Laberinto de peldaños

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La persona sentía los libros, los tocaba, los olía, los compraba, releía las sinopsis; ponía las manos extendidas sobre sus tapas y cerrando los ojos daba paso a un sin fin de muecas tan expresivas que parecía un loco poseído por fuerzas ocultas.

Aquel día, bajando las sonoras escaleras de la librería, se encontró con un viejo conocido; el viejo le recordó aquel libro que le envió sin más, un día a finales de agosto, rememoraron la temática, discutieron puntos de vista, mientras bajaban y subían la infinita escalera sonora, mientras la luz de la tarde se agotaba, mientras las manecillas de los relojes rodaban por la esfera numerada.

La persona entró en su cuarto que estaba en lo mas alto de las escaleras frías y cuadradas; pretendía releer aquel libro, pero después de crear el ambiente adecuado (luces indirectas, música instrumental a volumen más bien bajo, una barrita de incienso humeando, la ventana abierta de par en par insinuando las calurosas escaleras de emergencia del patio interior; también era agosto en ese momento) se sentó al pie de la lámpara que bañaba de claridad, lo que dejaba la sombra de la oscuridad. Pasó un buen rato y disfrutó como un niño; pero por más que leía le pasaba siempre igual; nunca quedaba del todo satisfecho, necesitaba algo más, pero no conseguía saber el qué.

En el hueco debajo de la escalera oculta estaba el escritorio; la persona se puso a escribir, a sentir, a expresar con todo el cuerpo excepto con la mano que dirigía el bolígrafo veloz. Cuando terminó se dio cuenta de lo que había conseguido; era eso lo que más le llenó, de todo lo que había leído siempre jamás, aquellas palabras suyas eran lo que tanto añoraba, aquellas palabras eran los peldaños que subían y bajaban por el vacío, que había en el hueco de la escalera simétrica de su vida, lo que tanto buscaba y no encontraba… Ahora sí, se sentía a sí mismo en pleno apogeo de energía y lucidez. Se dio cuenta de que su mente, como una escalera mecánica, resucitó de entre las mentes muertas que bajan escalones de tierra húmeda, al abismo de la soledad…

-Lo que escribí ayer, no lo pienso leer. No quiero volver a hacer como las cien noches anteriores, en las que escribí cartas que han acabado en la papelera. Ahora mi papelera rebosa de papeles embarullados, son cartas interrumpidas, y he pensado en copiarlas en las hojas de un libro en blanco, cuyos cien ejemplares primeros tiraré a la basura. Sé que solo a ti podría interesarte lo que digo en ellas pero no lo sabrás, tan solo mi papelera las tendrá en su memoria, y nadie podrá descifrarlas. Esas cartas son rebeldes, y no aceptan de buen grado el ostracismo y la desaparición en la ignorancia a la que las he condenado, siendo su razón de existir una persona llamada Luse, al que anhelan encontrar sin saber qué se encuentra a tres mil kilómetros…

Y las cien mil cartas saltan de la papelera como palomitas de maíz sobre una sartén, y ahora su habitación es una leonera cubierta de papeles animados que suben y bajan las escaleras de caracol que unen el cielo de la locura y el infierno de la cordura.

-Ayer me decidí, a coger uno de esos barullos de papel danzantes, para leerlo. Comencé a hacerlo y vi cómo se habían movido las letras y la carta era ininteligible, se estaba transformando en otra. Tras meditar qué hacer, decidí sacudir la hoja, a ver si así se operaba del todo el cambio. Al volverla a leer, las letras formaban palabras, las palabras frases. Enseguida sentí que aquello no estaba escrito por mí aunque la tipografía de los caracteres era la mía. Son “cartas cambiantes” que tan solo necesitan letras, que se quitan y ponen a su antojo, entre las líneas y estrofas, de versos a tres mil kilómetros; y cada día componen nuevas historias, nuevos sentimientos que yo nunca concebí, ni sentí; los papeles dan saltos, y salen, y vuelven a entrar en la papelera.

Mi madre está como loca ante tal desorden, viendo además cómo su hijo lo único que hace es leer esos papeles arrugados, correteando por escaleras laberínticas que aparecen y desaparecen en cuevas sin vida huecos sin salida. Treinta y siete veces después continúo leyendo, esperando a que esas letras entre palabras me chillen algo. A veces, parece oírse un susurro, lo inevitable de la lejanía… Vamos, sois desconocidas y podéis contarme algo, aunque solo sean mentiras; “la mano de Miguel tiembla…”, si seguid así ya os vais acercando… “somos gotas de pigmento que resbalan entre sus dedos degollados, ansiosas de ejecutar propósitos”.

Pobres inocentes, piensan que son tan solo las manos, los dedos, los que les han creado; ignorantes insipientes sin mesura, acercarse y hablar a quien conoce vuestro origen… “nuestro ser derrama consonantes”, “el gran papel blanco nos lleva de excursión, vamos y volvemos como olas de lava azul de una papelera dorada a otra de galio”.

-Sí, eso es, os estoy construyendo el lugar perfecto para que reposéis vuestra resaca de grandeza, yo os cuidaré y os alimentaré como a alimañas, con trozos de papel en blanco usado, desvirgado por la niebla de una polución principiada.

“Habibi non te tolgas de mibi”; son tan puñeteras que son capaces de cambiar de idioma; ya no pueden sorprender a Luse; “friend, don´t fail me”.

-Seguid así, expresaros que aquí estaré yo, para adoptaros mientras recorro todas las escaleras que suben y bajan por los entresijos de una mente formada por peldaños tímidos, desproporcionados, fríos, ásperos, metálicos, colorados, torcidos, transparentes, floridos y atormentados.

Autor: Toño Alcalá

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado por: edicionesalfeizar.com

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