Bajo la lluvia

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Es otra calurosa noche de enero en Chillán. Antes de dormirte me dijiste con alicaída esperanza, o sólo por decir algo, que te encantaría un día de lluvia, uno solo nada más, para descansar un poco del calor de averno de este verano. A mí el calor no me permite dormir, la ventana abierta deja entrar a un aire tímido que no es suficiente para refrescarme, el ventilador que gira de un lado a otro sobre el escritorio tampoco es suficiente para refrescarme y bajo esta doble insuficiencia lanzo el cobertor y las sábanas hacia atrás de una patada y ambos quedamos descubiertos. Nuestros pies están entrelazados, más bien los míos sobre los tuyos, tu pecho que se mueve como un mar en calma y entonces por enésima vez ralentizo mi respiración, cierro mis ojos, volteo hacia tu costado y paso mi brazo sobre tu cintura en busca del sopor esquivo. Vuelvo así a los días de invierno, aquellos íntimos días juntos en que corremos bajo la lluvia por las calles de mi Valparaíso a refugiarnos bajo una cornisa o un árbol, y de cornisa en cornisa y de árbol en árbol, entre beso y beso, llegamos al parque Italia y miramos a calle Pedro Montt y observamos  el ventanal del tercer piso donde vivimos. Para allá vamos con los pies entumecidos a preparar vino navegado y sopaipillas pasadas, pero sin calentar mucho el vino y no pasar demasiado las sopaipillas, el vino navegado nos gusta con algo de alcohol y a mí no mucho la chancaca. Cuando ya no queda una gota de vino en la olla de greda y ninguna sopaipilla abres el ventanal de golpe y dejas que el aire húmedo y violento te abofetee la cara, con pereza me alzo del cojín del piso para imitarte y nos ponemos a hablar (recordar) con risas del inicio de este amor, un amor que en un principio era de andenes y terminales, hijo de los asientos incómodos de un bus y de las escuetas llamadas telefónicas, amor que burbujeaba, vivía y ardía fines de semana por medio vestido con los trajes de tu Chillán o de mi Valparaíso o disfrazado de alguna ciudad neutral visitada en nuestros escapes mágicos, envuelto en sábanas de hoteles y amaneceres siempre diferentes, pero en el fondo iguales, y bajo estos amaneceres despertábamos y hacíamos el amor aplicadamente a modo de desayuno o postre adelantado y después salíamos a perdernos en caminatas fantásticas en tu Chillán o en mi Valparaíso o en una de estas ciudades neutrales y de día o de noche nos enfrascábamos en amistades efímeras, o jugábamos con alguno de los infaltables perros que nos seguían, o intentábamos convencer a los gatos que desconfiados nos observaban de las escaleras porteñas o los techos de Chillán para que se acercaran y terminábamos en alguno de aquellos bares que en cualquier circunstancia nos parecían únicos aunque la cerveza estuviera irreductiblemente tibia, luego comíamos con avidez papas fritas o pizza en algún nuevo boliche descubierto, regresábamos somnolientos por la comida y por ese mareo que no alcanzaba a ser borrachera y hacíamos el amor como si al día siguiente nos fueran a electrocutar. Y entonces das un salto, yo no sé si es por el vino o la lluvia o los recuerdos pero me dices que quieres salir y ver el oleaje en muelle Barón, tomas una de las tantas bufandas que tienes, esos guantes que compraste en nuestro viaje al Colca, aquel camino al cielo en que no pudimos ver a los cóndores, capricho innoble de los dioses Incas, y bajas la escalera como montada sobre una nube y yo te sigo sin bufanda ni guantes, pero con un largo abrigo negro hasta las rodillas. La lluvia abajo nos recibe con caricias feroces y corremos hasta el muelle que parece encorvado por los azotes del temporal. La osadía o la estupidez me poseen y te tomo del guante e intento llevarte hasta los rompeolas pero te resistes con una sonrisa,  aunque no me lo dices sé que te da miedo la furia del viento o ser arrastrada por una marejada a las profundidades marinas, pero finalmente accedes cuando te digo, no muy seguro de lo que estoy diciendo, que conmigo nada te sucederá. De casualidad he traído una máquina fotográfica dentro del abrigo y entonces se me ocurre una idea brillante. La lluvia y la espuma de las olas que rompen furiosas nos van empapando hasta el alma y así es como viene una marejada que se asemeja a una muralla indestructible de agua salada y me olvido completamente de la foto. La ola se hace mil pedazos contra el rompeolas e infinitos escombros de agua gris se nos vienen encima, a nuestro alrededor la luz languidece y de un momento a otro nada conseguimos ver. Los escombros nos van sepultando, un ahogo nos invade, hay agua en todas direcciones y en nuestra desesperación nos abrazamos y gritamos aterrorizados. Castañean nuestros dientes y tiemblan nuestras manos por el frío. Nos miramos fijamente aún abrazados, en nuestras pupilas todavía se encuentra vivo el pavor, algunas algas nos cuelgan por entre el cabello que chorrea, también la piel nos chorrea y algo me dices que no logro entender por el ruido del ventilador que gira, el calor que nos abrasa nos va secando la piel y el cabello, las cuatro paredes de tu pieza nos tranquilizan y observamos entre suspiros la noche estrellada de Chillán por la ventana abierta.

Autor: Mario Hernán Medina Jorquera

Nacionalidad: Chilena

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

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