La Riada

11

El viento peina el río provocando bravas crestas que terminan por agitar los pajonales de la orilla. Pequeños remolinos giran en la playa. Van, vienen, saltan y se elevan hasta limpiar los techos vecinos. La rambla quedó vacía, ni los perros cimarrones han salido de sus escondrijos y las rachas obligaron a los pájaros a guarecerse entre las agitadas copas de los sauces. La lluvia golpea cómo rueca las ventanas y hace tronar las chapas del techo. Los palos que sostienen el viejo muelle del Pejerrey soportan heroicamente los embates de las olas y las tablas parecen querer desprenderse para salir disparadas por el aire. Mientras, espesas nubes negras recorren amenazantes el cielo; ¡contemplar el paisaje mete miedo de verdad! Pero lo peor de todo es ese olor.
No me gusta el invierno y menos las tormentas y para peor ésta viene con viento del sudeste. La sudestada hace crecer el río y ahí es cuando todos debemos abandonar las casillas para trepar la barranca de Rivadavia buscando refugio. En ocasiones la riada no da tiempo y tenemos que esperar que los bomberos vengan a rescatarnos. El río ya se tragó la rotonda de la Avenida Cervantes y de seguro el 98 dejó de circular por la avenida costanera.
Yo me crié aquí como la mayoría de los vecinos y siempre fue igual. Cuando niño, durante las tormentas, temblaba de miedo y de frío. Recuerdo que le preguntaba a mi padre: “¿por qué debemos sufrir el invierno?” y él respondía: “para saber que el verano existe y así disfrutarlo cuando llegue”. Siempre me pareció una respuesta conformista.
Las zanjas comenzaron a desbordarse convirtiendo los senderos en verdaderos lodazales. Fui hasta la cama donde duermen mis tres hijos para tirarles otra manta encima; el frío ya comienza a sentirse.
María se levantó y en silencio comenzó  a preparar unos mates.
— Va a ser un día de mierda…
— Ajá, será mejor qué nos vayamos preparando…
— ¡Y otra vez ese olor! —preferí hacer cómo que no escuché y seguí viendo llover.
Tomamos algunos amargos en silencio. Los vidrios de las ventanas comenzaban a empañarse mientras gruesas gotas iban abriendo caprichosos caminos sobre ellos.
— ¿Viste?, llueve con globito…
— Y viento del sudeste… — agregué; ambos sabíamos lo que significaba—. Mejor voy a hablar con los vecinos a ver si nos organizamos y vamos evacuando.
— Globitos, sudestada pero lo que más detesto es ese olor —fue lo último que le escuché decir a María antes de salir.
El viento me cacheteó la cara y el frío me la heló. La lluvia no paraba y las ráfagas convertían a las gotas en agujas gélidas qué traspasaban la ropa. Caminando con el agua a las rodillas me dirigí hacia donde se reunían los vecinos. Estaban en círculo con las manos hundidas en los bolsillos escuchando a Pedro, el puntero del barrio.
— Vayan por las familias, junten lo imprescindible y en un rato los pasamos a buscar con los botes mientras, esperemos, lleguen los bomberos…
— Che Pachín ¿sentiste ese olor? —le dije por lo bajo a mi amigo.
— Shhh ¿de qué olor me hablás?
— Nada, nada…olvídalo.
Mientras escuchaba las instrucciones qué de repetidas las sabía de memoria pensé: ¿por qué la vida es tan dura para los de la ribera? Después de todo no nos gusta vivir así. María y yo nos habíamos preparado para afrontar la vida de otra manera pero la suerte y las famosas coyunturas no nos favorecieron. Ni siquiera fuimos responsables cuando las empresas de la zona decidieron irse con la última crisis y así muchos quedamos sin trabajo y eso terminó por no importarle a nadie. Parecería que el límite de la ciudad fuese la barranca y más abajo no existiera nada ni nadie. ¿A quien le convendría diagramar una sociedad así?… no me lo imagino. Algún domingo se lo he preguntado al cura pero su discurso de bienaventurados los pobres y promesas de paraíso no me cambiaban nada; el hambre y la infelicidad continuaban allí cómo un vecino más y, para peor, el desgraciado me dejaba con un sentimiento de resignación que duraba hasta que la rabia volvía a invadirme.  De nuevo retumbó en mi cabeza la voz de mí viejo: “el invierno no es lo mismo para el pobre” ¿y con eso qué?, ¡patético conformista!
Fui a la casilla y mientras levantábamos a los chicos pude ver por la ventana cómo se aproximaban los botes. Con el agua ya a la cintura y tratando que no se mojaran las mantas los fui subiendo para después ayudar a María. En el bote ya había media docena de vecinos. Yo no subí, preferí caminar junto a él  y dejar sitio para algún otro qué lo necesitara más.
— ¡Que olor de mierda, lo odio! —protestó María, casi cómo si desgarrara con la queja su garganta.
— ¿De qué olor hablas María? —dijo Yolanda sin soltar el atadito de ropa.
— ¿Cómo de qué olor?, pero ¿nadie lo siente?
El bote seguía cabeceándose  cómo una sierra para cortar las aguas que venían llenas de basuras arrastradas por la riada.
— Ya está bien María…si no lo sienten…no lo sienten —dije.
— No Carlos; no es que no lo sienten… ¿no te das cuenta?, ¡ya se han acostumbrado a él!
Es que a María y a mí; el olor a la pobreza nos resulta insoportable.

Autor: Néstor Rubén Giménez Árias

Nacionalidad: Argentina

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Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

www.edicionesalféizar.com 

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4 comentarios en “La Riada

  1. Hernan Torres dijo:

    Me encanta el relato enmarcado por la situación actual de muchos países con los cambios de clima y la crisis económica como social, así como la relación de padre he hijo, cuando el concepto de vida es diferente por las nuevas generaciones y , todo lo ven diferente.
    también me gusto mucho el manejar de que olor se estaba hablando y mantener la atención en todo el relato , para así declararlo hasta el final…..

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  2. María D. Coca Rodríguez dijo:

    Me encanta tu relato Hector. Como describes una situación tan dolorosa y actual, y como reflejas la impotencia que produce la actitud pasiva de una sociedad que acepta su destino sin resistencia.

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