Mi valle entre acantilados

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Eran grises y nublados días alumbrados con mariposas de aceite. Llegaba el tiempo de las primeras lanas, de almendras, chirimoyas y membrillo. Tiempo de estrenar alguna ropa de invierno y acababa de darme una confortable ducha en nuestro viejo hotel. Sin saber cómo, me vi eligiendo la misma habitación de años atrás, esa misma con sábanas de algodón egipcio, de techo abuhardillado y de sugerentes vistas a la ciudad antigua.

Cogí un calcetín de cada color, uno con rayas naranjas y el otro, el izquierdo con rayas marrones, sabía que el día me depararía algo fuera de lo normal.

Eché en mi vieja cartera de cuero mi inseparable libreta pequeña de apuntes, un buen bolígrafo, un viejo mechero y una cajetilla de tabaco Chesterfield. Inmediatamente me dirigí como un poseso hacia el esplendor del teatro romano y allí estabas tú, casi desapercibida, indiferente, mimetizada con el entorno, de espaldas y te habías recogido el pelo largo con un lapicero, como acostumbrabas. Al girarte, percibí que los recuerdos se quedaban marcados como las huellas de la historia en las paredes de las rocas en sus distintos estratos, e inmediatamente me di cuenta que empezaban a aflorar un cosquilleo continuo por todo mi cuerpo y mi piel lo percibía suavemente como una caricia. Deseaba que mi rostro fuera del todo impasible, pero sabes que nunca fui bueno en eso de fingir ni mentir. No era realmente mi fuerte. Me miraste, frunciste el ceño tímidamente, arqueaste ligeramente tus cejas y sonreíste. Y sin dudarlo, te acercaste hacia mí. Charlamos un poco y al momento sugeriste un sitio más tranquilo, alejado de tanto turista que comenzaban a llegar.

-¿Qué tal si te vienes a mi casa? allí estaremos más fresquitos y tranquilos. ¡Anda! anímate y así me dices que te parece la nueva reforma.

-De acuerdo, vayamos -le contesté.

Mientras caminábamos por las estrechas calles de piedras donde las hiedras se enredan  por fachadas y ventanas de casas señoriales, la brisa nos dio de frente y recordamos el viento de levante agitando nuestros cuerpos, cubiertos de pana gorda y jerseys de cuello de cisne, ululando y colándose en nuestras vidas. No recordaba exactamente la dirección, pero tras caminar varios minutos y doblar varias esquinas, divisé la pequeña fuente próxima a la casa. Era encantador ver de nuevo ese bello surtidor de bronce, con un grifo finamente labrado decorado con una antigua máscara de teatro romano, de cuyos ojos salían unos caudalosos chorros. La leyenda, es cuanto menos fascinante, pues cuenta que durante todo un día estuvo brotando aceite como regalo de Dios. Ese era mi presente, el azar me había llevado a ti regalándome todo un día contigo.

A escasos metros se encontraba ya la monumental entrada de la fachada de piedras combinadas, de colores ocres amarillos y tonalidades naranjas. Parecía estar viva. Las esbeltas cariátides del primer piso contrastaban con el escudo del portón, formado por un escandaloso lomo de reptil gigantesco. Una puerta de entrada sencilla pero bella nos conducía a la planta de arriba, y allí, antes de entrar nos recibía un felpudo con una curiosa inscripción latina que traducida decía: “Mi valle entre acantilados”. Ella había colgado una maceta con flores en el alféizar de la ventana. Estaba más castaña, más serena y más guapa de lo que la recordaba. Los muebles no estaban en el mismo sitio y en lugar de tener los libros amontonados por el suelo había comprado un buen número de estanterías que ahora adornaban cada habitación de la casa. Y sin embargo, aquella foto nuestra que tanto le gustaba seguía colgada en el mismo sitio de la pared. Me invitó a un café en unas tazas que no conocía y tras un rato en silencio, me miró y dijo:

-Tres años de ausencia son demasiado tiempo –y supe que tenía razón.

No obstante tragué saliva, era una sensación tan distinta, parecida a tener hormigas en la boca. Por un momento creí estar jugando al ajedrez en una partida tan absurda con la muerte. Como si me hubiese convertido en el protagonista del séptimo sello, en el maduro y experimentado Antonius, cual caballero cruzado que vuelve tras 10 años de ausencia. Sabía que tenía razón, pero la miré a los ojos y comprendí que aun había una nueva oportunidad para limar asperezas, al fin y al cabo tenemos algo muy especial en común. Igual era mi última oportunidad y no estaba dispuesto a marcharme como un cobarde tras los posos del café. Lo apuré sorbo a sorbo, aspirando varias bocanadas profundas de humo mientras recordábamos viejos tiempos.

Al principio sólo nos mirábamos y pensábamos: ¡Cómo ha pasado el tiempo! Largo rato estuvimos hablando de nuestras vidas, de lo que hacíamos y de cómo nos había tratado, pero luego pasamos a contarnos historias pasadas, batallitas desenfadadas, recordando simpáticos y buenos momentos vividos y ahí, en esa sonrisa tan brillante, fue cuando me dí cuenta de que aun seguía locamente enamorado de ti. Estabas más guapa y atractiva que nunca. Tus ojos poseen un brillo especial y aun notaba el cariño con el que constantemente me había tratado.

Siempre estuvo obsesionada con los números y es por eso que se ganó a pulso el apodo de mujer exacta. Ella confiaba en que yo aparecería en su vida un día 23. No resultaba extraño que la matricula de su coche fuera un número capicúa y que tuviera justo un número primo de hermanos. La verdad, creo que ella estaba completamente segura de que las mejores cosas pasaban invariablemente los días primos y que su vida se comportaba como una serie cíclica Y es que cada uno intenta encontrar las señales del destino donde puede y ella eligió las matemáticas. Elegimos el nombre de Eris para nuestro hijo por ser el nombre de un planeta, concretamente, el más grande de los planetas enanos. Algo así era él, un pez grande en un estanque pequeño, que llegó a nuestras vidas cuando yo apenas tenía dieciséis años cumplidos.

Entre pensamientos y palabras pasaba el tiempo, y no sé cómo, ya habían pasado varias horas con ella, incluso se hizo de noche y algo tarde. Inesperadamente, la cosa dio un giro de 180 grados cuando ella dijo:

-¿Por qué no te quedas a dormir? -no me hice el fuerte e inmediatamente dije que sí.

Apenas cenamos y en décimas de segundo me encontraba en el dormitorio a su lado. Las sábanas ya no eran tan frías y sin muchos miramientos, comenzamos hacer el amor lentamente, rozándonos los pies, nuestros muslos y acariciándonos vertiginosamente nuestros sexos. Juntamos ambos cuerpos como dos amantes, acariciándonos los pechos y las caderas. Sus grandes ojos traspasaron los míos y notaba cómo sus manos recorrían mi espalda con delicadeza. Aquellos dulces labios se acercaron temerosamente y su respiración se aceleraba al mismo tiempo que sus pechos volvían a ponerse firmes y realzados. Ella comenzó a friccionarme una y otra vez mi pene y yo comencé a pellizcarle la vulva delicadamente, premiándonos mutuamente en jadeos y movimientos convulsos hasta llegar al éxtasis del orgasmo.

Te habría dibujado entonces constelaciones en esa espalda con los muchos lunares que tienes, te habría escrito la historia de mi vida, te habría trazado los nombres más queridos en todo tu cuerpo, te habría abrazado tan fuerte que no hubieran sido capaces de separarnos jamás. Pero en esa penumbra de la noche, antes de que amaneciese, abandoné la habitación .No quise plantearte ningún tipo de dudas, preguntas, respuestas o problemas.

En la habitación del hotel, al lado de la ventana dejaba pasar los minutos, uno tras otro mirando de hito en hito el teléfono, pues deseaba ansiosamente llamarte, aunque nunca lo hice. No había pasado un momento desde el amanecer de esa fría y clara mañana. Unos cuantos rayos de sol intentaban abrirse paso entre las densas nubes, pero poco tiempo duraron, ya que comenzaba a llover a mares en ese cielo encapotado. En el silencio de la habitación lo único que se escuchaba era el sonido de las gotas golpeando contra los cristales. La calle estaba desierta y yo no podía dejar de mirar. Una hilera de coches aparcados en batería, un gato sobre el contenedor de basura y la parada de autobús, como de costumbre, a rebosar de carteles publicitarios. De repente te vi. Acababas de doblar la esquina saltando de un lado a otro como si bailaras, calada hasta los huesos y sin dejar de reír. No ibas sola.

Ella con botas de agua y un chubasquero a juego. Él con una camisa que chorreaba agua y unos vaqueros gastados.

Autor: Fran Terán

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado por: edicionesalfeizar.com

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