DF

contrato

La sensación de haber cometido un error se apoderó de los pasajeros del vehículo. Los rostros morenos se giran a su paso con una mezcla de interés y curiosidad, también con desprecio. El reluciente coche de alquiler parece un neón anunciando que sus ocupantes son turistas. Recorre con lentitud las callejuelas, estrechos pasillos flanqueados por tenderetes que exhiben revistas antiguas, trastos viejos, sillas desvencijadas, jaulas de pájaros oxidadas y material porno útil para cualquier sexo.

Fue mucho más que sexo.

Las ventanillas cerradas no evitan que el fuerte olor a tortillas de maíz y a picante se cuele en el interior del auto, lo mismo que las voces de los personajes que deambulan entre los puestos de venta y sus oscuras partes traseras, un mundo inexplorado. Los cuatro pares de ojos trataban de fijarse en detalles y evitar al mismo tiempo la mirada de los que reparaban en ellos, conscientes de estar dando vueltas, perdidos, incapaces de encontrar una salida en aquel laberinto no apto para extraños. Entre dos puestos se ve la entrada a una larga nave semiiluminada donde centenares de personas se adentran para comprar comida. Ese día, todos eligen los alimentos preferidos de los ausentes para preparar las celebraciones del Día de Muertos.

Alguna que otra broma pretende rebajar la temperatura creciente de aquella caldera, pero la falta de respuesta no hace sino resaltar la densidad del silencio. Los rostros oscuros no ocultan su curiosidad al paso de los pálidos gachupines que contemplan la escena a través del parabrisas, como si vieran una película en la pantalla de un cine.

Para uno de ellos la película narra otra historia. Las imágenes de su pantalla tienen otro aroma, el de la ciudad de la que proceden los cuatro. Y en ella, un rostro sobresale sobre los demás, sobre cualquier otra imagen, sobre todas las demás sensaciones.

—Ya sé dónde estoy; no os preocupéis, que donde se corta la calle torcemos a la derecha y desde allí se verá la salida.

La mujer lo mira incrédula. La idea de visitar el mercadillo de Xochimilco les resultó tentadora por la mañana, aunque ahora desearían no estar allí.

En el asiento trasero, la otra mujer recuerda la cena de la noche anterior, al llegar del largo viaje. Hicieron planes frente a unos tacos y unas Negra Modelo y creyeron que todo el DF sería como aquel barrio en el que estaba su hotel y cuyas calles lucían escaparates de moda francesa e italiana. La gente que paseaba era mucho más clara de color que la que ahora les rodea, como si se tratara de otra ciudad, de otro país.

Llegan al corte de la calle y se desvían a la derecha rozando a un vendedor ambulante que les impreca con palabras que no entienden, posiblemente en náhuatl. La voz hace que vuelva en sí. Su viaje astral lo ha transportado lejos de allí, a un millón de años luz. La medicación le produce ese efecto, de ausencia, de lejanía. Aunque antes de que se la recetaran, ya se sentía a una eterna distancia. Su mujer y sus amigos pensaron que el viaje sería una buena terapia, pero en las 24 horas que llevaban juntos no se le escaparon más de una docena de palabras.

Al girar a la derecha, un policía les para.

—Buenos días, patrón ¿ya vio lo que acaba de hacer? No se puede circular por aquí cuando hay mercado. ¿A dónde se dirigen?

—Buscamos un parking para dejar el auto —contesta el conductor adoptando la forma de hablar local.

—Uy, jefe, pues va a estar difícil, tenemos que llevar el coche al corralón.

Lo habían oído tantas veces que enseguida reconocieron la escena.

—¿Y no hay otra forma de arreglarlo?

—Pues no sé, jefe, diga usted.

Los trescientos pesos fueron aceptados de inmediato. Una oferta sin duda excesiva, pero la idea de quedarse sin coche en aquel barrio no era una opción.

Una vez aparcado el vehículo, salen a la calle en busca de sabor autóctono. Un mercadillo es la ración justa de olores locales, una experiencia ideal para contar a su vuelta. Los tres miran los productos expuestos mientras él les sigue distraído, sin buscar nada en especial; en aquella zona la oferta era menos sórdida, más artesana.

No conseguía olvidar su cara, su olor, su sonrisa. Cada detalle de su ser volvía a asaltarle al ver algunos objetos del mercadillo. Deseó comprar el anillo que estaba probándose su mujer, de no ser tan evidente. Fueron pocas semanas, apenas unos meses, pero para él supuso una vida entera en medio de su vida; un sueño en medio de la realidad, o una realidad en mitad del sueño que duraba ya sus cuatro décadas de vida. Porque nunca había sentido nada más intenso, nada más real, que aquel tiempo robado que se le grabó a fuego en su piel.

Después de comprar recuerdos, volvieron a agarrar el coche. Uno se acostumbra a decir agarrar y no coger; sobre todo ellas, que no querían levantar sonrisas indisimuladas o bromas en voz baja. Sortearon el caos de la avenida Insurgentes, recordando todo lo que habían vivido en una sola mañana: desde las dudas por el barrio y las callejuelas, a la mordida, también el humo y los olores desprendidos por los tenderetes de comida, que le produjeron náuseas a su mujer y ello levantó varias insinuaciones irónicas sobre la necesidad de elegir un nombre al bebé que concibiera en aquel país. Bromas compartidas entre tres e ignoradas por él, como si no fuera consciente de ser el centro de la escena y de los comentarios.

Mientras, sus recuerdos sobrevuelan Londres. Cuando supo que ella tenía que asistir a una reunión en la capital británica, pasó la noche en vela pensando en algún argumento convincente y nada sospechoso que le permitiera acompañarla. Tras sólo unos pocos encuentros, él se dio cuenta de que estaba atrapado. Pensaba en ella obsesivamente, no conseguía trabajar ni divertirse, apenas le dirigía la palabra a su mujer. Ignoraba qué le estaba pasando. No creía que esas cosas sucedieran de verdad. No asimilaba cómo en pocos días su cerebro estaba cautivo y su cuerpo no reaccionaba si no era en presencia de aquella mujer, aparecida de la nada. La contrataron para ser su jefa y a pesar de la resistencia que pensó plantearle, la primera vez que se sentaron en una sala de reuniones con otros miembros del equipo, él no hizo nada más que sumergirse y bucear en sus ojos, en sus labios, en sus pechos, en su olor… Al poco la convenció para ir a tomar una copa, luego una cena y en poco tiempo empezaron a visitar su apartamento. Consiguió acompañarla en su viaje. Demasiadas horas juntos; descubrió que para ella esto era un pasatiempo y, al notarlo, un abismo de ansiedad se abrió ante él.

Al día siguiente fueron a visitar las pirámides de Teotihuacán, su única propuesta en todo el viaje. Al poco de casarse, su mujer lo convenció para visitar Egipto, y el recuerdo le indujo a pensar que en aquel lugar místico, desde lo alto de la Pirámide del Sol, vería la cara del dios que le enseñaría el camino hacia el pasado, una carretera en línea recta hasta su vida anterior, donde todo funcionaba correctamente y su rutina era algo agradable. Quería volver al momento antes del terremoto que arrasó su vida aquellas semanas. Subió la escalinata hasta la cima de la construcción, desde la cual se divisaba la Pirámide de la Luna y toda la Calzada de los Muertos. Los turistas fotografiaban y adquirían souvenirs mientras ellos fingían contemplar la vista; uno, como si viera una película muda; otra rezando por un olvido selectivo que le permitiera continuar adelante, y los otros dos, espectadores esforzados por apoyar lo que a veces parecía una causa perdida. El sol apretaba fuerte y era necesario cubrirse la cabeza, refrescarse, por lo que bajaron en busca de un lugar donde protegerse. Ya en el coche, celebraron la visita y ese momento de aire acondicionado. Su mujer le tomó la mano y él ejerció una ligera presión para caer luego, casi de inmediato, en la laxitud de la somnolencia del que es conducido sin esfuerzo.

Tal vez fue el sueño lo que le hizo sentir con tanta fuerza el dolor del abandono. Ella se dio cuenta de que para él aquello no era un simple entretenimiento. La situación podía crearle un problema en su reciente trabajo, en su estatus. Tras la última visita al apartamento, hablaron. Él lloró, suplicó, hizo promesas descabelladas. Aquella noche no fue a casa; deambuló borracho durante horas. A la mañana siguiente no hizo esfuerzos por excusarse ante su mujer, pidió que telefoneara para decir que no se encontraba bien y se metió en la cama. A pesar del alcohol, no pudo dormir. Pasó parte de la mañana en la puerta de la oficina, marcando el número de su móvil, sin respuesta, y esperando a que saliera a la calle para abordarla. Estuvo planteándose subir para aclararlo todo, pero el temor a un nuevo rechazo, la angustia de revivir el momento de la noche anterior le hizo entrar en razón. Consiguió una baja médica para no ir a trabajar, aunque la telefoneaba cada pocos minutos hasta que a los pocos días aquel móvil fue cancelado. La única opción era encararse personalmente con ella. Vagaba por las calles durante todo el día, mientras su mujer pensaba que estaba en el trabajo. Llegaba tarde por la noche excusándose en reuniones con clientes, cuando lo que hacía era pasar las horas apostado frente a la casa de ella, a la espera de verla llegar y poder abordarla.

Entonces, la vio.

El viaje tocaba a su fin. No disponían de muchos días, así que, tras conocer DF y algunos lugares próximos, ya sólo les quedaba una noche allí y a la mañana siguiente volverían a casa, a la normalidad. Todo en aquella escapada atípica pretendía recuperar el cuerpo y la mente de quien no quería ser salvado, pero al mismo tiempo no disponía de fuerzas para oponerse al rescate. Sabía que no podía volver a su ciudad, a su casa. No sin ella, aunque era consciente de que jamás conseguiría volver a su lado. Aquella noche fueron a un restaurante típico en un barrio elegante. Las aceras estaban abarrotadas de gente que fumaba y charlaba en voz alta. A pocos metros se veía la calle de acceso a otro barrio, uno mucho más humilde y menos europeo, en el cual algunos vecinos, muy lejos de sus pueblos de origen y de los cementerios donde descansan sus seres queridos, festejaban junto a los altares que dispusieron esa mañana mientras ellos cenaban en el interior recordando algunos de los buenos momentos del viaje. El se excusó, se puso en pie y fingió buscar el baño, mientras su cabeza seguía ausente.

Al verla bajar del taxi, luciendo su figura acariciada por una falda y una camisa de seda, dio los primeros pasos para acercarse. Trató de pensar qué le diría, cómo obligarla a volver con él. Ya le había prometido dejar a su mujer, cambiar de trabajo, irse a otra ciudad si fuera necesario y, aunque ella rechazaba sus ofertas, él siempre pensó que le seguiría cuando diera los pasos prometidos. Apenas se había movido cuando su cuerpo se quedó petrificado, inmóvil, rígido. Del taxi salió, junto a ella, un hombre. Las sonrisas y carantoñas no ocultaban lo que estaba pasando. Y lo conocía. Desde el Olimpo del poder había descendido para hacerla suya, y él no podía evitarlo. Se cogieron de la mano y dieron pasos hacia su portal cuando él reaccionó lanzándose sobre ellos. Aquella noche fue detenido por agresión. Una ambulancia se llevó al hombre con la cabeza empapada de su propia sangre, mientras ella le gritaba cosas horribles que luego no pudo recordar.

Le dijo a su mujer que tenía un problema con el alcohol y que le despidieron por eso, pero que ahora estaba decidido a dejarlo todo atrás, que tuviera paciencia. Su esposa se dejó engañar y le aceptó, confiando en enderezar la situación, a sabiendas de que el alcohol no era sino otra consecuencia de su dolor. Y todo aquello le produjo una profunda sensación de desprecio por sí mismo, al tiempo que su alma seguía fantaseando con un reencuentro imposible.

Dejó atrás la puerta de los baños, salió a la calle y encendió un pitillo en la terraza, rodeado de gente. Se vio a sí mismo en el avión, llegaba a casa, encontraba un nuevo trabajo…; pero, sobre todo, se imaginó frente a ella, un último encuentro donde pudiera decirle todo lo que sentía. Se quedó sin oxígeno al recordar la crueldad con la que rompió con él, la firmeza con la que le alejó justo después de acostarse juntos, la cara de horror y los gritos cuando les atacó hasta malherir al otro. Y entonces comprendió su situación. No podía volver a casa, no podía pasar ni un solo día en la misma ciudad que aquella mujer, no era capaz de ver la cara con la que su esposa equivocadamente sentía compasión por él, cuando él sentía asco. Su realidad se había convertido en una mentira; la única vida que quería vivir era la única imposible. Su existencia era un chiste y era hora de cambiar. Lanzó el resto del pitillo al suelo y empezó a andar, a alejarse del restaurante, adentrándose en aquellas calles con poca luz y con las caras cada vez más morenas, más silenciosas, buscando perderse. Del todo.

Autor: Luis Berastain

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

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