdida de la mujer. Anna por un momento olvidó su pasado, su pasado de trabajos, de satisfacciones físicas y pesadas que tenía que dar al ogro, ese que un día se la llevó, que la compró por unas monedas de plata como judas, ese por el que fue obligada a amar aún en la plenitud de su niñez. Pero Anna ya no era una niña, ya en su cuerpo las marcas de un amor efímero, imposible, soñado, dejaban entrever su cuerpo voluptuoso y con líneas finas. Tenía la boca más hermosa del mundo, la más hermosa, y en sus ojos dos estrellas vivían prisioneras, así como ella lo es, así como tal vez dejaría de serlo.

    Los gritos del ogro cada vez estaban más cerca, cada vez los sentía en sus oídos, por lo que Anna prefirió continuar su camino aún con los pies heridos de tanta espina encontrada, de tanta piedra atormentando su paso, de tanto pasado que la ataba. Ana no tendría tal vez otra oportunidad de salir sola a buscar fresas para su amo. Esta vez,  tal vez y hasta su muerte estaría encadenada, a una vida sin destinos, a ser el sueño perverso de un ogro cruel.

    Anna recostó su cuerpo en la pared de esos muros y quedó en silencio. La lluvia ahora muy suave caía como rocío en su rostro y las estrellas casi salían de sus ojos. Respiró hondo y quedó en silencio. Sintió a su lado el terror. Sintió que el ogro estaría respirando en su mejilla. Como lo hacía siempre, como lo hacía en las noches. Cerró los ojos y trató de no pensar. Se quedó quieta, esperando, respirando lento. Solo un golpe, el que la llevaría de regreso a ese horrible lugar. Del que no habría mas escape.

   Anna no tuvo tiempo de pensar, de sentir o de despertar. En su letargo no sintió cómo fue tomada por la cintura y empujada a través de los pesados muros cómo un mago en un acto de ilusión traspasando las paredes. No tuvo oportunidad de ver la entrada falsa entre esos muros, que cubierta de espesas hojas sobre madreselvas y enredaderas, daba a una puerta vegetal al interior de esas paredes. Nadie lo sabía, nadie se atrevía a pasar por ese camino tan extraño, tan lleno de fabulas y cuentos fantásticos, de hadas, duendes y demonios. Pero Anna esa noche no recordó esas historias. Solo quería escapar.

     El monje dudó por un momento sobre lo que había tomado con sus pesadas manos, no era el cerdo escapado en la mañana el que en un solo y maquinado golpe traería de nuevo dentro del monasterio. No pudo dibujar con sus manos que se trataba de una mujer y menos pudo adivinar que se trataba de ella, de la misma que una tarde cautivó sus ojos, la misma que lo hizo encerrarse por semanas en su claustro, pagando la pena de pensamientos lujuriosos, esa fuerza diabólica y maligna que condena a los hombres a la peor de las torturas, la misma que se metió en su alma esta tarde cuando fue a casa del ogro a contratar sus servicios para mover unas pesadas piedras del muro del Monasterio de San Ludovico. Tal vez no sabía que sin querer ayudó a escapar a Anna de las manos de un destino incierto. Leandro no sabía que esa noche conocería también su destino.

   Anna de nuevo volvía al piso, al piso mojado y lleno de hojas secas bañadas en barro. De nuevo su rostro se manchaba, y las estrellas se apagaban. Anna no quería abrir los ojos; el pesado cuerpo sobre ella la enmudecía y la llenaba de terror. Cuántas veces sería ahora castigada, cuántas veces el ogro terrible golpearía su cuerpo con ese cuero irrompible de las pieles de las cabras. Y cuántas veces, de nuevo, con ese pesado cuerpo encima tendría que dejarse besar horas y horas. Y su mente se desvaneció entre el frío y sus ideas. No escuchaba, no quería escuchar.

   -¡Así que tenemos un ladrón por acá! ¡Un ladrón que no tiene miedo de las historias de los demonios que habitan este camino! Pues te he atrapado y desde ahora estarás condenado. A menos que decidas correr y escapar de mi furia y de mi venganza. ¡Vamos, vete, mira que aún no es la hora de comerme a mis víctimas!

   Leandro hizo alarde de su cuerpo enorme para decir esto a los oídos de Anna, prisionera debajo de él. Pero no hubo un solo gemido, no hubo siquiera un suspiro. Leandro pensó que ese cuerpo podría estar muerto y eso le hizo voltearle sin dejar de apretarle. No hubo tiempo que contar. Leandro no sabía que el tiempo se había detenido para él, que el tiempo era su amigo. Una a una las gotas de lluvia como gotas de rosas lanzadas al viento dejaban al descubierto el rostro de Anna. Una a una. Como suplicantes del hambre de la belleza. Una a una. La mejilla, los ojos cerrados, la boca de ángel. La frente… Leandro se culpó a sí mismo por tentar su suerte. Se llenó de terror al ver de nuevo la culpa que un día lo miró con ojos de miseria y de suplica. Leandro volvía a ver el rostro de esa mujer que un día lo hizo olvidar el mundo, que un día lo hizo olvidar su alma. Pensó que se trataba de un sueño, de una horrible pesadilla, y hasta vino a su mente la idea del demonio riéndose de él. Tal vez por contar historias, o tal vez por nombrarle.

   -¿Estará muerta? Sí, tiene que estarlo, porque si ella no lo está, yo mismo pudiera morir acá, ahora.…. ¡El demonio es más cruel de lo que pensaba!

   Anna no sintió un aliento agrio en su mejilla, tampoco sintió la respiración cansada del viejo ogro en su pecho. Solo el peso de él sobre ella. Solo sintió las gotas de lluvia en su rostro, una a una. Y la fuerza de una mirada que desnudaba su mente a la noche extraña. Tenía frío, pero éste ya no la quemaba.. Había una extraña paz, y el frío aire solo acariciaba su rostro invitándola a dormir, .a reposar, no le importaba ya el pesado cuerpo del ogro sobre ella, esta vez no era tan pesado como siempre, mas bien, tenía cierto calor extraño que no quería comprender y decidió, antes de despertar de ese insólito momento, respirar de nuevo. No quería olvidar el olor a rosas, a clemencia, nunca emanado en el cuerpo de un ogro, sobre todo de ese ogro. Pero era el momento, porque la eternidad es la tortura y la maldición que todos tenemos por sufrir, y ella, no podía escapar a la eternidad, ¿quién era ella para poder escapar? Se resignó a su destino y rodaron lágrimas. Y comenzó a abrir sus ojos lentamente, despacio. !Y miró al ogro! Encima de ella. Tan acostumbrada a su cuerpo que casi ni lo sentía. Era el ogro y ahora tenía el rostro de un ángel, perverso ángel verdugo, y hasta se parecía al rostro de ese monje que esa tarde pasó por su establo, ese que le hizo olvidar un par de segundos toda su desdicha, ese que hizo que temblaran sus manos y sus pechos, ese que se bebió su espíritu en la tarde cuando la miró. Ella sabía que era el ogro, que ese juego perverso de su imaginación le había cambiado el rostro a su amo, y aunque parecía despertar en el cielo, en cualquier momento cambiaria su rostro de nuevo para ser el del diablo. Aún así, Anna sonrío, y en su boca se dibujó el firmamento…..que horrible ogro, que hermoso ogro…nunca le había mirado de esa manera.

   Leandro murió como lo había predicho. Su alma fue elevada al cielo bañada en gloria y devuelta a su cuerpo. Leandro no podía moverse. Había sucumbido al embrujo de una bruja más poderosa que la misma hechicera del bosque. Estaba paralizado. Temblaba, y una gota de sus ojos se unió a las del cielo en su rostro. Y se fue acercando a esa boca. A ese vacío intemporal, evidente, a esa hermosa invitación a la muerte mas cercana, a su destino. Y se dejó llevar, y se dejó encantar, y ya preso, sin un solo gramo de culpa por traicionar a su alma, entendió que el demonio era su redención. ¿Cómo se puede llamar a un ser que te hace olvidar por un momento que existes? ¿Que te enmudece? ¿Que te hace sordo?, y Leandro, en ese momento, desencarnado, sin voluntad, sin poder decidir, sin poder entender, se dejó llevar. Sabría que dentro de pocos momentos la muerte vendría por él, solo tenía que besar, y besó.

    El cielo amenzaba ese insulto con una tormenta. Y el agua furiosa se derramó sobre Anna y Leandro, unidos sin saber, sin entender, y no podían con esa fuerza, algo los unía, algo que salía de los ojos , algo los hacía olvidar el pretexto de la vida, y la fuerza que los unía también los destruía. Anna se sintió culpable, tal vez por no adivinar que bajo la fuerza del ogro que la atormentó por muchos años se encerraba el alma hermosa de un ser que la poseía sin tormentos, que la hacía volar por los aires. Leandro nunca pudo sospechar que el demonio encerraba el poder del dominio total y esa noche, haciendo de su mente la trampa mas infame, lo encerraba en su mundo y dominio, y su cuerpo sucumbía a su pasión. Tomaba más el cuerpo de Anna para si como su propio cuerpo, para que no escapara, para que no se desvaneciera en el aire como pensaba. Y las hojas hablaban con cada gota que caía y susurraban a la luna que iluminara sus cuerpos, para decirle al mundo que ahí estaban, para delatar la pasión de la entrega. Para vengarse de ellos. Y la fuerza del trueno no era escuchada, no había escape. Leandro besó cada parte de ese demonio, se entregó por completo, ya en pocos momentos el infierno vendría por él, pero antes debía terminar su muerte, para atormentarlo en su memoria por siempre, por los siglos de los siglos. Tal vez el demonio no era tan malvado, porque le hizo vivir la eternidad del amor. Ahora estaba completa la intención del destino. Y él solo seria de nuevo otro mortal en el infierno. Anna ya no estaba cansada, ya no tenía frío, y el agua del bosque y sus piernas desnudas recibieron con placer la fuerza del ogro engañado. Sabía que su muerte estaba cerca. El aliento del ogro ya no era ácido. Su boca lo comprobaba una y otra vez. ¿Qué encerraba ese secreto, por qué nunca lo supo? Aturdida, sin sentido, dejó que su cuerpo se entregaba a espasmos como la fiebre, y su vientre sacudía la maravillosa muerte que estaba sintiendo. Y una y otra y otra vez hasta que vino el silencio y se dejó llevar, silenciosa, calmada, vacía.

   Extraño, muy extraño, pero a lo lejos escuchaba el grito furioso de un ogro, tal vez enfurecido por perder a su esclava….no era ella, porque su amo la había encontrado…no era ella… ¡No podía ser!

    Leandro despertó aun con el sabor del demonio en su boca. No era repugnante como sabía que lo era, no era como el amargo de la cicuta como decían los libros. Pero sabía que era el sabor del demonio, porque aun estaba el fuego en él. En su aliento.

   Hacia frío, y la tormenta había pasado. Tal vez al amanecer la muerte por fin vendría por él. Pero faltaba mucho para el amanecer. ¿Por qué esperar?

   Anna también se entregó a la súplica de la espera. Y no le importaba que el ogro al despertar la tomara como un conejo en sus brazos y la llevara de nuevo al establo. Solo vio a su lado su cuerpo desnudo, nunca lo había visto, nunca lo había sentido. !Así, tan vulnerable, tan fácil de ser atacado!

    Leandro levantó su cara del sueño húmedo que tenía la tierra. Y miró a su lado. Y vio las ventanas del monasterio, todas iluminadas por luces de velas que ocultaban el rostro de las manos que las asían. Y una puerta se abrió. La puerta principal del monasterio. La que nunca en su vida había visto abrir. La que según la leyenda era la puerta al cielo o el infierno. El tenía la seguridad de lo que le esperaba. Y decidió terminar con su destino. En el fondo oscuridad y la evidente invitación de entrar. Tomó a Anna en sus brazos y lentamente se fue a la puerta. A cada paso que daba cobraba mas fuerza, y su mente se iluminó. Tenía en sus brazos al demonio mismo y él lo llevaría de vuelta a su lugar. Caminó sereno, seguro, en paz, desnudo al igual que ella. Poco a poco caminó y caminó…. Y entró.

   Una a una las velas que se asomaban tímidas en las ventanas del monasterio se fueron apagando, una a una. Y la puerta, la del monasterio, la que nunca se abría, lentamente se cerró.

Autor: Jacobo Vinci.

Nacionalidad: Venezolana.

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Jacobo

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