El canto del gallo

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!Otra mañana!, pienso al despertarme aún seguro de que no habrán dado las seis, mi hora habitual; unos minutos antes de que se oiga en la lejanía la suave melodía de aquel gallo que algún vecino decidió indultar un día para mantener a todo el barrio alerta del amanecer.

Me asomo al balcón y abrazo la sensación de que aquel día iba a sorprenderme con algo nuevo, alguna historia fuera de lo corriente en la que tuviera que poner toda mi colaboración para que así sucediera, para que llegara ese momento deseado o no.

Estaba decidido, dejarme llevar por mis emociones más interiores y abrir la censura que impedía exteriorizar mi sonrisa y destronar su eterna figura, la misma que había pesado como una loza sin dejarme respirar, ser yo, avanzar.

¡Soy joven! -me dije –¡solitario, pero aún joven!, mientras que desde el balcón se adentraba un cielo gris, nuboso y triste.

Me niego a sentirme siempre igual, pensé, echaba tanto de menos el sol, la luz, los colores y la alegría del verano, ansiaba con la calidez y el refresco de aquellas tardes de verano.

No debí de aprovechar el tiempo y ahora creía pagar las consecuencias, ¿cómo pudo pasar tan rápido el tiempo compartido? -me preguntaba mientras celebraba cada aniversario de su adiós, aquel mudo adiós que no pude responder porque el maldito destino me negó su oportunidad.

Había hablado mucho con gente, entre tanto, de lo solo que me sentía y aún más me abandonaban, nadie podía entenderlo, aunque solo con decirlo ya me sentía acompañado. Sabía (estaba seguro) que lo peor que se puede hacer ante los problemas era quejarse, había que buscar las experiencias, la parte positiva que todos lo tienen, asomarse a la realidad y afrontarla con pies de plomo; parecía fácil.

La vida no es siempre como uno quiere, eliges a quien amas pero no a quien pierdes, y yo era el dueño de la oscuridad de mi alma aún con certeza de haberme enamorado de la persona equivocada.

Estaba decidido y no pensaba dar marcha atrás, aquel día iba a ser diferente, aquella propuesta no me había dejado inerte y tenía que volver a remover todos mis mejores pensamientos, me dirigí hacia la habitación de mis recuerdos olvidados, abrí el cajón de mi viejo escritorio y rescaté aquella caja de madera que un día decidí dejar guardada. “OLD SCRIPT”, aún se apreciaba en una placa que adornaba el polvoriento envase de mi abandonada arma.

La abrí con cuidado y la volví a acariciar, no antes de asegurarme que su sangre aún no se había secado, asegurarme de que aún podía plasmar y correr como cuando decidí dejarla allí reposar.

Miré de nuevo por la ventana, me acomodé, el cielo comenzaba a brillar con otro tono (parecía estar dispuesto a abrir otra puerta) y comencé a crear luz con mis palabras, frases capaces de romper el miedo, letras con gestos, con miradas que llenaban el vacío de cada sílaba.

Tal vez su propuesta no fue nada desafortunada, volvió a mover todas mis inquietudes, me acordaba del gallo que nos alertaba “Antonio”, creo que me dijo un día que se llamaba aquel vecino, lo cierto es que hoy había vuelto a despertar en mí el paraíso que creaba mi salud mental gracias a las palabras.

Autor: José Vargas

Nacionalidad: Española

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

edicionesalféizar.com

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