Los Reyes Magos

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-Melchor, Gaspar y Baltasar van a venir -dijo mamá y corrimos a buscar nuestro zapato para colocarlo en la ventana del rancho.

   Ese año me había portado más que bien y creía merecer la visita de los Reyes Magos.

   Mi alpargata estaba algo rota en el lateral derecho y quise remendarla pero solo hallé hilo blanco y una oxidada aguja. Finalmente pensé que no se notaría mucho en el azul desteñido por el uso y el lavado.

  -Reyes, tráiganme una pelota redonda y blanca porque la armada con arpillera está sucia y deformada y el Jacinto no quiere jugar conmigo. Prefiere la de Ramón que le ha regalado el padrino el mes pasado. Yo no tengo padrino y mi papá se fue a trabajar hace mucho tiempo a Buenos Aires y no volvió. Mamá lloró un tiempo y luego se fue a trabajar en lo del viejo Tomás y desde entonces las cosas mejoraron para mí y mi hermanita.

   Las últimas palabras de la extensa carta que escribí salieron feas porque me puse nervioso y lloré un ratito. Mamá siempre dijo que debemos ser fuertes por ello pasé el dorso de la mano sobre mis ojos y traté de colocar el calzado en la ventana que por cierto no tenía marco y por lo tanto sería difícil que la  alpargata quedase como debería para albergar el tan ansiado balón.

   Traspiré mucho. Ese verano el sol se hacía sentir más que nunca en la colonia. Finalmente  até con un alambre,  hice un ganchito y colgué en uno de los orificios que tenía la ventana de lata mis alpargatas azules. Miré mi obra de arte y satisfecho esperé y esperé. Cada tanto mis ojos recorrían como un centinela la zona para comprobar alguna presencia extraña pero nada ocurrió.

   Todos los días nos acostábamos a las ocho de la noche porque había que madrugar al día siguiente. Mamá partía rumbo al trabajo a las seis, no sin antes recomendarme las tareas de la casa y el cuidado de Rosa, y regresaba al atardecer molida de la cabeza a los pies. Me daba pena pero qué podía hacer yo con mis ocho años apenas cumplidos que no sea lavar, limpiar y cuidar de mi hermanita para alivianarle un poco. Mamá era hermosa y cuando se ponía el vestido rojo parecía una princesa de los cuentos de hada, mi princesa. Me prometí a mí mismo cuidarla y protegerla cuando sea grande.

   Ni bien puse mi cabeza sobre la raída almohada me quedé completamente dormido por el cansancio y la emoción de la espera.

   Cuando desperté,  corrí a la ventana y a pesar de que no era blanca ni de cuero,  amé con el alma a mi primera pelota de plástico amarilla.

Autora: Alicia Farina

Nacionalidad: Argentina

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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