Cosas de pareja

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Las paredes del piso no eran tan finas, sino que las voces tenían demasiada intensidad. A veces eran gritos, cortados por un “paf” seco. Otras veces sonaban siniestras; Alisa se encogía en el sofá, recogiendo los pies bajo el cuerpo, y sin darse apenas cuenta se balanceaba rítmicamente, adelante y atrás, como para contrarrestar aquellas voces amenazadoras.

No sucedía a diario. Podían pasar hasta quince o veinte días sin que de las paredes brotara más que el sonido amortiguado de la televisión. Pero cuando volvían, Alisa comprendía que, entre un episodio y otro, sólo había vivido la paz engañosa del condenado a muerte antes de la ejecución.

Las voces empezaban, subían de tono,  hasta que de pronto la de la mujer se quebraba en lo más alto. Ya no volvía a gritar: ya sólo susurraba. La del hombre sí seguía subiendo, un in crescendo que le hacía pensar, sin haberlo oído nunca, en el silbido de una bomba antes de estallar.

Y entonces, estallaba. Paf, paf. La mujer gemía ahogadamente. Antes –hacía un año, tal vez- Alisa oía, después, los llantos. Últimamente ya nadie lloraba en la casa de al lado, sólo quedaban las lágrimas de Alisa.

La primera vez había acudido en busca de su madre; tiró de ella, la llevó a su habitación.

-¿Qué podemos hacer? –había preguntado, despavorida.

Su madre retrocedió, volvió la espalda a la pared. En su rostro sólo se pintaba una extraña expresión de disgusto, de… ¿asco? Alisa no lo supo nunca, ni nunca lo olvidó.

-Vente a la cocina hasta que acaben –le dijo su madre, tendiéndole la mano-. No es asunto nuestro, son cosas de pareja.

Alisa la siguió, pero las voces seguían perforando su cabeza. Cuando regresó horas después, para acostarse, ya no se oía nada a través de las paredes. Más tarde, en la madrugada, se despertó temblando y un llanto desolado, muy bajito, llegó a sus oídos.

La vecina no salía casi nunca. Las pocas veces que se la cruzaba en el rellano, Alisa la miraba un segundo y enseguida bajaba la mirada, avergonzada, sintiéndose como quien mira de reojo una deformidad.

La vecina había sido bonita, pero su rostro se iba apergaminando, como si las voces de aquellas noches le succionaran la piel y grabaran surcos en sus mejillas. Un día la miró a los ojos fijamente, y Alisa se asustó: aquellos ojos parecían los de los peces grises que yacen entre hielo picado, en las pescaderías. Muertos, y aun muertos, suplicantes.

Otra noche los golpes fueron tan fuertes que se oían en toda la casa, no sólo ya en su alcoba. El padre de Alisa la sacó de un tirón de su cuarto, serio, con la cara de las malas notas o del “mientras no te dejes el plato limpio no te levantas de la mesa”. Alisa se asustó, lo siguió, y con un hilillo de voz se atrevió a decir:

-Papá, tenemos que hacer algo, ¡la va a matar!

-Tú, a callar, eso son cosas de pareja y no tenemos que meternos donde no nos llaman.

Alisa se mordió los labios. Por aquellos días los tenía siempre agrietados, por mucho cacao que su madre le untara. Y las uñas, roídas hasta dejar la carne viva.

Ella debería llamar a alguien, pensaba. ¿A la policía? Claro, a quién si no. Pero la policía ¿qué iba a hacer? ¿Y si el vecino pensaba que había sido su mujer la que hiciera la llamada, y la mataba? O, peor aún: ¿si se enteraba de que había sido Alisa… ¡y la mataba a ella!? Era un hombre terrible en su furia, aunque después le veías en la calle y parecía un cacho de pan, siempre saludando tan cortés, siempre dispuesto a echar una mano a los vecinos… Alisa lo veía los días de partido en el bar de la esquina, a veces invitando: “¡una ronda para todos!”, y se preguntaba si no sería un sueño loco lo que, ciertas noches, escuchaba a través de las paredes.

El vecino amable, la vecina de los ojos mortecinos…

-Es muy trabajador, pero tiene mala bebida –le explicó su hermana una vez, desde la condescendencia de sus quince años.

-Es que la va a matar.

-¡Anda, mujer, no llegará la sangre al río!

Y no, no llegaba, aunque se quedara cerca. Alisa seguía escuchando las voces y los gemidos ahogados, y un día dejó de acurrucarse, otro día puso la música un poco más alta de lo que solía, y más tarde sus propios pensamientos alegres de adolescente ocuparon el lugar de los terrores infantiles, y las voces (que ni siquiera eran más frecuentes, sólo cada dos o tres semanas) pasaron a ser un ruido más de los que había que soportar por vivir en un bloque de pisos.

De aquel bloque salió, a los veintiún años, vestida de blanco y con la radiante sonrisa de las novias dibujada en la cara. Todos los vecinos bajaron al portal a verla y a darle sus parabienes. El vecino de al lado le palmeó el hombro; la expresión de su rostro era benévola y hasta emocionada.

-¡Ay, la pequeña Alisa, que ya está hecha una mujer! ¡Si la vimos nacer!

La vecina, la de los ojos muertos, sonreía a su lado como un payaso de cuerda. Alisa se estremeció un segundo al verla; nada quiso pensar, nada.

Ya estaba embarazada cuando su hermana le dijo:

-El vecino está muy malo, en el hospital.

-¿Sí?

El vecino se murió. Alisa fue a cumplir con su deber de dar el pésame a la viuda, que lloraba y lloraba.

-La pobre… -le murmuró su madre- se ha pasado dos meses en el hospital, no le ha dejado ni un minuto.

También la vecina había cumplido con su deber…

Ahora, llorando, se lamentaba balbuceante:

-¿Qué voy a hacer yo sola? Sin él yo no sirvo para nada…

Alisa recordó los “paf” y los llantos, las voces y el silencio, y quiso gritarle: ¿estás loca? ¡Ya no habrá más golpes! ¡Eres libre!

Pero, por supuesto, calló, limitándose a acariciarse el vientre.

La vecina siguió su gesto con la mirada y agregó:

-Ni siquiera serví para darle hijos…

Por un segundo, Alisa se rebeló, la miró a los ojos, pensó: menos mal, y supo -¿o sólo creyó saber?- que su pensamiento había sido leído, y se sintió incómoda, y bajó los ojos para mirarse los pies.

Los tenía hinchados por el embarazo, violáceos, y casi no los reconoció, embutidos en aquellas sandalias baratas.

Con el tiempo, se miró muchas veces los pies, las piernas, los pechos, el rostro, y ya sí se reconocía: siempre era la misma, ahora, la que antes no soñara ser; también ella un día fue bonita, también ahora sus ojos se parecían a los de los pescados grises entre hielo y perejil.

Alguna vez, cuando subía al piso a visitar a sus padres, con el niño de la mano, se cruzaba con la vecina, que sonreía un poco. Llevaba una perrita de pelo castaño rizado, con un pasador rojo que le despejaba los negros ojitos. La perrita seguía a la vecina a todas partes, y la vecina florecía como algunas rosas en un otoño templado.

Alisa no levantaba los ojos, saludaba y pasaba de largo.

No se rebeló, no mucho. Dejó de llorar delante de él, y después, cuando él dormía, se levantaba muy despacio para lamer sus heridas a solas. A veces se mordía la mano para que los sollozos no atravesaran las paredes, no fueran a despertar a alguna niña asustada.

Cada dos o tres semanas se maquillaba mucho, aunque no se atreviera a salir de casa, pero el morado de los golpes parecía reírse de ella asomando, verdoso, bajo el maquillaje.

Alisa se repetía como un conjuro unas palabras de su hermana: “no llegará la sangre al río”…

No siempre acertamos. La sangre quizá no llegara al río, pero corrió lo bastante. Alisa no tuvo tiempo para salvar su vida, aunque ésta se le fuera lentamente, dándole margen para degustar el acre sabor en su boca, para empapar sus cabellos, para mirar a los ojos de su madre, que la encontró cuando se moría.

No podía hacer nada, sólo mirar suplicante, como un pez fuera del agua, y su madre -¡ay, mamá, mamá!- gemía, abrazándola, empapándose en la amada sangre de su sangre:

-¡Hija, mi niña, mi niña! ¿Por qué no me dijiste nunca nada? ¡¡¿Por qué?!!

Alisa no podía responder, ya no. Pero en sus ojos, como un grito, quiso creer que su madre leería -¿o sólo esperó que lo leyera?- la vieja respuesta cobarde:

-Eran cosas de pareja…

Autora: Ana Vega Burgos

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

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