El Big Bang humano

32Auditorio colmado. Las conferencias del profesor son míticas, nadie se las quiere perder. Primero entra ella. Castaños cabellos alisados, delgada, piernas largas, chaqueta a dos tonos y pollera por arriba de las rodillas. Lentes pequeños y rodete con hebilla plateada. Es profesora adjunta, y se coloca en una silla al costado del escenario cruzando las piernas.

Él espera en el pasillo, justo al lado de la entrada, y duda en ingresar. Ha recibido una carta perfumada con un beso estampado en la solapa. Beso de labios femeninos de color rojo perlado.

Toma el sobre y lo coloca en un bolsillo, respira profundamente y comienza el lento descender hasta el escenario. Saluda al auditorio y abre su portafolio. Saca papeles sin prestarles atención. Su mente viaja como luz por miles de lugares, menos por el anfiteatro. De repente, como en cámara en reversa, introduce nuevamente los papeles en el portafolio. Su asistente lo observa y pretende ayudarlo, pero él se aparta de sus notas y va directo al micrófono.

Luego de secar la transpiración de su frente, mira de izquierda a derecha al alumnado. Esperan su palabra.

-¿Saben cuál es la fuerza humana más poderosa?

El auditorio reflexiona. Comienzan a levantar las manos y cada quien da su parecer. Algunos opinan que es la fuerza bruta del macho, otros la adrenalina, la locura, los actos desesperados o la unión como especie. No, no y no va respondiendo el profesor para desalentar cada vez más a quienes pretenden apostar.

-Les pregunto por la energía psíquica que trasciende al cuerpo y llega a modificar la realidad.

Nuevamente hay quienes pretenden encontrar respuesta a tan simple pregunta y apuntan… el amor, el odio, la felicidad, la avaricia, y nuevamente, no, no, no, hasta que al final alguien dice -el sexo…- y por ahí va -dice el disertante. La profesora adjunta revisa el programa del día, y no entiende la estrategia de su colega, que parece haber perdido el rumbo.

-Biología y Sociología… ¿Qué es uno sin el otro? ¡Nada! Hasta la más simple molécula de vida no actúa sola. No existe el Robinson Crusoe en ningún ecosistema, porque hasta él tuvo que convivir con un indígena para que tomara fuerza la novela.

El profesor ahonda sobre el molde biológico que se viste de ropa, de las emociones como herederas del sentido de supervivencia y de los sentimientos que encubren instintos. Glorifica a la naturaleza como real regente del destino del planeta y destierra cualquier idea de omnipotencia por encima de ella.

-Cada acto humano es una careta de lo que realmente es. Cada acto humano es un títere de la naturaleza.

Les explica que el destino de la humanidad está ceñido a que machos y hembras se apareen y ¡punto!… nada más. Lo que sigue, cualquier expresión como residuo que no afecte al primer mandato.

-Entonces… volvemos a la primera pregunta. Si sexo es lo que todos internamente buscan ¿Cuál es la fuerza más poderosa que lo consigue? O dicho de otra manera, ¿cuál es el Big Bang humano?

Algunos insinúan la atracción, otros repiten el amor, los menos se arriesgan por las feromonas, pero solo consiguen un no, no, y no.

-El amor es un producto final, no la fuerza iniciadora. Dos personas que han formado pareja, habrán ensamblado sus historias infantiles, sus alocadas adolescencias y sus actos maduros, en un territorio que no es de él ni de ella, sino mutuo. Pero antes debió suceder algo, de aquella “incomodidad que alguien te rose una mano” al “suicidio del pudor”, que bien lo define Woody Allen “El sexo sólo es sucio si se hace bien”. Chicos… les hablo del enamoramiento como la fuerza más poderosa de la raza humana. La más biológica y social que se les puede ocurrir. La misma que hace que dos se arranquen las ropas a mordiscones y fogosamente se amen… con el oculto propósito biológico que la especie continúe.

Risas, humoradas, comentarios en el auditorio. Nuevas manos se levantan. Son los conservadores, puritanos, los menos liberales que desacuerdan sosteniendo que el amor es más fuerte.

-Se extiende más en el tiempo, pero no más poderoso. Es como comparar un mar calmo con un pequeño pero bravo río.

El profesor develó la respuesta, los alumnos quedaron captados y la Adjunta no logra adivinar hacia dónde se dirige el primero. El docente vuelve a secar su frente, introduce el pañuelo en el bolsillo equivocado y recuerda que allí depositó la perfumada carta. Sabe que debe apurar sus pasos y resolver el dilema.

-Estar enamorado es “dar lo que no se tiene a aquel que no lo es” como dice Lacán. Porque ofrecemos una versión de nosotros que no concuerda con la diaria. Y vemos al otro idealizado, sin mácula, cuando en realidad tiene varias. La naturaleza practica la excepción en la regla, suprimiendo nuestro Yo narcisista, que nos protege, en busca de ese objeto amado… y de esta forma llegar a las historias de cama. Camino de glorificación por el otro, olvido de uno mismo. En vez de salvación, muchos solo consiguen la perdición. Ya lo dijo Freud “En la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos” Por suerte, cuando descubrimos las miserias en el otro, deja de ser un Dios para mostrarse… simple mortal; y si lo aceptamos tal cual es, fallece el enamoramiento, surge el largo, perdurable y placentero amor. En palabras de Buda “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”.

Los alumnos concuerdan con lo expresado, aunque más de uno recuerda haberlo leído en otro lado. Lo que ignoran, son los motivos por lo que su profesor lo ha citado.

-¿Y en esta familia de actuaciones encubiertas, saben ustedes cual vendría a ser el hermano malo del enamoramiento?

Todos se miran, pero esta vez nadie arriesga. Ya no quieren un NO como respuesta. El profesor sentencia.

-¡El adulterio!; ¿se sorprenden? De qué otra manera la naturaleza  puede aspirar a potenciar sus chances de supervivencia, si no es tentando por igual a célibes y a enlazados con la fuerza del enamoramiento. Piénsenlo. Para quien a jurado fidelidad de por vida, el amor lo calma, lo sosiega, lo devuelve al ser racional original. Pero basta que el código de atracción se reinicie con otro cuerpo, para volver a sentir ese loco alucinar de sentirse necesitado y necesitar del otro; y ya no queda otra alternativa… que traicionar lo social y dejarse llevar por lo natural. ¿Pero saben una cosa? El enamoramiento no es igual al adulterio, porque mientras el primero se rige por reglas limpias, el segundo siempre, pero siempre contrae consecuencias desastrosas.

El profesor ha dicho justamente lo que ha venido a decir. Aparta el micrófono de pie de su mano con el anillo consagrado. A su costado, la profesora adjunta ha entendido el mensaje, y una lágrima rueda en sus mejillas hasta sus labios rojos perlados.

Autor: Guillermo Pegoraro

Nacionalidad: Argentina

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalféizar.com

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