En el camino

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Cuando cabalgas de noche en el campo, no lo haces solo. Algunas veces te acompaña el sonido de los grillos, el canto de las aves nocturnas, el brillo de las luciérnagas, la canción de cuna del arroyo o la queja del árbol que cae bajo el hacha asesina del leñador. Otras veces quien te acompaña es miedo, aquel cuya compañía jamás se desea. Esa noche yo cabalgaba sin la compañía acostumbrada, ansioso por llegar a casa, por besar a mi mujer y contarle sobre el resultado de mi viaje. Me había ido muy bien y traía muchas cosas buenas para vender: carne de un venado y un saíno que acababa de cazar, pomada de macuá, cortes para camisas y pantalones y unos radios de onda corta. Mi caballo se movía con buen paso, a pesar de las alforjas atiborradas de mercancía. La luna estaba llena y me iluminaba desde atrás, proyectando sobre el camino una sombra que me hacía parecer uno con mi bestia. El camino estaba despejado y desierto, impregnado de la tranquilidad de la noche, silencioso como nunca y largo como siempre. Mientras cabalgaba, me preguntaba cómo estaría mi mujer y cómo estaría la casa. Estos pensamientos no duraron mucho, pues allá, a lo largo, al final del camino, pude ver a otro jinete que venía en dirección opuesta. La luna trataba de iluminarlo y digo trataba porque a pesar que sus rayos lo impactaban directamente, su figura permanecía en la  oscuridad. Pero sus ojos, ah, esos ojos brillaban con intensidad. Por más que apuré el paso para encontrar al jinete, parecía como que este nunca se movía de su sitio.  Además, mi caballo empezó a inquietarse con la proximidad de aquella figura. Me pareció que el tiempo se detenía y empecé a marearme. Hasta que al fin, el jinete pareció avanzar en mi dirección. A medida que lo hacía, una bandada de monos empezó a columpiarse en las ramas de los Guanacastes cercanos y a gritar locuras en su idioma, mientras yo, sudando como chancho, empuñé el escapulario que colgaba de mi cuello mientras balbuceaba una oración infantil. Solté un momento las riendas y me llevé la mano a la pistola en mi cinto. Listo para lo peor, tragué grueso y al hacerlo sentí un sabor metálico en mi boca. El jinete nunca llegó a mí, pues cuando estaba a punto de alcanzarlo, se desvaneció carcajeándose en un remolino de humo, como cuando se quema un papel periódico y los trozos quemados se liberan al viento. Nunca pude ver su cara con claridad, pero sus ojos se encendieron más que nunca cuando estaba a unos pasos de mí. Esa risa me atormenta hasta el día de hoy cada vez que paso por el lugar. Con su desaparición, volvieron los ruidos habituales del camino; los grillos retomaron su canto y las hojas de los árboles volvieron a mencionar los nombres de sus ancestros. Bajé del caballo, jadeante todavía, sin soltar el escapulario que había enrojecido la palma de mi mano por la fuerza con que lo apretaba.  Apoyé mi cabeza en la montura y respiré lentamente para recuperarme. El caballo seguía inquieto y tuve que agarrar bien las riendas para que no se moviera. Su respiración era como la de alguien a quien le han disparado en el estómago. “Tranquilo, tranquilo”, le dije, como si de verdad entendiera mi lenguaje.  Volví a montar y con la vista busqué al jinete y a los monos que se habían alborotado con su paso, como si fueran guardianes que lo cuidaban en su trayecto.  No había señal de ellos, tan solo un olor penetrante como el de una letrina que ha pasado siglos sin una palada de cal. Aún de noche, pero con las primeras luces empezando a clarear llegué a mi casa y me regocijé al sentir el olor a café y ver el humo que salía de la cocina. Mi esposa, parada en la puerta con un hachón de ocote encendido, me recibió con alegría y un tarro del café más rico que jamás probé. La besé y la abracé con mucha fuerza, feliz de volver a verla después de tanto tiempo.  Le conté sobre mi viaje, los resultados de la caza y las compras que nos servirían para salir a flote unos cuantos días, algo muy importante en esos momentos pues esperábamos a nuestro primer chavalo. No quise contarle sobre el extraño jinete y la horrible experiencia que había vivido. Ansioso por mostrarle los resultados de mi viaje, solté las alforjas y las puse sobre el molendero. Al abrirlas, mis ojos no podían creer lo que veían. La carne de venado y la del saíno estaban colmadas de gusanos, los radios tenían quebrado el dial y los cortes estaban hechos harapos. Llorando desconsoladamente, mi mujer hizo la señal de la cruz en su frente y yo traté de calmarla en la medida de mis posibilidades, pues el olor a azufre era insoportable…

Autor: Danilo Rayo

Nacionalidad: Nicaragüense

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

danilojoserayobenavides

www.edicionesalféizar.com 

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