Por los pelos

32

En el momento en que empezamos a perder altura, me di cuenta de que algo no iba bien. Era un descenso demasiado brusco y estábamos todavía a mitad de ruta. Un carrito se escapó corriendo por el pasillo ante la tensa sonrisa de las azafatas, lo que provocó que mi nerviosismo aumentase de manera exponencial. Justo cuando iba a llamarlas al timbre, todos las compartimentos de emergencia se abrieron, dejando caer una ristra de mascarillas de oxígeno delante de las aterrorizadas caras de los pasajeros. La histeria se apoderó de aquel maldito aparato, dando paso a una marabunta de gritos y llantos de desesperación. Mientras me colocaba con torpeza el cinturón de seguridad, en la fila de al lado, una madre le pasaba angustiada la mascarilla a su recién nacido por detrás de las orejas. El pequeño disfrutaba de su chupete y parecía estar ajeno a todo el desastre que se avecinaba. Mejor para él.

Sin saber muy bien por qué, recordé una conversación que había tenido con mi novia por la mañana, unas horas antes de embarcar. Nunca me gustó volar y sólo lo hacía por necesidades de mi trabajo. “Es más fácil que te toque la lotería a que mueras en un accidente de avión” recuerdo que dijo distraída mientras removía su taza de café con una cucharilla. Maldita sea.

Tras regresar de mi viaje mental, me quedé sorprendido por el profundo silencio que reinaba en el ambiente. Nadie gritaba y sólo se escuchaba el murmullo de unos cuantos, quién sabe si rezando, unas filas por delante. La aceptación, he de suponer. Miré hacía atrás por la rendija que había entre los asientos y vi a una pareja mayor, de unos setenta años, cómo se daban la mano y se repartían carantoñas y besos. Suspiré y me asomé por la ventanilla. Estábamos atravesando una cordillera montañosa y por ningún lado se veía algo parecido a una pista donde poder aterrizar aquel maldito trasto. Pensé en mis padres. Aquello los devastaría. Era su único hijo. Y Elena, mi novia, también lo iba a pasar mal. Llevábamos juntos tres años, estábamos muy enamorados y nos casábamos en junio. Los amigos de la peña del Atleti, los compañeros de trabajo,… para todos sería un duro golpe. Me resigné sabiendo que mi fin se acercaba de manera inexorable.

Entonces, con todas las esperanzas ya perdidas, empecé a notar algo que me mojaba. Me miré la camisa y vi que estaba empapado, aunque ni siquiera recordaba cómo me lo había hecho. Alguien, de pronto, me zarandeo.

-¡Jonas, despierta!¡Vamos!

Me moví en la cama, inquieto, y me levanté de golpe, empapado en sudor. Una pesadilla. Una maldita pesadilla. Salvado por los pelos.

-¡Despierta ya, saco de mierda! Llorisqueas como una cría cuando se la meten por primera vez! ¡Joder, qué asco! -gritó una grave voz masculina.

Me coloqué las gafas que tenía en la mesilla, acomodé la vista y por un instante deseé estar todavía en el avión. Tenía más posibilidades en él que en el dormitorio con aquel tipo.

-¿Pero qué haces aquí? -balbuceé- ¿Cómo has entrado?

-Eso es lo de menos, ¿no crees? -afirmó- He venido a por la pasta del jefe. Los veinte mil. ¿Los tendrás, verdad? Llevas dos semanas dándome esquinazo, pequeño –afirmó aquella especie de escombro humano con su sucia sonrisa plagada de espacios vacíos.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Aquella timba de póker había sido una mala idea.

-Lo cierto es que… no. Necesito más tiempo -imploré sin mucha esperanza de misericordia.

El matón lo miró complacido.

-No puede ser. Las órdenes del jefe han sido muy claras. Si no hay pasta….- dijo aquel arquetipo de portero de garito de los años ochenta, poniéndose de pie junto al colchón- …se acabó el juego, pequeño.

El asesino sacó con parsimonia su arma, le rosco el silenciador y, ante la mirada aterrada de su inminente víctima, le vació el cargador en su todavía sudoroso cuerpo. Luego, con cuidado, colocó dos dedos en la artería carótida del cuello de aquel desdichado. No había pulso. Su trabajo estaba hecho. Se dio la vuelta y salió por la puerta mientras los acordes de una canción de Radio Futura se escapaban por sus labios.

Autor: Francisco de Asís Merchán

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

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