Duncan

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La noche se presenta otra vez tranquila, la gente va y viene por la calle en dirección a sus hogares soportando el peso de un largo y duro día de trabajo sobre sus espaldas. El intenso pero seco frío consigue que todos lleven sus abrigos puestos y bien abrochados, y mientras una mano intenta conservar el calor dentro de uno de los bolsillos, la otra sostiene un paraguas cerrado, señal de que ha llovido y de que amenaza con hacerlo de nuevo. Es fácil y cómodo estarse quieto mientras la calle va perdiendo vida cuando estoy observando a través de la gran ventana de mi despacho mientras sostengo una taza de té bien caliente, y el calor que emana del fuego de la chimenea impide que lleve puesto algo más que una camisa. Tiempo y trabajo duro ha sido la mezcla que ha conseguido llevarme hasta esta posición, regento una de las más importantes y antiguas casas de antigüedades de toda Escocia. La luz hace tiempo que ha desaparecido y la ciudad se preparar para su merecido descanso, y yo, como cada noche, acabaré mi té y me iré a descansar. Todo me resulta demasiado monótono, tengo la sensación de que esta no es mi vida.

–¿Melancolía?

Su voz me trajo recuerdos antiguos, muy antiguos. Giro sobre mí sin tener en cuenta el alto riesgo de tirar el contenido de mi taza, no cae ni gota. Un abrigo con sombrero y zapatos caros se encuentra postrado inmóvil en la entrada de mi despacho, la puerta se cierra detrás de él con un golpe seco.

–Hay costumbres que no cambian, ¿verdad, Ducan?

Mi desconcierto va en aumento, aunque no lo exteriorizo.

–¿Quién es usted y cómo ha entrado aquí?

Mientras formulo la pregunta me dirijo a mi mesa y pulso el comunicador que me pone en contacto con mi secretaria.

– No te molestes, no hay nadie. Sólo estamos tú y yo, otra vez.

Esa voz, no consigo situarla, pero no es la primera vez que la escucho. Con dos largos y decididos pasos se acerca hasta la mesa sacando un sobre del interior del abrigo.

–Quien soy ahora no importa, quiero que encuentres esto.

Desvío la mirada hacia el sobre y lo abro. De él saco una hoja impresa con la fotografía de un objeto, un colgante con un medallón en forma de octógono y una piedra redonda engarzada en el centro, la piedra brilla de una forma extraña, supongo que será por la luz del flash al hacer la fotografía.

–¿Qué es …? –ha desaparecido.

Vuelvo a mirar la foto, ya he visto ese objeto antes, pero ¿dónde?

Mi vida pasa día a día sin ninguna sorpresa ni perspectiva de cambio. Lo único relevante de los últimos meses, por no decir años, ha sido la visita de aquel hombre que me encargó de una forma un tanto extraña la búsqueda de un colgante, un hombre que despertó en mí algunas sensaciones que hacía tiempo que no tenía. Todos los días invierto varios minutos en observar el sobre que situé en una de las esquinas de mi mesa intentado recordar por qué la voz de aquel extraño no me resulta del todo desconocida, y por qué recuerdo con tanta exactitud todos los grabados del colgante, e incluso recuerdo su peso, su frío tacto y el cautivador brillo de la gema engarzada. Cierro los ojos y mi mente se refresca y empiezan a aparecer recuerdos lejanos, recuerdos de una vida de riquezas y poder, una vida sin preocupaciones, sin temores, pero una vida vacía de emociones, una vida en la que el único reto es contestar a una pregunta: ¿qué me apetece hacer esta noche? En ese momento caigo en la cuenta de que mi vida ha transcurrido siempre a oscuras, lejos de la luz, más bien huyendo de ella. Me viene a la mente trozos de una vida que no parece ser la mía, pero que sin embargo me resulta muy familiar. Recuerdo una sala circular, enorme y fría, grandes asientos bordean sus lindes, todos iguales menos uno, justo al otro lado de dos grandes puertas, en lo alto de un pequeño y escalonado altar se alza majestuoso un hombre sentado en su magnífico “trono” flanqueado por dos réplicas más pequeñas. Separa los brazos señalando a ambos lados con las palmas hacia arriba. Un hombre y una mujer aparecen de la parte posterior, deteniéndose justo delante de los asientos. La mujer hace una reverencia como muestra de respeto a los asistentes. El hombre mira de un lado a otro de la sala como pasando lista a los asistentes, cuando acaba sonríe y habla.

–Bienvenidos a esta nueva reunión, la cuarta de nuestra era. Todos sabemos por qué estamos aquí. Los ataques contra nuestro pueblo se están multiplicando y cada vez son más efectivos. Las tierras de Duncan son las que más tiempo llevan soportando esta situación, por ese motivo y sin más preámbulo le cedo la palabra a mi primo –me señala con la mano y hace un gesto de asentimiento con la cabeza, seguidamente se sienta.

El eco del espeluznante sonido que emergió de mi garganta duró un par de segundos, me encuentro levantado, apoyado con las manos sobre mi mesa, algunas gotas de sudor caen sobre el escritorio, respiro profundamente, ahora soy capaz de situar esa voz.

–Hola, primo.

El temor y la sorpresa acampan por doquier en mi mente, mi respiración se acelera de forma rápida y gradual.

–Parece que has visto un fantasma –sus sarcásticas palabras no me hacen ninguna gracia, es más consigue encolerizarme–. Veo que has hecho bien tu trabajo, has encontrado el medallón.

–No he encontrado nada –pienso mientras una punzada hace que apriete mi mano derecha contra el pecho e intento encontrar el camino hasta mi sillón, me dejo caer sobre él como un peso muerto, mi respiración es rápida pero se mantiene, y mi pecho arde, me quema, la expresión de mi rostro es señal más que suficiente de que el dolor empieza a ser irresistible, aprieto mi mano aún más. Ese hombre, mi primo, se acerca decidido y con un gesto de sus brazos consigue inmovilizarme, aparta mis manos sin tocarme y cerrando el puño derecho y girando la mano hace que mi ropa se desgarre dejando al descubierto mi pecho. El calor hace que mi piel empiece a desgarrarse justo en el centro, en la base del esternón. Mi caja torácica se dilata y se contrae de una forma alarmante y una grieta ensangrentada empieza a surgir, levanto la mirada y ese hombre sigue tirando de mí sin tocarme, sus ojos, rojos como el atardecer no muestra compasión alguna, un alarido se escapa de mi garganta a la par que una explosión surge en mi pecho, ya no quema, el dolor ha desaparecido.

–Aquí estás, mi búsqueda al fin ha concluido

Le miro pero mis ojos encuentran otro objetivo, el medallón de la foto está ahora flotando en el ambiente, girando despacio y mostrando todo su esplendor, el brillo de la piedra central es cautivador. Con un movimiento rápido de su mano hace que el medallón se encuentre con ella como si de dos imanes se tratara, lo observa como si fuese un gran trofeo, la expresión de entusiasmo y alivio es evidente en su rostro. Bajo la mirada cayendo en la cuenta de que tengo el pecho abierto, ¿¡qué, no lo está!? Paso mis liberadas manos por él y no hay nada, ni una señal. Algo ha cambiado, mi respiración es normal, y los latidos de mi corazón son lentos y pesados, me levanto de mi asiento extrañado, ya no siento furia, ya no siento nada.

–No recuerdas lo que es esto, ¿verdad?, has vivido toda una eternidad portándolo y lo has olvidado por completo, has olvidado quién eres y cuáles son tus orígenes, pero no te preocupes, yo te haré recordar.

Con un rápido movimiento, sus dedos se clavan en mi sien, me paralizo.

–Bien primo, esta es tu historia.

Mis sentimientos se van cambiando a la misma velocidad que emergen mis recuerdos. Todos los que van apareciendo son de una época muy antigua. Veo a una mujer hermosa cuya sonrisa, al mirarme, ilumina todo su rostro y siento el amor que un hijo le procesa a su madre; ahora veo a una joven, se encuentra en un cementerio arrodillada frente a una lápida, sus sollozos desconsolados encogen mi corazón, me entristece, me mira, deja de llorar y su rostro cambia rápidamente mostrando una furia indomable, se levanta y empieza a dirigirse a mí mientras pronuncia unas palabras que destrozan mi corazón.

–Tú tienes la culpa, tú tendrías que estar en su lugar.

Mis recuerdos vuelven a cambiar, ahora estoy en una sala circular donde un hombre corpulento, alto y con un porte impresionante al que llamo “padre” me mira con ojos desafiantes e inyectados en crueldad.

–¡Eres una deshonra para nuestros congéneres, te has convertido en el eslabón débil de nuestra comunidad, y por la eternidad que llevo velando por nuestra seguridad juro que eliminaré cualquier amenaza que ponga en peligro nuestra supervivencia!

Se relaja, no mucho, y cambia el tono de su voz.

–Ahora bien, por el único motivo de que eres mi hijo y el heredero de mi impero te daré una última oportunidad, haz lo que tienes que hacer, haznos sentir orgullos –asiento con la cabeza–. Tu primo Fedrick te ayudará, y se asegurará de que cumplas.

Un hombre de porte arrogante y con señales de batallas y victorias en sus ojos dio un paso al frente, siento temor y sorpresa, su rostro es el del hombre que me está atormentando desde que entró en mi despacho. Otro recuerdo, esta vez es odio y cólera lo que invade mi corazón, aquel al que llamaba “padre” se encuentra tumbado en las escaleras que soportan el trono, se encuentra vencido.

–Conozco tu secreto, tío.

Miro rápidamente al hombre que le mantiene inmóvil con la punta de su espada, es Fedrick, está hablando.

–¿Ves primo? –hizo una pequeña pausa para mirarme– Yo tenía razón, él es el eslabón débil.

Levantó con la punta de la espada el medallón que tenía colgado del cuello, el medallón de la foto.

–Este medallón vuelve humano a su portador durante el día, como ahora –su espada se hunde en el corazón de mi padre… despierto, mi furia va en aumento, Fedrick se aleja dando pasos temblorosos hacia atrás, con un fuerte movimiento de mi mano empujo a mi primo hasta hacerlo desaparecer por la ventana. Recojo el medallón del suelo y lo miro con recelo, este objeto es una fuente inmensa de poder que nos vuelve humanos de día e invencibles de noche. No lo recuperarán. Ya sé quién soy.

Autor: Antonio Asencio

Nacionalidad: España

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Duncan

La nostalgia eligió un bolero

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Tras picar al timbre, la pareja escuchó cómo se acercaban unos pasos presurosos dentro de la casa.

            –¡Ya voy! –exclamó una voz desde el interior mientras giraba la llave en la cerradura. Al abrir la puerta, Silvia extendió los brazos en cruz y se abalanzó sobre su hija para abrazarla, cuidando de no mancharla de harina. Después, saludó a su yerno con un par de besos en las mejillas.

            –¿Habéis tenido buen viaje? –preguntó mientras avanzaba delante de ellos por el pasillo, ayudándoles a llevar el equipaje hasta la habitación.

            –Sí, mamá. Muy bueno.

            Al llegar a la estancia, Silvia depositó la pequeña maleta sobre una butaca.

            –Bueno, os espero en la cocina, que estoy haciendo la masa de los buñuelos.

            –Vale, mamá. Por cierto, ¿dónde está papá?

            –Haciendo unas compras de última hora, pero tenéis al abuelo en el patio. Id a saludarle –respondió antes de dejarlos solos.

            Después de acomodar la ropa salieron al jardín, donde encontraron a José escuchando canciones antiguas en un viejo gramófono. Sara, desconectó el aparato y saludó cariñosamente al anciano, tomando Samuel asiento junto a él una vez que la nieta se fue a hacer compañía a la madre.

            –¿Qué tal el trabajo, muchacho?

            –Bien, muy bien. ¿Y usted? ¿No se aburre en el pueblo?

            –¿Aburrirme? No, no… mientras este aparato siga funcionando –señaló el tocadiscos–, no hay posibilidad de aburrimiento.

            –Lo que estaba oyendo cuando hemos llegado… ¿eran tangos?

            –Así es… tangos que me hacen recordar la argentina que conocí en los años cincuenta, cuando emigré a Buenos Aires –respondió melancólico.

            –Tuvo que ser muy duro para usted, dejar aquí a toda la familia.

            –Sí, bueno… teníamos otra mentalidad, muy distinta a la de ahora. Entonces, huíamos del hambre y de la miseria. Y todos éramos personas que no habíamos viajado más allá de los límites de nuestra provincia. Yo, sin ir más lejos, conocía en aquellos tiempos Oviedo de casualidad, y Gijón, que fue el puerto del que zarpamos, lo vi por primera vez cuando embarqué para partir al continente americano.

            –Tendría muchos temores, supongo.

            –No, más bien mucha incertidumbre. Cuando llegué a Buenos Aires, pues… al principio, no tienes tiempo para pensar. Yo me instalé en la casa de una hermana de mi madre, que fue quien me envió la carta de recomendación para trabajar allí.

            –¿Estuvo mucho tiempo en casa de su tía?

            –Seis meses, que fue el tiempo que necesité para ahorrar algún dinero e independizarme –contestó con la mirada perdida en el infinito. Después de unos segundos en silencio, Samuel continuó la conversación:

            –¿Y los tangos?

            –¿Cómo? Ah, sí… los tangos… son preciosos, ¿no te parece?

            –Sí, pero, ¿sabe bailar el tango?

            –¡Claro que sí! Todos los fines de semana nos reuníamos un grupo de españoles en un local de la capital. Allí hablábamos de nuestros problemas, de nuestras ilusiones… y para olvidar nuestras penas, bebíamos ron y bailábamos con las muchachas que se congregaban en el establecimiento.

            –¿Españolas?

            –¿Cómo?

            –Sí, si eran mujeres españolas o argentinas.

            –Había de todo, pero en su mayoría argentinas. Y allí conocí… –el hombre se quedó callado, pensativo, con la mirada ausente.

            –Allí conoció a Aurora, ¿verdad, José?

            –No, no –sonrió con picardía– conocí a Elsa.

            –¿Elsa? ¿Y quién era esa señora, si no es indiscreción?

            –¡Chhist! Baja la voz –ordenó el anciano girándose en la silla para comprobar que no habían oído al joven en el interior–. Elsa, era una mujer de escándalo, bellísima… Había nacido en Rosario, pero sus padres se mudaron a la capital por motivos de trabajo. Y ella fue quien me enseñó a bailar el tango.

            –¿Eran novios?

            –No sé como llamarlo. Ella me fascinaba, me hacía olvidar con su risa y comentarios agudos la melancolía que arrastraba conmigo… cuando bailábamos, ¡que por cierto, ganamos varios concursos de tango!, era como si nos transportáramos a otro lugar, lejos de allí –suspiró el hombre emocionado por el recuerdo de la mujer–. Ella fue la parte dulce de mi aventura americana, la razón que me ayudó a mantener la ilusión y que impidió que me viniera abajo, como así les sucedió a algunos compatriotas, que se dieron a la bebida.

            –Pero, ¿y qué ocurrió? Porque usted conoció a su mujer en Argentina –preguntó Samuel lleno de curiosidad.

            –Pues ocurrió, que un día conocí a Aurora, la que fue mi mujer. Me la presentó mi tía, porque era la hija de unos amigos suyos, también emigrantes españoles, concretamente de Galicia.

            Durante unos instantes, los dos hombres permanecieron mudos, escuchando los ruidos provenientes del interior de la casa.

            –¿También bailaba el tango su mujer? –rompió Samuel el silencio reinante.

            –No, no. Ella prefería los boleros. Decía que el tango era un baile muy vulgar.

            –Pero… ¿Y usted no echaba en falta el tango? –preguntó el joven con ironía, incorporándose en la butaca.

            El anciano, fijó sus ojos vidriosos en los de Samuel y respondió:

            –Echo en falta el tango todos los días de mi vida.

            –Pero… Entonces, ¿y por qué…?

            Sin esperar a que terminara la pregunta, José contestó:

            – Porque el tango, hubiera supuesto la ruptura definitiva con mis raíces, mientras que el bolero, supuso mi pasaporte de vuelta a España después de unos años.

            En ese instante, Silvia salió de la casa secándose las manos con un paño de cocina y con el delantal lleno de harina.

            –Bueno, en diez minutos comemos… ¡Papá! –exclamó al ver los ojos acuosos del anciano–. Pero, ¿te has visto los ojos? No te muevas, que voy en busca del colirio.

            –No, no hace falta, hija. Estoy bien, de verdad. Pon un poco de música, por favor.

            La mujer, revisó un surtido de discos que había junto al tocadiscos.

            –¿Te pongo uno de tangos?

            El anciano permaneció callado, sin pronunciar palabra. Entonces, Samuel respondió por él sin perder de vista su mirada:

            –No, Silvia. Mejor uno de boleros.

Autor: César Suárez

Nacionalidad: España

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en : edicionesalfeizar.com

César Suárez

La nostalgia eligió un bolero

Los santos no venden pañuelos

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El pasillo de la iglesia era enorme, se oían los susurros  de unas viejitas que cubrían sus cabelleras con velos negros para no irrespetar “El Santo Sacramento”, un lugar donde las plegarias son primero y no se permite el más mínimo ruido para no causar irreverencia.

A mi corta edad quise emprender una aventura imaginable, “mi propio negocio”. Le pedí a mi madre que me proporcionara la mercadería: Dos docenas de pañuelos, y en compañía de otro amigo nos dimos a la tarea de hacer nuestro propio negocio. “La venta de pañuelos” para damas y caballeros.

Salimos del mercado, cualquier transeúnte era un potencial cliente; nuestras voces chillonas de chavalitos no eran del interés de la gente; veíamos hacia arriba que ellos seguían para escapar de nuestra pobre frase: “Señor cómpreme un pañuelo”

Pasamos algunas cuadras sin obtener ni un peso y mi amigo dijo:

-Busquemos la bendición de un Santo -y cruzando la calle caímos al atrio de la Iglesia. Pensé por un momento que sería una pérdida de tiempo y a las once de la mañana comienzan a enrollarse las tripas si sólo has desayunado café con una rebanada de pan simple.

–Apúrate, entremos a la Iglesia -dijo mi amigo-, la verdad es que ayer me porte mal con mi mamá y me da miedo que me regañe el sacerdote; por si acaso mi papá le ha puesto las quejas.

-Olvídate de eso y entremos -y dándole un jalón con mi brazo izquierdo cruzamos la puerta de la entrada a la iglesia.

Algunos promesantes estaban de rodillas, al parecer casi todos eran vendedores, también algunos enfermos con sus muletas. El lugar con tanta gente aun así era reverente; Dios guarde que hiciéramos bulla nos dejarían las orejas como de burro, todavía recuerdo los coscorrones que daba en catecismo el padre Miguel, un italiano más chele que los Palsileños, hablaba muy divertido el español.

-“í te portaras bien –decía- hablarie con el niñito Dios para que tie envie un obsequio para in Navidad” -Pero…no quiero salirme del tema, pues todavía no he vendido ni un pañuelo.

Con tanta gente rezando no nos quedaba ningún santo, recorrimos el salón casi de puntillas, como elevándose del suelo si no fuera por esos pesados zapatos burros en los pies diría que volaríamos.

Mi amigo del otro lado se encontró un santo disponible. San José carpintero, lo vi arrodillarse y hacer su plegaria, yo ya me estaba cansando de buscar… hasta que al fin encontré uno; una inmensa imagen color negro de pies a cabeza. Por un momento me asusto pero lo recordé, era el santo de mi abuela, ella era muy católica y devota del pequeño San Martín de Porres, la imagen que ella veneraba era pequeña, bueno por un instante perdí el miedo y me fui acostumbrando a la imagen que tenía en frente

Para rezar una plegaria nos habían enseñado que teníamos que poner al menos un chelín o comprar una veladora. Quedé viendo de reojo la urna con un agujero algo así como una gran alcancía, me hice el disimulado por no tener la moneda, mucho menos la veladora. Si el propósito era vender al menos un pañuelo, quizás mi santo comprendería la situación y recité mi plegaria:

“Ayúdame con la venta de pañuelos para regresarle la moneda y de paso comprarme algo para el hambre” sentí que los ojos del santo no paraban de verme con esa mirada fría y sin parpadeo, volvió mi miedo. Me levanté rápidamente, hice la Santa cruz y salí corriendo. Al final del pasillo encontré a mi amigo que se veía bastante entusiasmado, salimos a conquistar nuestro Mundo Pequeño.

Recorrimos varias cuadras y con la misma frase, “Cómpreme un pañuelo”. La indiferencia de la gente era notable. Al ver que el asunto del rezo no funcionó nos dimos cuenta que faltaron las monedas para que los santos contestarán las plegarias “Un chelín equivalente a un refresco, un chelín una veladora por un rezo”.

Regresamos a nuestra casa cabizbajos como soldados derrotados de la guerra.

-Mamá, no vendimos ni un pañuelo -ella sonrió, murmuró con gran entusiasmo.

-La próxima les irá mejor… acá les tengo unas enchiladas de frijoles y refresco.

De pronto todo cambio para nosotros, nos habíamos olvidado del asunto de la venta de pañuelos, hoy me doy cuenta la diferencia de emprender una aventura y recordarla con entusiasmo.

Autor: Eddy Flores Pineda

Nacionalidad: Nicaragua

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Los santos no venden pañuelos

La última vez

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La última vez que me pegó, tardé mucho más tiempo del habitual en recobrar el sentido. Lo usual en mí, al concluir una de sus brutales palizas, era dejarme arrastrar por un débil desvanecimiento, placer egoísta que me regalaba momentos de dulce amargura; efímeros instantes en los que la agonía de mi propio abandono me acogía suavemente entre sus brumas, sabedora de que, esos preciosos intervalos de conmoción, otorgaban una tregua indolora a mi pobre cuerpo maltratado. Lapsos silenciosos en ausencia de mí misma, parcial abandono de ésta vida ingrata a la que me he visto avocada sin saber muy bien por qué razón.

La última vez que me pegó, la sangre caliente desfiló por mi rostro con profusión, tiñendo, todo aquello que mis ojos anegados de lágrimas atinaban a enfocar, de una borrascosa penumbra escarlata. Besé el suelo que amparó mi cuerpo derrotado con los mismos labios que mi maltratador se empeñaba en destrozar como único remedio para enmudecer el tormento de mis quejidos.

Cuando desperté de mi último desmayo, mis huesos crujían lastimados, mi pálida piel se había tornado púrpura cardenalicia y mis heridas latían, abiertas y sangrantes, pero ya no existía el dolor, se había evaporado entre las sombras de la feliz existencia que una vez soñé.

Mártir de un amor con la fecha de caducidad grabada en mis moretones,  mi ilusión cedió mortecino paso a la vergüenza, al miedo, al pavor que asaltó a golpes mi indefenso y azorado corazón, ocupando, sin permiso, la inmensidad de mi insignificante y afligido ser. Cuando desperté, lo hice con la conciencia de que mi marido, aquel hombre que ante Dios y ante la humanidad juró amarme y protegerme para siempre, había dejado definitivamente de quererme. No ama un maltratador, no cabe el amor en el yermo hueco donde debería latir el corazón de quien convierte el miedo en su descanso y su paz.

Llegué demasiado tarde a tan veraz conclusión, lo sé, es cierto. Y se que debería haber sido consciente de todo ello mucho tiempo atrás, justo en el momento en el que él me dio la primera bofetada, pero aquel aciago día en el que mi futuro se emborronó con la tinta humedecida que brotaba de mis ojos, pudieron más mi desconcierto y sus lágrimas. Perdí la primera de las batallas contra el amor, rendí mi orgullo ante su desesperado llanto, ante sus balbucientes súplicas por un perdón inmerecido. Vendí mi fe ante un cúmulo de palabras vanas, falsas promesas de redención, alegatos sin sentido en los que justificaba su feroz reacción achacando toda culpa al estrés, a los inacabables problemas de su agitada vida. Mis ojos danzaron temerosos al son de las gotas de sangre que chorreó mi boca sobre sus manos suplicantes… y le creí. Y le perdoné. Y no hice nada. Su llanto conmovió mi alma confundida y disimulé el primer golpe bajo una espesa capa de maquillaje. Me convertí, para desgracia de mis venideros días, en silenciosa cómplice de su locura, en inocente destinataria de su inexplicable sinrazón.

A aquella primera bofetada le siguieron muchas más y su frecuencia se incrementó en proporción a  los fracasos de su día a día.

 Él, refugió su infelicidad en el alcohol.

Yo me refugiaba en el rincón más oscuro de la habitación para rezar a un Dios aquejado de sordera ante  el lamento de mi súplica desesperada.

Y las bofetadas se convirtieron en golpes. Y los golpes se transformaron en empujones y caídas. Y las caídas dieron paso a brutales patadas. Pagué, con el dolor que bañaba cada músculo de mi cuerpo, su cobardía, su falta de humanidad, sus miedos y su ira. Deshonrada, humillada y herida, aún, mi marido, conseguía cambiar las tornas de mi sensatez para transformarme en la única culpable de aquella delirante situación a la que yo, “irremediablemente”, le forzaba. Y callaba, convencida de ser justa merecedora de todo lo que me ocurría.

En mi vagar por la tristeza y la desolación, alejé de mi lado a todos los que intentaron ayudarme, protegerme del peligro que conmigo convivía; siempre avergonzada y vencida, cansada hasta la saciedad por tener que inventar constantes disculpas acerca de la torpeza que acostumbraba a teñir de desconsuelo mi piel; excusando mis cardenales con ficciones increíbles sobre absurdos e inexistentes tropiezos; rechazando la mano, abierta y cálida, que insistían en tender a ésta naufraga, a esta mujer que malgastó sus escasas fuerzas en mantenerse agarrada a los violentos puños del hombre al que amó más que a sí misma.

La última vez que me pegó, se eclipsó, diluido entre el fango de mis temores, el joven hermoso y gentil que un día colmó mis sueños adolescentes con vehementes promesas de amor eterno. Se envenenaron sus besos con las yagas de mis labios rotos, se esfumó su corazón ante el morado de mis ojos y apareció el desconocido, enfermo de alma y espíritu, que noche a noche regresaba a aquel hogar, imperio del desaliento y del temor, para descargar su desventura provocando el terror en la devota infeliz incapaz de alejarse de su mortal abrazo.

Rendidas las fuerzas, tras la última vez, abandoné para siempre mi cuerpo, que al cabo del último aliento, desangró sus miserias tendido sobre la alfombra roja que oscureció el asfalto convertido en postrero lecho.

Mi pobre cuerpo malquerido, maltratado, malogrado.

Mi pobre cuerpo fallecido.

La última vez que me pegó, aquel que decía amarme, me robó el futuro.

Me robó la vida.

Autora: María J. Martínez

Nacionalidad: Española

Ilustración: A. Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

La última vez

Cena con invitados

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Es lo que tienen en común todos los trabajos: que de tanto en tanto se impone hacer un receso. Muchos -qué le vamos a hacer- se han de conformar con acercarse al baño. Otros, con más tiempo, pueden hasta fumarse un cigarrillo, o sacarse un café de la máquina; o las dos cosas a la vez. Ya no te digo si te dejan comerte un bocata, aunque sea en un rincón del taller. Incluso los hay tan afortunados que bajan a hacerse unas cañas, o hasta unos pinchos o unos callos. Uno se relaja, cambia de ritmo. Se habla de la familia, del partido de fútbol o de las vacaciones. Incluso se comenta el propio trabajo, se intercambian impresiones, se planea. Luego, vuelta al tajo, con más ganas.

A Eliseo y a mí nos van los fogones. Somos -sin duda- unos privilegiados. Porque dime: ¿a cuántos conoces tú que puedan prepararse un platillo en estos interludios laborales? No te hablo de cualquier cosilla, no: a menudo trabajamos en horarios intempestivos, y no me extrañaría que algún día nos pillaran armando una cena a base de ensalada de aguacates y gambas a la plancha, o una dorada, o incluso una fabada. Hasta una espaldita al horno nos hicimos en una ocasión, que yo recuerde. Todo depende del tiempo y de lo que haya en la cocina. Y en esas andamos hoy.

El servicio libra esta noche. Nosotros, que somos unos profesionales, nos hemos refregado escrupulosamente las manos hasta los codos en la pila, y vamos de descubierta por armarios y nevera. De plato fondo nos estamos componiendo un guiso de merluza a la gallega, pero Eliseo se pone de mal humor cuando no halla nada interesante para un primero. Te estás volviendo un sibarita, me río mientras sigo explorando.

Él me mira disgustado y, ceñudo, vuelve sus ojos al comedor, donde han quedado nuestros anfitriones, amarrados cada uno en su silla ante la regia mesa. De una espantada parte para allá.

Justo cuando ya enfrenta a la llorosa señora de la casa, resuelto a sacarle cuentas por lo escuálido de la despensa, se me aparece una buena lata de ventresca en aceite de oliva virgen, en un rincón de la alacena.

-Eliseo -le grito-, vente para acá que ya tenemos el entrante.

Las lágrimas ruedan aún con más fuerza por las mejillas de la mujer cuando Eliseo se vuelve para la cocina y lo ve alejarse por el único ojo que le queda sano. El otro –qué le vamos a hacer- le resultó cegado del puñetazo con el que la relajé en su mismo lecho, al punto en que, nada más despertarla de un cachetazo, incomprensiblemente rompió a chillar. Desde entonces sólo ha sollozado en silencio. Por si acaso, también a ella le hemos velado la boca con un buen pedazo de cinta adhesiva, sobre el que resbala un viscoso reguero de mocos y aún resta algo de sangre reseca, de la nariz.

Lo de la nariz no fue a conciencia, ya he dicho que somos unos profesionales. Para que el marido se percatara de la situación bastó con añadir al bofetón un par de coscorrones en la calva, por los que ya casi no sangra. Pero la señora se puso nerviosa al verse atada en camisón a la silla y, al ir a ponerle la mordaza, hube de repetir el puñetazo para que se dejara hacer.

La impericia de la vieja fue tal que giró la cabeza, por lo que en lugar de atinarle en el mismo ojo de antes, acabé rompiéndole el tabique nasal. Sin querer, por supuesto. Usted perdone, señora. Pero de no haberse movido no hubiera pasado esto, la recrimino.

El frigorífico es norteamericano, enorme y con dos puertas. De esos que tanto nos gustarían pero que sólo los hay en las casas de la gente bien. Del compartimento de la verdura tomo un par de sabrosos tomates, grandes. Los lamino y van a reposar en una fuente que he regado con aceite de la misma lata. Los salo. A Eliseo se le pasa el enfado cuando comprueba la contundencia de la carne de pescado en conserva. Va tajando finísimas lonchas con las que cubre las rodajas de tomate y las rocía con un pelín de vinagre de Módena; y, encima, otro chorrito de aceite. Pruebo el guisado, lo rectifico de sal y, ¡voilá!, ya está la cena.

Nuestros anfitriones observan con creciente pavor cómo extendemos la mantelería y vamos disponiendo la mesa, ante ellos. Loza fina, de la buena. Copas de cristal que tintinean agudas, al entrechocarse. Y cubertería de plata. Aunque en la bodega hay buen vino, hoy nos daremos un capricho, y elegimos un brut nature gran reserva de a doscientos euros la botella, al menos.

La ensalada de tomate y ventresca ha resultado deliciosa y la merluza promete ser exquisita. Dispensen que no les ofrezcamos, me disculpo ante el matrimonio inmovilizado al otro extremo de la mesa; pero compréndanlo, cada cual ha de representar el papel que le toca.

-Y el de ustedes -añade Eliseo con voz gutural- es ir haciendo buena memoria de dónde esconden el dinero y las joyas, mientras que nosotros cenamos.

Lo ha dicho en tanto escruta con aprobación la columna de microscópicas burbujas que ascienden desde el fondo de su copa. Luego la deposita sobre el mantel y empuña la puntiaguda y reluciente pala del pescado.

-Absolutamente todo el dinero y todas las joyas -recalca alzando sus ojos gélidos hacia nuestras víctimas de hoy-. Y sin cometer errores –advierte-; que cuando les destapemos la boca no tengamos siquiera que preguntarles.

Y marido y mujer están a un pelo de descoyuntarse el cuello cuando asienten, aterrorizados.

Autor: Martín Garrido.

Nacionalidad España.

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez.

Publicado en: edicionesalfeizar.com

1dec8d5

Cena con invitados

Cuando el corazón arde en invierno

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La mañana del once de diciembre Daniel despertó con la típica sensación adolescente de que su vida no tenía sentido, con esa pregunta fugaz que en algún momento de nuestras vidas nos cruza por la mente, con esa conmoción dentro de nosotros que alguna vez tuvimos y luego se maduró, como un juez inocente que quiere lo justo y desprecia los abusos. Sin embargo, Daniel había tenido suerte. Si bien su hogar no era perfecto, tenía dos padres que lo amaban. Era hijo único y sus padres hacían un buen trabajo.

Daniel se levantó, hizo su cama, puso sus libros a un lado (porque la noche anterior se había desvelado resolviendo ejercicios de aritmética), entró al baño, remojó su cara y sus cabellos en el lavabo, se cepilló los dientes, reguló la temperatura de la ducha a su gusto y se metió bajo el agua.

Algunos minutos después, su madre tocaba a la puerta de su habitación:

—¿Hijo? Está listo el desayuno, cariño —dijo ella con el tono habitual.

—Vooooy! —respondió, saliendo de la ducha.

Daniel metió sus libros en el morral, se vistió con ropa de invierno, se peinó y exclamó para sus adentros: “¡Ahora sí, el día empezó!”

Cuando bajaba las escaleras para dirigirse a la cocina, sonó su celular:

—¿Sí…? Mmm. Ok… sí… ¡Qué alivio! Ok, A las cinco. ¡Qué suerte no hay clases!

El colegio había resuelto suspender las actividades debido a problemas con la calefacción, pues sería una tortura dar inicio a las clases con las bajas temperaturas de la zona. Daniel no comentó nada de esto a su madre; llegó al comedor, se sentó a la mesa y ella, sonriente, le sirvió un plato con pan integral, queso y mermelada de fresa.

—¿Vas tarde? —preguntó ella, notando que su hijo comía con rapidez.

—Ehh, Sí.

—Pero si es temprano todavía. No te preocupes, llegaras a tiempo. Come tranquilo, mi amor.

—Sí, lo que pasa es que quiero aclarar unas dudas sobre lo que estuve estudiando anoche con un compañero de clases.

—Mmm… bueno…

—Nos vemos, má —con una sonrisa y extendiendo su mano hacia ella.

—¿Ya no comerás más? —dijo ella, mostrándose un poco frustrada.

—No. Estoy listo —y le dio un beso en la mejilla a su madre.

—Toma. Este es el dinero para los materiales del proyecto que ciencias, y esto es para ti. ¡Ten cuidado!

—Si, má. Adiós —dijo dándose la vuelta y cerrando la puerta.

Daniel fue hasta la parada de autobuses. Esperó uno que lo llevara a casa de su mejor amigo, porque había decidido pasar la mañana jugando videojuegos.

Pasados cinco minutos su autobús llegó, pero luego de subirse miró hacia la ventana y… todo cambió.

Daniel vio a una muchacha que él conocía, ella estaba en algunas de sus clases, pero nunca le había hablado. Llevaba pantalones negros y una chaqueta blanca, una bufanda y un gorro de lana, también de color negro. Su piel parecía de porcelana, tenía los ojos más centellantes que jamás había podido ver, de un azul triste que emanaba intriga y ternura a la vez. Sus cabellos eran largos, lacios y de un oscuro azabache que perturbaba a Daniel. Ella se veía apurada y corría hacia el autobús que estaba detrás del que Daniel acababa de abordar. A penas se había sentado en el asiento de la ventanilla cuando la vio; y por algún motivo le pareció que esos segundos se habían alargado, casi como si el tiempo fuera una tela delgada que se desplegaba frente a sus ojos con tanto deleite que era imposible moverse. Aquella joven lo tenía cautivado, se bajó y decidió dirigirse al mismo autobús con la mayor rapidez que sus pies le permitieran.

Corrió preguntándose a sí mismo por qué lo hacía, pero él no buscaba la respuesta, al menos no realmente. Lo único que quería era entrar de inmediato al autobús, y así lo hizo.

Apenas entró comenzó a buscarla con ojos dudosos pero ansiosos, en una especie de éxtasis taciturno. Al fin la volvió a ver. Ella estaba sentada al lado del asiento que da a la ventana. Daniel sintió una fuerza que lo arrastraba hacia allá, era como si todo su cuerpo se hubiera adormecido (¿o tal vez era solo su cerebro?) mientras sus músculos comenzaban a obrar casi como si tuvieran vida propia.

La chica lo miró con tanta indiferencia que Daniel sintió una estaca de hielo clavándosele en el rostro y criogenizándole el gesto abobado que le sostenía la cara. Ella se acomodó de manera que él pudiese entrar y sentarse. Daniel tragó saliva para recuperarse rápidamente y mientras veía reflejo de la joven en el vidrio de la ventanilla decía para sí: “¿Qué culpa tiene ella de no sentir esto que yo siento? Quizás… si tan solo le hablara para que supiera mi nombre… ¡Que estúpido! Como si ya no lo supiera… ¿Será que lo sabe? ¿Sabrá que estoy en sus clases? No lo sé, ¡Dios!” Finalmente, decidió hablarle. La miró con ojos espantados y le dijo:

—Hola, ¿qué tal? —Daniel inmediatamente odió su propia voz, casi caricaturizada y chillona.

No hubo ninguna respuesta, los ojos de la joven estaban mirando directo al horizonte con la cabeza meneándosele al compás de la música que sonaba en su iPod. Daniel respiró profundo y sintió que el aire se le endurecía en la garganta como una niebla espesa que le impedía seguir respirando. Tosió adrede y se le quedó mirando, notó que del gorro se salían dos cablecitos de audífonos. “¡Qué idiota! Está escuchando música. ¿Le toco el hombro…? No, soy un extraño para ella…”

La joven se levantó, lo miró con una sonrisa y tocó el timbre pidiendo su próxima parada. Daniel permaneció inmóvil por unos instantes, conteniendo la respiración como si le faltara el oxigeno. Ella por fin se había fijado que él estaba a su lado y sonrió. Aquella sonrisa se le había tatuado en los parpados, se levantó lentamente y se dijo determinante: “¡Este es el momento! Le hablaré, le diré que… ¿Qué le diré? Le diré que me llamo Daniel. Sí, que estoy en su clase de arte… tal vez podría pedirle que me preste unos apuntes…”

El corazón de Daniel estaba decidido, quería conquistarla desde que la vio por primera vez en clases y ahora el momento había llegado, era el momento que él estaba esperando. Por sus venas corría electricidad, era como si su coraje por fin se le hubiera condensado en las manos y caminaba erguido directo hacia ella con pasos resueltos. Entonces bajó del autobús y contuvo las palabras que iban a salir de su boca, porque en aquel momento los labios de su amada se posaban en otros labios…

Autor: Carlos A. Romero

Nacionalidad: Venezuela

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

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Cuando el corazón arde en invierno

Un frasquillo verde aguacate

(Postal memoriosa de una quincalla atemporal en la avenida Beethoven de Colinas de Bello Monte, Caracas)

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Otra vez la vieja grande con la mixtura de un acento eslavo y celta volvía su mirada indefinible más allá del aparador, escrutando con desconfianza a la mujer de la interrogación en el rostro que, apurada o con asombro, entraba al viejo bazar…

¿Vende abanicos? Fue la pregunta desenvuelta de la mujer, que de repente lucía sorprendida por la inusitada convicción de haber conseguido algo que no estaba buscando.

Con el cabello gris, revuelto, a medio recoger en un moño bajo y dos relámpagos azules que saltaban de los ojos, calibraba la respuesta, como meditando en lo insondable de su sala de té en una tarde otoñal checa o británica. Y muy cerca de ella, un perro enorme, atalaya hierático igual a su dueña, cerbero cachorro y enorme, con idénticos ojos azules, que desde un rincón sin mover la cola inspeccionaba a la mujer con desconfianza. ¡Era él quien tal vez tuviera la respuesta! Es posible que él también lo supiera, porque la de la mujer no era una pregunta ingenua, aunque ni ella misma supiera a qué sortilegio obedecía la intempestiva urgencia de entrar en aquella absurda quincalla demodé.

Claro, abanicos. Fue la respuesta indiferente y solemne de la vieja desde ese marcado acento que venía de algún lugar remoto en las antípodas de estos mares.

Y mientras resaltaba cada sílaba, la anciana se tomaba un espacioso lapso para medir y tantear, comprobando si aquel momento era de verdad e infinito. Inquiría silenciosa, como siempre y desde siempre. Como si hubiese estado esperando la vida entera por la entrada de aquella mujer en su vieja tienda-anticuario. Porque de antemano conocía demasiado bien cuál era la pregunta exacta que la mujer haría. Porque aquella pregunta común era otra cosa, una clave, o una llave, el santo y seña que abriría el cerrojo que da acceso al túnel escondido detrás de los anaqueles en los que, cual si tal cosa, se exhibía un frasquillo verde aguacate.

Sí. Una botellita verde rellena de un líquido color aguacate. Justo ahí, oteando entre baratijas embusteras, muñecas de trapos, espejos enmarcados en oro falso y trastos de latón repujados en óxido, flanqueada por otros frascos de igual condición, dejados por el desuso y el azar en medio de tapetes horribles, tejidos por alguna abuelita desocupada para el mobiliario de alguna sala kitsch. Allí estaba, como si fuese verosímil: una botella Clairol Balsam, viejísima, plastificando el líquido espeso embotellado hace muchas, muchas lunas. Una botellita verde aguacate sombría y casi furtiva, que sin querer dejaba lucir la vieja etiqueta desteñida en la que se des-dibujaba la caricatura de una mujer poco creíble, de cabellos de hojas verdes, rosadas y quién sabe qué otros colores, si es que los tuvo. Un frasquillo verde aguacate viscoso de plástico que con su viejo rótulo pálido, quería desafiar la asfaltada realidad gris de allá afuera al plantarle aquella silueta anacrónica de mujer incierta.

La vieja detrás del mostrador, mientras sostenía con una mano el bastón que se apoyaba en ella, con la otra traía de nuevo a la mujer a lo del abanico y lo extendía mecánica varias veces: abanico-caleidoscopio, de muchas telas, abanico-laberinto, de varios colores. Lo expandió allí muchas veces y eran varios a la vez. La vieja repetía perenne esa mueca psicópata para convertir en artificio los segundos que se reflejaban obcecados en los espejos de oropel, que se multiplicaban al roce de las miradas, congelando en ese simple ademán el intervalo eterno y necesario requerido por la vieja eslava para preguntar en el rostro-asombro de la mujer imposible, que no creía lo más mínimo en lo que veía. Y así, recuperándose del breve letargo, con la misma prisa que entró, la mujer se largó un poco atemorizada del viejo bazar. Sin saber por qué la prisa, por qué el miedo o por qué entró. Eso sí, salió volando abanico-caleidoscopio en mano, sintiendo la opresión de los espejos azules que la miraban desde la tienda.

Era extraño no haber hecho esta incursión antes, pensó la mujer. Después de todo, pasaba por esa calle a diario. En ese momento, encender un cigarrillo se convertía en la expresión aterrorizada de un soldado que con la cara crispada acaba de alcanzar la barricada aliada bajo un tumulto de balas enemigas. O por lo menos eso sintió ella. Desde el café de la otra esquina observaba con sigilo, a través del humo del cigarro, las vitrinas de la vieja tienda, adivinando la mirada escrutadora y eléctrica que recorriera azul su silueta. Los rápidos latidos de su corazón se defendían de la nicotina, mientras las miradas-espía desde algún rincón ubicuo y escondido del bazar-anticuario aún la precisaban. Se sentía lejos de aquello y a salvo. Pero, ¿a salvo de qué? ¿Por qué ese sentimiento de desasosiego al pensar y mirar a lo lejos la vieja tienda?

La mujer no lo sabía pero del otro lado de la acera, vieja y perro permanecían estáticos… Como si el reloj se hubiera detenido. Sólo la llegada de algún mirón, transeúnte sin nombre y pasos anónimos, hacía andar las agujas otra vez. Entonces la mirada inquisidora de hielo y fuego de la vieja eslava, el tic tac caleidoscópico, la rueca indetenible de las funestas hilanderas, movían a las horas psicodélicas que comenzaban un nuevo andar escurridizo. Era como si el paso de peatones curiosos y sin prisas que se detenían a preguntar alguna nadería lograra sustraer de aquellas mistéricas cavilaciones a la vieja y al perro. O puede que no…

Desde la marquesina derruida del negocio, el enrejado art decó carcomido, anaqueles y vitrinas congregaban mercancías de otras épocas que se habían quedado dormidas en los mostradores para hipnotizar a los incautos que, sin querer, miraban y pasaban. Y los ojos azules de ama y perro ahí, igualando abismos submarinos y pasadizos secretos. Oculto entre los cachivaches, un laberinto especular, la galería grotesca a otra dimensión en la que la quincalla-anticuario sólo era una excusa y además su antesala, el lobby mítico del túnel secreto que conduciría a otro plano.

La mujer ya no estaba en el café. No. Aunque su mirada seguía fija, ella ya no estaba. Veía a los transeúntes pasar y detenerse, pasar y entrar, pasar y seguir, pero nunca pasar y quedarse. Los veía pasar desde los anaqueles vetustos con el tiempo detenido junto a las botellas de Clairol Balsam, desde el dibujo del frasco. Des-dibujada en el frasquillo. Conteniendo el olor dulzón a aguacate balsámico. Delimitando la viscosidad pegajosa y la realidad. Sintiéndose mujer poco creíble de cabellos de hojas des-coloridas. Y los ojos eslavos y de perro escrutándola hasta el infinito desde el aparador.

Autora: María Eugenia Alonso

Nacionalidad: Venezolana

Ilustración: Antonio Torres Rodríguez

Publicado en: edicionesalfeizar.com

Alféizar M - copia

Un frasquillo verde aguacate