La pequeña Silesia

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—Hola —dijo Anke a la niña que salía de su casa.

—Hola. ¿Quién eres tú? —respondió ella.

— ¿Qué has dicho? No entiendo nada ¿Quién eres? Ésta es mi casa —dijo Anke.

—No entiendo nada de lo que dices, lo siento, adiós. Tengo que ir a la escuela —respondió Marysia y salió corriendo.

Anke se quedó paralizada. Una niña que no había visto nunca acababa de salir de su casa y, además, hablaba un extraño idioma del que no había conseguido entender nada.

Tras unos minutos pensó en entrar, pero antes decidió mirar por la ventana de cristales de la cocina que daba a un pequeño callejón.

Había una mujer que no conocía recogiendo la mesa tras la comida. ¿Qué estaba pasando? Se preguntó mientras veía cómo un hombre con barba se acercaba hasta ella para despedirse.

Anke decidió volver a la otra calle para ver al hombre salir. Era muy alto con el pelo negro y rizado. Al instante apareció un camión militar con una estrella roja en la puerta. El hombre subió al vehículo y desaparecieron calle abajo.

Anke quedó bastante asustada. Aquel hombre no era su padre ni la mujer de la cocina, su madre. Entonces decidió acercarse hasta la casa de su amiga Frieda. Estaba a una manzana de la suya.

Cuando llegó llamó al timbre. Al poco una mujer abrió la puerta.

—Hola niña, ¿qué quieres?

Al escuchar estas palabras, Anke se quedó más paralizada todavía. Aquella mujer no era la madre de Frieda, además no entendía nada de lo que decía, así que se dio media vuelta y salió corriendo sin decir palabra. Tenía que volver con su abuelo.

Impresionada y sollozando, hizo el camino de vuelta al bosque donde había estado viviendo el último año, pues cuando empezaron a pasar aviones y las bombas caían en los pueblos cercanos, su abuelo Fillips la cogió y se la llevó a la cabaña que tenía perdida entre los árboles, a unos kilómetros del pueblo. Allí nadie daría con ellos.

Pero ya había pasado más de un año y nada sabía sobre la guerra. Su abuelo no la dejaba salir de los alrededores. Pero un día ella decidió dar largas caminatas intentando acercarse al pueblo. Para poder volver marcaba el camino con piedras y regresaba al día siguiente. Pasadas dos semanas, consiguió llegar hasta las primeras casas de las afueras, pero ahora volvía asustada y compungida por lo que acababa de ver.

Cuando se encontró en el pequeño páramo en el que se situaba la cabaña, fue directamente hacia su abuelo que estaba sentado junto a la chimenea.

Al verlo se abrazó a él llorando.

—¿Qué te pasa, pequeña? Te has encontrado con algún alce o un rebeco y te has asustado. Vamos, no hacen nada. Es lo que llevamos comiendo desde que estamos aquí.

—No es eso… —respondió conteniendo el llanto— He estado en el pueblo.

—¿En el pueblo? ¡Te dije que no salieras del bosque! ¿Te ha visto alguien?

—Sí… he estado en casa…

—¡Dios mío!

—No hay nadie del pueblo. Ni los padres de Frieda. En mi casa vive otra niña y otros padres, y no se entiende lo que hablan, ¿qué está pasando? Dijiste que mamá y papá volverían un día de Berlín. No entiendo nada.

—No debías haber ido al pueblo. Te lo dije, ¿verdad? —dijo el abuelo mirándola fijamente a los ojos, sintiendo que no tenía más remedio que contarle la verdad—. Ya tienes diez años… —continuó— debes saberlo.

—¿Qué debo saber?

—La guerra ha terminado.

—Eso es bueno, ¿no?

—Por una parte sí, ya no nos gobiernan los nazis y Hitler espero que haya muerto. Pero por otra parte no, porque ahora son los rusos los que mandan. El pueblo, el bosque, todo lo que ves… ya no es Alemania, ahora todo pertenece a Polonia. Todo el pueblo fue deportado por el ejército rojo. No queda nadie. Ahora sólo hay polacos traídos por ellos. Por eso no los entiendes, hablan polaco.

—¿Y mis padres?

—Tu padre murió en Leningrado, lo siento mucho —dijo abrazándola—. No te lo dije antes para que no sufrieras, de tu madre no sé nada. Hace seis meses fui al pueblo. Sólo quedaban unos pocos alemanes, me dijeron que los rusos se los llevaron en camiones deportados o a un campo de concentración. Estamos solos y en otro país, aunque sea nuestra tierra. Si nos coge el ejército rojo acabaremos en un campo de concentración también.

Anke quedó impresionada, pero las palabras de su abuelo quedaron grabadas en su mente.

Pasó varios días sin hablar, escuchando una y otra vez, como si dispusiera de una grabadora interna, lo que le había dicho su abuelo. Intentaba asimilarlo pero, aun así, no podía comprenderlo.

A la semana siguiente volvió de nuevo al pueblo. En dos o tres horas llegó hasta la puerta de su casa. Era mediodía y esperaba ver a la niña con la que había estado antes. Miró por la ventana de la cocina. La madre preparaba la mesa y la niña le ayudaba. Acababa de llegar del colegio. De pronto sus miradas se cruzaron, Anke se agachó pero Marysia salió a su encuentro.

—Hola. ¿Quieres comer? —le dijo pensando que tendría hambre, pero Anke no entendió sus palabras.

—Lo siento, no te entiendo… pero esta era mi casa —le dijo señalando la puerta. Después señaló la casa y se señaló ella varias veces seguidas, entonces Marysia comprendió lo que le estaba diciendo. La cogió de la mano y, con mucho mimo, la metió dentro.

En la entrada estaba el mismo espejo en el que Anke se miraba todas las mañana antes de salir. La cocina tenía los mismos muebles, sólo la mesa y las sillas eran diferentes. La madre al verla entrar le preguntó a su hija quién era.

—No lo sé… No entiendo lo que dice, pero ya ha venido dos veces y… mira por la ventana.

— ¿Tienes hambre? Puede que lleve tiempo sin comer —dijo ofreciéndole unos pierogi de col que acababa de hacer.

—No sé… pero creo que ésta era su casa.

—¿Qué? ¿Es una alemana? Sácala ahora mismo de aquí. Si los rusos se enteran de que tenemos a una alemana, nos fusilarán a todos. ¡Que se vaya ahora mismo!

—Pero mamá… es una niña, ¿qué puede hacerle a los rusos? No es Hitler.

—¡Que se vaya!

—¿Y si esta era su casa? ¿La echamos de su casa? Pobrecita…

En plena discusión llegó el padre del trabajo. Saludó a su mujer y a su hija y al ver a la niña, preguntó quién era. Las dos quedaron en silencio.

—Marysia, ¿es una amiga tuya del colegio? —Al ver que no respondían, continuó—. No importa si se queda a comer. No estamos tan mal, podemos poner otro plato a la mesa. ¿Quieres quedarte a comer?

—No sé lo que me están diciendo, pero tengo mucho miedo —dijo Anke.

—¿Qué está pasando? —dijo el padre—. Eso es alemán. Aprendí algo durante la ocupación. Ha dicho que tiene miedo. No temas, no vamos a hacerte daño— le dijo en su idioma.

Anke, al escuchar esas palabras, salió corriendo y no se detuvo hasta llegar al bosque.

Pasó varios días sin moverse de los alrededores de la cabaña, pero una mañana que había salido a recoger bayas escuchó sonidos que no había escuchado nunca desde que estaban allí. Parecía el motor de un vehículo. Después escuchó voces también lejanas. Se asustó mucho y recordó las palabras de su abuelo: «si nos cogen los rusos nos deportarán o algo peor». Entonces decidió alcanzar el árbol al que solía subirse de cuando en cuando para aislarse de todo y recordar cuando vivía con sus padres y todo era normal.

Fue moviéndose con cuidado de no ser vista hasta que llegó junto a un enorme abeto rojo de más de treinta metros de alto. Allí se sentía segura. Subió hasta el lugar en el que la confluencia de varias ramas le permitía quedarse cómodamente sentada. Desde allí podía ver a bastante distancia, incluso atisbaba la cabaña a lo lejos.

Cuando se hubo acomodado, miró hacia donde se escuchaban los ruidos. Varios soldados rusos estaban rastreando los alrededores de la cabaña. Al poco se llevaban a su abuelo con las manos atadas a la espalda.

Después vio cómo uno de ellos prendía fuego a la que había sido su casa. El humo ascendía por entre los árboles. Rápidamente quedó reducida a cenizas. Tras esto dos soldados echaron tierra encima con sus palas y el lugar en el que había pasado los últimos meses desapareció. Le dio un enorme escalofrío. Ahora estaba sola y sin hogar. Pensó en su casa, en la niña que le hablaba en polaco. Recordó su habitación donde jugaba con la pequeña casita de muñecas que le trajo su padre de Berlín. Entonces comenzó a llorar y toda la cara se le llenó de lágrimas. De nuevo el silencio del bosque, el sonido de las ramas, el gorjeo de los pájaros.

Cuando vio que los soldados se habían ido, corrió hacía el lugar donde estaba la cabaña. Todo estaba quemado y destruido. Sin saber qué hacer, se quedó mirando el montón de madera quemada y ceniza gris que habían dejado los rusos.

Apenas eran las diez de la mañana y el frío le llegaba hasta los huesos. Se había dejado su viejo abrigo verde sobre la cama y ahora era un montón más de ceniza sobre el suelo del bosque. Tenía que volver al pueblo o esa noche moriría de frío.

Recordó que la niña polaca llegaba del colegio a la hora de comer, así que pensó en dirigirse con cuidado hacia el pueblo y esperar su llegada.

Cuando llegó fue directa al callejón donde daba la ventana de la cocina. Se asomó con cuidado, pero no vio a nadie. Esperó y miró de nuevo. Al poco, un vehículo paró ante la puerta. Era el pequeño camión que traía a los trabajadores del cuartel que estaban construyendo los rusos. El padre de Marysia bajó y entró en la casa.

Anke vio por la ventana cómo entraba en la cocina y saludaba a la mujer. Entonces fue cuando la vio a ella y se acercó a la ventana. Con la mano le dijo que diera la vuelta y entrara en la casa, pero ella no se movió. Sin embargo, pronto el padre apareció por la acera y se acercó hasta ella.

—Ven. Entra en la casa. Tienes que comer algo —le dijo en alemán.

Anke lo siguió hasta la entrada.

Marysia bajaba en ese momento de su habitación en el piso de arriba.

—Hola. Qué alegría verte otra vez —le dijo sin que Anke entendiera nada.

Al escucharlos hablar, la madre también se acercó desde la cocina.

—Esta niña necesita ayuda —les dijo en polaco—. Esta mañana ha llegado una patrulla con un detenido. Era un hombre mayor, muerto de miedo. Lo he visto bajar del camión. Se lo han llevado al campo de concentración de Auschwitz donde están reuniendo a todos los alemanes. He oído que saben que una niña alemana vivía con él en el bosque. Han encontrado sus ropas en una cabaña. Creo que es ella —dijo señalando a Anke—. Si la encuentran, acabará también allí. Ahora la están buscando. Tienen orden de detener a todo alemán que quede por aquí.

—Al final nos fusilarán a todos —dijo la madre.

—¡Mamá! Esta era su casa.

—Tenemos que hacer algo rápido, los rusos están registrándolo todo. —dijo el padre—. Acabo de ver varios camiones de soldados unas calles más arriba. No tardarán en llegar aquí. El pueblo es muy pequeño.

—Está bien —dijo la madre—. Marysia, subid arriba, que se quite esas ropas, que se lave un poco y que se vista con ropa tuya, sois de la misma edad. Y bajad a comer. ¡Rápido!

Marysia la cogió de la mano y la llevó a su habitación. Por señas le dijo todo lo que tenía que hacer. En pocos minutos los cuatro se encontraban en la cocina tomando el delicioso Zurek que la madre había preparado dentro de unas hogazas de pan que esa misma mañana había cocido en el horno de leña del patio.

Cuando estaban terminando, escucharon ruido de camiones acercarse.

El padre cogió a Marysia y le dio instrucciones precisas. Después le explicó a Anke, en el poco alemán que sabía, lo que tenía que hacer cuando el soldado ruso entrara en la habitación.

Las dos niñas se subieron al dormitorio y los padres comenzaron a quitar la mesa como cualquier otro día.

Pasados unos minutos, alguien comenzó a dar golpes en la puerta. El padre dejó lo que estaba haciendo y fue a abrir.

—Se presenta el soldado Varskov del ejército rojo. Estamos buscando a una niña alemana. De unos diez o doce años.

—¿Una niña alemana? ¿No los habían deportado a todos?

—Sí, pero todavía queda esa niña. ¿La han visto?

—No.

—De todos modos tengo orden de revisar la casa —dijo pasando sin más.

Miró en la cocina, saludó a la madre y continuó por toda la planta baja. Después preguntó por el piso de arriba.

—Son los dormitorios. Mis hijas están en su habitación.

El soldado subió hasta el dormitorio, abrió la puerta y entró.

El suelo de la habitación estaba lleno de libros, cuadernos, unos pocos juguetes y ropas. Ambas estaban sentadas en el suelo, tirándose cosas y riendo sin parar. Marysia cogía ropas y se las lanzaba a Anke que se las devolvía haciendo tales gestos con la cara que Marysia se reía a carcajadas.

Cuando entró el soldado, Anke le tiró una muñeca, entonces Marysia se levantó y lo cogió de la mano.

—¿Quieres jugar con nosotras? Vale. Tú eres el príncipe Paluszki y nosotras éramos las princesas que estábamos esperando a que llegara el hada Gorek, que traía… ¡pescado para comer!

—Lo siento, niñas, pero estoy muy ocupado —dijo el soldado dando media vuelta y saliendo de la habitación.

Abajo esperaba el padre en la entrada.

—Qué revoltosas son sus hijas, je, je. Querían que jugara con ellas. Bueno, adiós. Tengo que seguir buscando —dijo mientras abandonaba la casa.

El padre cerró la puerta y subió al dormitorio.

—Lo habéis hecho muy bien. Ha salido corriendo. —dijo al entrar.

—Papá, se va a quedar con nosotros ¿verdad? ¿No dejarás que se la lleven a ese campo de concentración, no?

—Claro que no. A partir de ahora tienes una hermana. Una hermana muda. No puede hablar en alemán, ¿comprendes?

—Claro, pero díselo a ella.

El padre las llevó abajo al salón y estuvo un rato hablando con la madre en la cocina. Después las llamaron a las dos.

—A partir de ahora sois hermanas —dijo en alemán—. Te llamarás Annya, Annya Golaszewska, como nosotros, que no se te olvide. Y eres muda, porque nadie puede escucharte hablar.

—Gracias, gracias por ayudarme.

—No tienes que agradecer nada. Estás en tu casa, pero ahora tienes otros padres… y una preciosa hermana —dijo abrazando a las dos.

Autor: Pablo Guillamón

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Pablo Guillamon

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