La niña del vestido blanco

32utdCuando la vi sentada en su pupitre sabía que este año había venido diferente. Su tez morena bronceada, hacia resaltar su vestido blanco como las estrellas cuando iluminan las noches de verano. Mientras la observaba hablar con su mejor amiga, vi que sus ojos color miel brillaban como dos luceros y sus labios color de rosa se curvaban en una sonrisa perfecta. Ella nunca se había fijado en mí y alguna vez se habían cruzado nuestras miradas, pero ella siempre la apartaba y sonrojada miraba hacia otro lado.

-¿Me ignora? –pensé con tristeza. Durante el resto del día nuestras miradas no se volvieron a cruzar y eso me frustró.

Durante el año que duró el curso intente acercarme a ella, hablarle, decirle lo que sentía, pero ella me ignoraba.

Cada día me presentaba en clase con un poema para ella, pero unas veces por vergüenza y otras porque no encontraba el momento, lo volvía a llevar a casa mezclado entre los libros.

Al llegar la primavera sentí que era el momento de entregárselo y aprovechando que en la hora del recreo recibió un golpe, me acerqué raudo a socorrerla y allí, mirando sus ojos color miel lo saqué de mi bolsillo y se lo entregué mientras le sonreía con cordialidad.

Ella me dio las gracias por ayudarle y lo guardó en el bolsillo de su camisa expresando que lo leería más tarde.

A partir de ese día nos hicimos inseparables, lo compartíamos todo; secretos, ilusiones… Muchas veces me confiaba sus inquietudes y sus miedos a la hora de ir al instituto y siempre le sugerí que pensara con claridad y no se dejara convencer por personas que le metían pájaros en su cabeza. Le expliqué que tenía que ir a la universidad, licenciarse y tener un futuro.

Cuando llegaron las vacaciones de verano nos despedimos y prometimos vernos en el instituto. Cuando la vi alejarse con su vestido blanco, sentí la sensación de que no la iba a volver a ver en años.

Después del verano y recién cumplidos los catorce, me dirigí raudo al instituto. Cuando llegué me encontré en un sitio diferente, lleno de personas que no conocía, pero yo la buscaba a ella, necesitaba verla, contarle mis inquietudes…pero no la encontraba. Desesperado la busqué en el patio, clases, listas de alumnos…y nada, era como si se la hubiese tragado la tierra y eso me hacía infeliz.

Al llegar la hora del recreo seguí buscándola, pero nada, no había rastro de ella. De pronto vi a su mejor amiga rodeada de compañeras, pero con desazón vi que ella no se encontraba entre ellas. Cuando su amiga me vio me hizo una señal y veloz me dirigí hacia ella. Corrí lo más rápido que mis piernas me permitían, avanzaba torpemente entre el resto de alumnos tropezando y llevándome algún exabrupto, me daba igual, solo quería saber dónde se encontraba ella. Al llegar le pregunté con zozobra y me dio la noticia que no quería escuchar.

Me contó que sus padres se habían tenido que mudar a la ciudad por motivos de trabajo y que la habían matriculado allí, luego me apuntó que la casa del pueblo la habían vendido y que al despedirse le dejó la sensación de que no iba a volver.

Al escuchar la noticia noté un sentimiento amargo y un dolor fuerte en mi corazón, sentí que mi mundo se derrumbaba y eso me puso triste.

Después de darle las gracias por la información me despedí de ella abatido y escuchando que sonaba el timbre me dirigí a clase.

Han pasado diez años, después de terminar el instituto me licencié en económicas y con un compañero de la universidad abrimos una asesoría en la ciudad.

Una mañana del mes de mayo me dirigí andando a la oficina, pues era “la Fiesta de los Patios” y era muy complicado circular por la zona. Mientras me dirigía hacia allí noté una sensación que no había sentido nunca, percibí un estremecimiento que me hizo ir por otra ruta. Mi oficina se encontraba en el barrio de la judería y siempre rodeaba para no cruzarme con grupo de turistas que visitaban “los patios” y que al ser tan numeroso me atrasaban en mi paseo matutino hasta mi despacho.

Al pasar por una de las estrechas calles me vino un intenso aroma a jazmín y al azahar de los naranjos, observé que venía de uno de los patios que se encontraba a mi lado. La puerta estaba abierta y el embriagador olor me hizo asomarme. A posar mis ojos en aquel patio observé con admiración sus paredes encaladas, a la derecha contemplé con fascinación un brocal de pozo árabe y una columna romana con arcos de ladrillo antiguo, en las paredes, colgados con majestuosidad habían decenas de maceteros azul añil por donde asomaban; geranios, gitanillas, surfinias, begonias…A la izquierda, sentada en un banco de piedra, se encontraba una muchacha que recitaba un poema a un bebé, que desde su cochecito la miraba embelesado. Durante un segundo me quedé observando a la joven y al escucharla noté como mi corazón se ponía a latir más rápido de lo normal, pues recitaba con ternura el poema que escribí para ella.

Al estar de espaldas no se percató de mi presencia y yo aproveché para escucharla y disfrutar de su belleza. Cuando vi que se levantaba y cogía al bebé entre sus brazos, aproveché para echarle un último vistazo y girándome me dirigí hacia la puerta abierta de aquel patio, no podía seguir allí, pues sentía un dolor intenso golpear mi pecho.

Cuando me dirigía hacia la puerta, noté que ella se giraba y se percató de mi presencia. Yo seguí andando y me llamó por mi nombre, con esa voz dulce con la que siempre me llamaba. Yo me giré y la miré, estaba preciosa, sus ojos color miel centelleaban con vivo esplendor y sus labios color de rosa tenían un brillo que hizo deleitarme con su fulgor.

La observé que dejaba con mimo al bebé en su cochecito y abriendo los brazos se dirigió hacia mí fundiéndonos en un abrazo sincero, un abrazo apasionado, un abrazo por el cual pasó por nuestras mentes los años que habíamos estado sin vernos y rodeados de esa belleza que nos envolvía nos besamos. Nos besamos con pasión y ternura como si fuera nuestro primer beso. En ese instante teníamos la misma necesidad el uno del otro.

Después del largo beso nos cogimos de la mano y muy despacio, como dos enamorados nos dirigimos al banco, allí sentados me confesó lo mucho que me había echado de menos y las veces que había leído mi poema. Cuando observó que miraba al bebé con expresión ausente y confusa, comenzó a reír, expresando con brillo en sus ojos, que era su sobrino.

Autor: Alfonso Rebollo García

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

20150912_201047 - copia

Publicado en: www.edicionesalféizar.com

Anuncios
La niña del vestido blanco

2 comentarios en “La niña del vestido blanco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s