Carla en Nerja

32El hombre cayó por el Balcón de Europa hasta la playa, muriendo al instante. Alguien huyó entre el gentío de turistas alarmados, que llenaban esa tarde el mirador de Nerja.

Los bañistas de abajo, en la playa, se llevaron un buen susto al ver caer el cuerpo. Se agolparon alrededor del cadáver y llamaron a la policía.

La policía llegó en seguida. Acordonaron y registraron el cuerpo para identificarlo.

─Era un agente del CNI, se llama Díaz ─dijo un subinspector de la Policía Nacional al ver su documentación─. Y tiene el teléfono móvil junto a él. ¿Qué estaría haciendo aquí?

─Buscaba a alguien ─repuso el capitán de la Guardia Civil─. Alguien que se lo ha quitado de encima. La semana pasada nos avisó la Interpol de que llegaba un nuevo pederasta a Nerja, de los muy peligrosos, disfrazado de turista.

El subinspector se marchó ofendido: la Guardia Civil no les había avisado. ¡Maldita dispersión policial! Que buscaran ellos entonces al pederasta entre la masa de guiris.

Mientras tanto, en la parte alta de Nerja, el tipo huido llegaba a la urbanización de Capistrano, decenas de apartahoteles con piscina. Subió las escaleras hasta su apartamento en el segundo piso, mosqueado porque La maldición de Capistrano fue la primera novela de Johnston McCulley en 1919, luego famosa por la película La marca del Zorro.

Al abrir la puerta, se encontró con la mujer de la limpieza dentro. ¿Qué hacía allí por la tarde? Además, era joven y guapa, le miraba fijo.

El tipo sacó la navaja con la que intimidaba a los niños. Se le había ocurrido una brillante idea. Acorralaría a esa jugosa chica y abusaría de ella hasta matarla.

Carla arrancó el fregón del palo y se la arrojó a la cara. El tipo se desconcertó. Carla agarró el palo amenazante, que tenía una cuchilla en la punta, y le dijo:

─Ha llegado tu hora, David Walk. ¿O ahora te llamas Elliot Tanner?

─¿Cómo sabes eso?  ─acento británico─. ¿Quién eres tú?

─Mi colega me llamó desde el Balcón de Europa. Me dijo que estaba en peligro y la llamada se cortó. ¿Lo mataste también, como a esos siete niños ingleses y ahora españoles?

Tanner atacó para pincharla con la navaja. El largo palo de Carla llegó antes. Le asestó una buena cuchillada en el costado, aunque no acertó en el corazón.

El tipo retrocedió sorprendido, mirando manar su propia sangre. Estaba acostumbrado a dañar a los demás, no a ser atacado. Comprendió que estaba ante una profesional.

Corrió hasta el balcón para salvar su vida. Tomó impulso, saltó la baranda y se precipitó abajo. No se rompería la cabeza, estaba la piscina.

Se zambulló en el agua como buen nadador. Carla se asomó al balcón, pensando la mejor opción en instantes, algo común en su oficio.

Si saltaba también, el tipo escaparía. No era tan buena nadadora y quizá se rompería la crisma. Pensó algo mejor. El tipo tenía que salir de la piscina para seguir huyendo.

Al aferrarse Tanner al bordillo, Carla le arrojó el palo cual lanza.

Se la clavó en la espalda. El tipo se resintió, mas era un inglés fuerte. Se echó sobre el bordillo, se quitó la lanza, se levantó con esfuerzo y echó a correr hasta la calle.

Esa misma tarde convoqué a mis fieles Prieto, Redondo y Castilla, el equipo especial del CNI de Ojos de España en el Sur. El pobre agente Díaz ya era cadáver. ¿Cómo íbamos a encontrar al pederasta inglés, aun herido, entre la masa de guiris y hoteles?

La díscola Carla tampoco estaba. Se le había ocurrido una idea.

Fue a la Cueva de Nerja, donde hasta las 20’00 horas estaba la mayor concentración de guiris. Husmeó por los alrededores y acertó: Al verla, Elliot Tanner se levantó con esfuerzo de un banco junto a las taquillas. Estaba esperando a un amigo para fugarse en coche. Ahora tuvo que cambiar de planes. Se coló por la larga fila de turistas y entró en la cueva.

Carla también se infiltró a empujones, ignorando los gritos indignados de la cola.

Bajó a la caverna, corriendo entre grupos que se hacían fotos con los móviles.

Tanner le llevaba ventaja, aunque iba herido. La cueva estaba poco iluminada y se ensanchaba cada vez más. Sus altas estalactitas y estalagmitas parecían columnas caprichosas que no hubieran diseñado ni la imaginación de veinte Gaudís o H. R. Gigers.

En los pasadizos de cemento, los turistas se apartaban alarmados al paso de Tanner y luego de Carla, que perseguía cada vez más cerca al pederasta herido.

─¡No me cogerás vivo!  ─gritó con acento Tanner.

Saltó con pesadez por la barandilla del pasadizo, pensando que podría escapar por las partes de la cueva vedadas a los turistas, y que él conocía bien.

Cayó por una estrecha sima. Un breve alarido y un golpe. Murió en el acto.

─Pero te atraparé muerto  ─dijo Carla, en su desagradable tono chillón.

Autor: Manuel del Pino

Nacionalidad: Española.

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

FOTO

Publicado en: www.edicionesalféizar.com

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