Por el boulevard de los sueños rotos

32“Por el boulevard de los sueños rotos, moja una lágrima antiguas fotos y una canción se burla del miedo…” Lucas canta con su voz quebrada por vicios insaciables de tantas noches de desvelo, alcohol y mujeres de mala reputación. Noches que acumulan ensoñaciones que se niegan a desaparecer y que, juguetonas, resisténdose a morir, siguen latiendo detrás de la delgada línea que separa lo real de lo irreal. Mientras sigue escuchando risas cercanas, pasos, voces, imágenes que hace años había olvidado, desperdigadas por unos lamentos amargos, esos llantos sin motivo ni razones que quedan atrapados en sus recuerdos, como la odisea de haberla amado más allá incluso de la locura; más allá de sí mismo, más lejana de ti: Marta, Marta, su querida Marta. La amaba de manera peligrosa, cómo el loco que duda de su falta de cordura, atrapado por unos ojos verdosos tan peligrosos como esos silencios que ahogan cuando te hacen una pregunta comprometida que sabes que, según sea la respuesta, de ninguna de las dos opciones saldrás ileso. Una extraña sensación anónima que se apropia de su ser, de sus fuerzas, que rebelde obliga a quemar los pecados en la hoguera de la pasión resquebrajada, donde la única verdad es tan absurda y absoluta, que apenas tiene dudas; ni tiene cabida en el renacer cada nota que se contonea al ritmo de unas caderas bañadas en alcohol que emborronan las líneas rectas del pentagrama.

Y ella se aferraba a su recuerdo, riéndose, haciéndole sentir frío bajo la espectral luz de una cada vez más decepcionada luna, con lágrimas guardadas que dudan entre salir o morir en el intento. Entonces la música cesa, el silencio se acopla adueñándose en su mente. Los aplausos explotan como lo hacen los efectos de su recuerdo. Lucas deja de sudar. Todo regresa a la normalidad. Todo, incluido los aplausos, que cada vez suenan como más lejanos, apagados, casi sin vida quedando un amago de sonrisa. ¡Sí!, el artista sonríe para sus adentros a la espera de lo que viene a continuación; y sabe que allí estará ella, clavada en sus dilatadas pupilas, donde siempre, y recordará aquella promesa que le hizo.

—¿Dónde está la canción que me prometiste cuando fingías ser poeta?

—Terminaba tan triste que nunca la pude empezar.

Mientras enciende otro cigarrillo y deja que el humo difumine su sonrisa por el boulevard de los sueños rotos.

Autor: Juan Antonio Marín Rodríguez

Nacionalidad: Española

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Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

 www.edicionesalféizar.com

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