El mejor de los sueños

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Era un día tan radiante que se hacía urgente usar la palabra esplendido. Dos jóvenes habían escapado de casa, su mocedad recién engendrada combinaba con el paisaje lleno de árboles verdes y agua clara, la ciudad se había quedado atrás, ese gris asfalto que te dice a gritos en la calle que estás muerto, ya no estaba, seguía lejos adornando las rutinas.

Verónica desato sus zapatos, como diciendo que sus pies se iban a establecer por tiempo indefinido en la hierba, los introdujo en el verdor y de su rostro brotó una sonrisa infantil, fue casi una reacción química, algo así como la efervescencia, sus pies que se veían muy rosados eran todo un culto a la carne, el sol coloreaba sus mejillas como el mejor pintor impresionista.

A dos metros estaba un joven llamado Adrián, tenía unas facciones dulces, una barba indecisa, y ojos azules imitación del cielo. Abrieron sus morrales, ella con sus pequeñas manos empezó a sacar una a una frutas de todos los colores, olores y sabores: fresas, mangos, mandarinas, kiwi, uvas, peras, manzanas, sobre una pashmina de cuadros rojos, era todo un espectáculo para los ojos, él se sentó, de su morral sacó una botella de vino, para sorpresa de los dos ninguno había llevado sacacorchos, se miraron con ojos chiquitos y rieron por un buen rato, cuando la risa se hizo innecesaria, se dieron un beso más dulce que el vino y de su embriaguez nació el tacto.

Pasaron unas horas, él no podía evitar respirar como si manejara un auto a toda velocidad, estaba con ella, y la felicidad a veces da miedo. Hacía mucho calor y el agua del río sonaba mientras acariciaba las rocas, los estaba llamando, no lo pensaron mucho y fueron a refrescarse, sin advertir que no tenían más ropa, y todo lo que tenían puesto era de algodón. El agua esculpió sus formas, la naturaleza como siempre la mejor artista del universo, no pudieron evitar observarse como si se les revelara un secreto, él pasaba saliva como tragando a las malas el deseo de amarle atrapado en su garganta.

La noche cayó rompiendo la tarde en pedazos, se abrazaron temblorosos, un beso en la frente cerró la escena, todo se oscureció como si hubieran apagado la luna, ella corría buscando a Adrián, lo perdió de vista en un segundo, empezó a llorar desconsolada, se desplomó.

Verónica se despierta, ve la foto de su difunto Adrián entre sus manos pecosas y arrugadas, hacía mucho tiempo que no soñaba, bendijo el sueño, era lo mejor que le pasaba en días, ya ni su gato volvía a casa, su cronograma era ver por la mañana al hombre que entrega el periódico, en la tarde al que reparte los almuerzos y por la noche ver la luna destrozando la conciencia de algún borracho. Después de una larga reflexión frente a su ventana, ella resuelve que cuando ha pasado tanto tiempo, cualquier recuerdo puede convertirse en el mejor de los sueños.

Autora: Diana Paola Jiménez Sánchez

Nacionalidad: Colombiana

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

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Editado en: edicionesalféizar.com

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