Confesión de una muerte temprana

contrato

Hubo un tiempo en el que se pensaba sobre la superioridad del hombre como sexo fuerte. Aquel pensamiento queda obsoleto, endurecido en el recuerdo de una generación pasada. Hoy el protagonismo es compartido y en algunos casos superado por la nueva creciente de mujeres emponderadas y decididas a triunfar.

Solía ser un día más de trabajo común y corriente que a mis 35 años podría haber deseado. Era yo un oficinista más del montón con aspiraciones vagas, sueños disconformes y supuesto pensamiento optimista, “Ya me irá mejor mañana”. Ese era yo, un hombre maduro –explicó al policía– sentado en mi escritorio pensando en cada palabra que la persona en mención me había dicho. No podía tolerar tal humillación –dijo con voz enérgica mientras se frotaba la frente-, ella tenía que pagar por lo que había hecho; era una mujer elegante tengo que confesar –indicó-, tenía buena pinta pero, era insoportable, no tenía buen trato. Había pasado 10 años de mi vida trabajando con la ilusión de subir al mando algún día   –dijo con voz entrecortada-, no podía creer que tanto esfuerzo no valió la pena. Sonaba la alarma del almuerzo recuerdo, aún percibo el olor de la comida. No tenía mucha gracia aquel día, simplemente caminaba sin rumbo tratando de encontrar el comedor.

Pasé por su puerta –dijo mirando al techo como si tratara de armar una historia-, allí estaba ella, toda elegante, sentada cómodamente en ese fino sofá; que debería ser mío; escribiendo quién sabe qué. Las ganas me corrían por las venas, mi sed de venganza no tenía paciencia.

La cité a una reunión –explicó con frescura– en la sala a solas, mi intención estaba clara. Recuerdo su rostro de admiración al verme sentado en la cabecera.

Muévete! -me dijo con voz de mando.

Ya no pude contenerme más –dijo mientras apretaba sus manos como si tuviera un cuchillo en ellas-, me acerqué rápidamente y acerté dos golpes. Ella con el rostro ensangrentado y mirada de pavor dijo:

-“Déjame en paz ignorante”.

Aquellas palabras detonaron mi cólera y sólo recuerdo haberme detenido cuando ya no respiraba más –se detuvo al hablar como si el cargo de conciencia le pesara-, allí estaba ella tirada en un charco de sangre, allí estaba yo tratando de ocultar lo sucedido.

Era inevitable, supongo -se dijo así mismo con voz baja-, sólo era cuestión de tiempo.

Adelante -le dijo al detective.

-¿Cuánto más estaré aquí? -le preguntó con cierta duda.

De aquí no sales -le respondió.

La sangre pintaba de rojo su rostro mientras pensaba en el futuro que le esperaba. No podía creer hasta dónde había llegado; había matado a su jefa y no sentía culpa; tenía la mirada desorientada.

Recuerdo escucharla hablar de mí –explicó con recelo-, ese murmullo incómodo e irritante. Hablaba de mi persona como algo desechable, eso era yo para ella –dijo en voz alta-, una simple pieza que se puede tirar.

Un oficial entró al salón empuñando un par de esposas, ya sabía lo que pasaría.

No me lleve -dijo al oficial.

No quise hacerlo -le repetía mientras le colocaban las esposas.

DÉJAME! -gritó con desesperación.

La libertad estaba por terminar para él, se convertiría en una estadística más del sistema de justicia en el país. Las oportunidades de una defensa se le agotaron al rechazar un abogado haciendo alarde de sus dotes como instruido en letras y ciencias políticas. La cárcel le esperaba con los brazos abiertos ansiosos por retenerlo en la oscuridad de la culpa.

Ha pasado un largo tiempo -dijo al verme.

Ya no tienes aquella mirada de dolor -me dijo con lágrimas en los ojos.

Habían pasado ya 15 años desde la última vez que lo vi. Era más grueso -lo recuerdo como si fuera ayer-, tenía la mirada perdida en aquel entonces y aún la mantiene. Pasó mucho tiempo antes que aceptara una visita mía.

No quise que me vieras así -me dijo con la cabeza baja.

-¿Qué has de pensar de tu hijo metido en estas paredes frías?

Encerrado se encontraba cumpliendo con su condena ahogado en culpa, mis manos temblaban con ansias de abrazarlo sin prejuicio de nada ni ánimos de reclamo, sólo quería verlo sonreír entre tanta tristeza que vivía. Han pasado 3 años desde aquella visita y espero con ansias en esta puerta verlo salir, libre de condena más no de culpa, libre de las barras de una cruda realidad que tocó vivir, libre sin prejuicios. Libre a pesar de una muerte temprana. 

 

Autor: Joran Malcovik

Nacionalidad: Peruana

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com 

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